Feets

No sos un héroe.

Revisamos cada rendija dentro de la habitación, tapando cualquier entrada posible para esas malditas cosas hasta que nos sentimos, al menos en teoría, seguros. Pese al terror que nos soplaba en la nuca, aislamos dos sillas en el centro de la habitación y nos mantuvimos ahí, espalda con espalda, vigilando el perímetro que nos rodeaba.

Agarré una botella de agua y una barrita de cereal con las manos todavía pegajosas.
—¿Se te ocurrió algo? —pregunté

—No. El solo hecho de pensar en bajar esas escaleras me hace temblar las piernas —contestó Thiago mientras desenroscaba una gaseosa. El gas escapó con un siseo.

El silencio se volvía incómodo, pesado como el plomo. La imagen de esas criaturas emergiendo de la carne del científico y perforando a Facundo se reproducía en mi mente en bucle, como un disco rayado. Podía sentir el olor metálico de la sangre persistente en mi nariz.
De repente, un golpeteo suave en la puerta nos hizo saltar. Nos miramos con los ojos desencajados. Mis manos empezaron a temblar mientras nos manteníamos estáticos, conteniendo la respiración para no dar señales de vida.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Por favor... ayuda... —Una voz aguda y quebrada, casi un susurro agónico, se filtró por la madera.

—¿Qué hacemos? Podría estar infectada —le susurré a Thiago al oído. Él me miró y resopló, resignado, aunque sus ojos gritaban "no".

—No podemos dejarla sola... —dijo finalmente.
Asentí. Nos acercamos con pasos de plomo, arrastramos los muebles que bloqueaban la entrada y abrimos apenas una rendija. La chica frente a nosotros era un desastre: tenía el pelo revuelto, nudos de transpiración y la cara hinchada de tanto llorar sumado a las manchas amarillentas, como salpicaduras de pus diluida, que ensuciaban su guardapolvo blanco.

—Pasá. Rápido —le ordené.
Ella entró y volvimos a sellar todo. Al darnos vuelta, mantuvimos una distancia de seguridad, escaneándola de arriba abajo buscando algún bulto moviéndose bajo su piel.

—¿Las viste? —pregunte

—Sí... cómo no verlas. Salieron de su cuerpo y se abalanzaron sobre nosotros —contestó con una dureza que buscaba ocultar su miedo—. Pensamos que provocaban una anemia severa, no que plantaban putos huevos ahí adentro.
La chica se rompió en llanto, un sonido desgarrador que parecía salirle del pecho.

—¿Te alcanzaron? —le pregunté, apretando los dientes.

Ella levantó sus ojos cristalinos, inyectados en sangre por el esfuerzo, y me miró ofendida.
—¡Claro que no! —gritó, y su voz rebotó en las paredes vacías.

—No grités —Thiago la cortó en seco—. Es una pregunta normal dada la situación, ¿no te parece?
Ella se calló de golpe y miró el suelo mientras las lágrimas caían sin parar, goteando sobre sus zapatos. Su llanto se volvió más ahogado, un gemido constante que me ponía los pelos de punta.

Me acerqué con cautela y me agaché junto a ella. Posé mi mano en su espalda.
—Sabemos que es horrible, pero tenemos que salir de acá. ¿Se te ocurre algo? ¿Alguna salida que nosotros no conozcamos?

—No vamos a poder salir... nadie puede. Se enviaron órdenes directas de sellar las instalaciones. Desde afuera. —Sus palabras cayeron como una sentencia de muerte.

—No me rompás las pelotas, vos tenés que sacarnos de acá —reclamó Thiago, cada vez más iracundo, caminando en círculos como un animal enjaulado.

Ella no contestó. Solo posó sus ojos en los míos y pude entender que decía la verdad. Su verdad. Ella realmente creía que el laboratorio se había convertido en nuestra tumba, y si yo lo aceptaba, estaba aceptando que mi destino era morir.
Me tomó del antebrazo con sus manos. Tenía los dedos helados y me apretó con una fuerza desesperada, como si buscara consuelo o simplemente anclarse a lo último que quedaba de humanidad en este edificio. Thiago, frustrado, se alejó hacia una de las pequeñas rendijas de visión que habíamos dejado en las ventanas. Eran peligrosas, pero el encierro total nos estaba volviendo locos.

—Tu nombre —le pregunté, tratando de sacarla del trance.

—Nahiara... —se limpió el rostro con la manga del guardapolvo, dejando un rastro grisáceo de mugre y lágrimas.

—Yo soy Ramiro. Y el "fosforito" es Thiago. No lo tomes personal, estamos igual de asustados que vos.

—Parecen muy resolutivos pese a todo... Mi grupo y yo... éramos cuatro pasantes. Buscábamos conseguir crédito y experiencia... —Su voz se apagó al recordar.

—Es una mierda lo que está pasando. Por eso necesitamos saber si escuchaste algo, cualquier detalle técnico, lo que sea.

—Perdón... de verdad. Solo tengo sus muertes en mi cabeza. —Asentí, dándole espacio.

Me levanté y caminé hacia Thiago.
—¿Viste algo afuera?

—Nada. Parece que se entretienen con los pasantes —murmuró, bajando la voz para que ella no escuchara—. Ramiro, está todo bien con la piba, pero en un contexto así no podemos jugar al héroe. Viste cómo terminó Facundo.

—Lo sé —le contesté

Le alcancé una pequeña libreta que estaba sobre una de las mesas de la sala y una lapicera que encontré tirada.
—No voy a presionarte, pero si hay cualquier dato sobre cómo salir o sobre la criatura que recuerdes, puede salvarnos la vida. A todos nosotros.

Ella tomó las cosas con dedos temblorosos y se quedó hecha un ovillo, llorando contra sus rodillas. Me daba pena, pero Thiago tenía razón: tenía que centrarme en salir de este matadero.

—¿Creés que llegar al cuerpo de Facundo es imposible? —pregunté en voz baja.

—No, pero sí muy difícil. Si alguna de esas cosas se quedó ahí, podría atacarnos en segundos.

Lo miré pensativo, mordiéndome el interior de la mejilla.
—¿Tenemos otra opción?

—No.

Nos mantuvimos tomando siestas de diez minutos por turnos. Los ojos y el cuerpo pesaban como plomo; puede que la adrenalina nos hubiera hecho olvidar la resaca y el haber dormido apenas unas pocas horas, pero cuando el miedo bajaba un cambio, el cansancio nos pasaba factura con intereses.
Cuando Thiago se durmió, batallé por mantenerme con los ojos abiertos durante mi turno. Agarré una bebida energética caliente de la bolsa y comencé a beberla; el sabor a jarabe químico me revolvió el estómago. Miré a Nahiara. Estaba escribiendo frenéticamente. Me acerqué, eufórico.



#414 en Terror
#1453 en Thriller

En el texto hay: sangre muerte, argentina., parásitos

Editado: 11.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.