La tensión en el cuarto era palpable, un nudo eléctrico que nadie se animaba a cortar. Nahiara mediaba la situación con pulso tembloroso, mientras nosotros solo podíamos fijarnos obsesivamente en el estado de Rodrigo. Estaba pálido, con una sudoración aceitosa que le pegaba el pelo a la frente.
—¿Qué pensás? —le murmuré a Thiago.
—Nos vamos. Me voy a quedar pelado del estrés si seguimos con este acá —respondió sin quitarle la vista de encima.
No discutí. Simplemente tomamos las provisiones, dejándoles lo justo para sobrevivir lo que restaba del día. La bolsa de consorcio pesaba, llena de botellas y paquetes
.
—¿Qué hacen? —preguntó Rodrigo. Su voz sonaba rasposa, como si tuviera arena en la garganta.
—Nos vamos. Vos podés quedarte con él si querés, pero yo no voy a arriesgarme —dije mirando a Nahiara.
—Dejen las cosas ahí —ordenó él, dando un paso al frente—. Váyanse, pero las provisiones se quedan.
Nos miramos con Thiago.
—¿O qué?
De la parte trasera de su jean desgastado sacó un bisturí. El metal brilló bajo los tubos fluorescentes.
—O los mato. A los dos.
—Pará, Rodri, nos dejaron comida, podemos sobrevivir con eso —suplicó Nahiara, pero el tipo ya no escuchaba.
—Sí, "Rodri", no hinches las pelotas. Vos no conseguiste un carajo —escupió Thiago, tensando los músculos.
Impulsivo, el tipo corrió hacia nosotros. Soltaba cortes al aire, tajos erráticos y desesperados. Se arrojaba como si su sentido de la profundidad estuviera distorsionado, como si viera el mundo a través de un vidrio esmerilado.
—¡Pará de una vez flaco! —Le metí un empujón violento contra la barricada de la puerta, haciendo que las sillas crujieran y el bloqueo se derrumbara ligeramente.
Rodrigo quedó tirado unos segundos, batallando por recuperar los sentidos. Se levantó y, pese a que intentó matarme, me llegó a dar pena. Estaba infectado. Se le notaba en la mirada perdida. Me acerqué para ayudarlo.
—Vení, dale, levantate...
El tipo alzó la vista y, impulsándose con el torso en un movimiento espasmódico, me cruzó la palma de la mano con el bisturí. Cayó al suelo nuevamente mientras yo retrocedía de un salto.
—¡La concha de tu madre! —Solté un quejido sordo. Me agarré la herida con fuerza, sintiendo el calor de la sangre brotando entre mis dedos.
Thiago, desesperado, buscó algo con qué vendarme. Sin preguntar, le arrancó la manga del guardapolvo a Nahiara de un tirón y la arrastró del brazo hacia mí.
—¡Dale, flaca, ayudalo!
Nerviosa pero precisa, ella comenzó a vendarme. Pero toda esa sangre roja en el suelo llamó la atención de algo más. Rodrigo comenzó a gritar.
Se agarraba la cara con las uñas, hundiéndolas en la piel. Rogaba por clemencia, por frenar un dolor que parecía nacerle detrás de los ojos. De a poco, su ojo derecho comenzó a ser empujado hacia afuera.
Lo vivió en primera persona. Lloraba sangre amarilla mientras intentaba, en vano, empujar el globo ocular hacia adentro de la cuenca. Fue inútil. Con un "pop" viscoso y húmedo, el ojo saltó por completo, colgando un segundo antes de caer contra su propio rostro. Un líquido denso y ambarino comenzó a fluir por el agujero vacío.
Detrás del ojo salió esa cosa. Se abrió paso con una tranquilidad obscena, estirando sus patas anilladas hacia el exterior. Se posó sobre el charco de mi sangre, palpando el fluido como si lo saboreara.
Nos retiramos al rincón más alejado. Nos volvimos estatuas, conteniendo la respiración hasta que nos ardieron los pulmones.
Pero la cosa nos sintió. Volteó su cabeza articulada y embistió hacia mí. Rodeé la habitación corriendo, escuchando el repiqueteo de sus patas en el piso. Thiago reaccionó, quitó la barricada de un manotazo y abrió la puerta.
—¡VAMOS, DALE!
Corrí y, al pasar junto al cadáver de Rodrigo, manoteé el bisturí con la mano sana. Salimos y cerramos de un portazo. El golpe me mandó un latigazo de dolor a la herida de la mano, pero no hubo tiempo para quejas. Vimos más criaturas asomando por los conductos de las otras habitaciones del segundo piso. Estábamos rodeados. Arriba y abajo.
—Perdón... —murmuré. Thiago y Nahiara me miraron confundidos.
Dudé un segundo y le clavé el bisturí en el cuello a Nahiara. Su sangre caliente me empapó la mano mientras me miraba con una mezcla de espanto y confusión que me va a perseguir hasta el día que me muera. Saqué la hoja y la sangre salió disparada contra la puerta, marcando un rastro para los bichos. La empujé hacia ellos y agarré a Thiago de la remera, arrastrándolo escaleras abajo.
Los gritos de Nahiara duraron apenas segundos. Nos suplicaba que no la dejáramos, pero pronto su voz se convirtió en gárgaras ahogadas y arcadas que se perdieron en el eco del edificio. Al llegar al descanso, vomité. El pánico y el asco me desbordaron la cabeza. Había matado a una persona.
—Tranquilo... fue necesario. Tenemos que cuidarnos entre nosotros —decía Thiago. Su voz temblaba; él tampoco estaba convencido. Me miraba con miedo.
Caminamos arrastrando la bolsa de provisiones hasta el baño de mujeres. Bloqueamos la puerta con un carrito de limpieza. Me lavé las manos una y otra vez en el lavamanos, tratando de borrar una sangre que sentía pegada bajo mis uñas.
Thiago se recostó contra un cubículo, bebiendo agua para recuperar el aliento. Yo me miré al espejo y las náuseas volvieron. Mi propia imagen me generaba un rechazo absoluto. ¿Por qué? ¿Por qué ese pelotudo tenía que aparecer y cagarlo todo?
Grité y golpeé el vidrio una y otra vez hasta que estalló. Las astillas se me clavaron en los nudillos. No había tenido un ataque de pánico desde los dieciséis y se sentía como la muerte misma.
—Ramiro, pará... —Thiago me agarró de los hombros—. Sé que fue una mierda, pero era ella o nosotros.
—Ella era buena, Thiago.
—Lo era. Y lo que hiciste fue una poronga, me asusta ser cómplice de esto, pero así sobrevivimos.