¿Que, qué pasó?
Acababa de pillar a mi novio en flagrancia delicti con una rubia que parecía escapada de un catálogo de lencería —La Becky, según supe después—, ajustándose el corpiño de encaje negro que apenas contenía sus... activos. Su excusa fue un clásico dominicano que merece ser grabado en el Diccionario de Frases Hechas Pa' Justificar lo Injustificable:
—Amanda, tú sabes cómo son los hombres. Además, ¿qué esperabas? Tú siempre tan seria, tan...
Mira, yo no sé si fue el calor, la humedad, la mezcla de Brugal y mala suerte, o el hecho de que esa rubia tenía unas pestañas que parecían alas de mariposa tropical, pero el universo decidió joderme ese martes 13 con una sola frase que todavía me duele como si me la hubieran tatuado en el alma:
—Todo por ser fea.
Así, sin anestesia. Como quien dice "¿qué te parece el clima?". Me lo soltó con una frialdad que ni un freezer LG en modo eco podría igualar.
Me gustaría decir que no lloré, que no grité. Que lo asumí como una mujer madura, con la frente en alto y una sonrisa de "estás despedido". Pero la verdad es que hasta intenté arrancarle las pestañas a esa rubia. Y no lo logré porque la muy zorra se movió más rápido que cangrejo en marea alta.
Después de eso, caminé en solitario por las calles de la Zona Colonial como La Llorona, pero con tacones.
La disco se llamaba "El Fogón Urbano". Un nombre que parecía más de restaurante que de antro, pero que igual prometía.
Y ahí estaba Anuel AA sonando como si me estuviera hablando al oído:
"Ella quiere beber... ella quiere bailar..."
Yo, con mi falda hasta las rodillas (porque en el bufete no se usan minifaldas, según el manual de Don Guzmán), la blusa de mangas largas que me hacía parecer una maestra de escuela dominical, y las piernas temblando como flan de coco, me sentí como un zapato fuera de lugar en una tienda de zapatillas de deporte. Pero ¡qué diablo, ya estoy aquí!
—¡Eh, señorita respeto! —el guardia con bíceps del tamaño de mis muslos me miró de pies a cabeza—. Esto no es misita de iglesia. Aquí se viene a gozar, no a repartir octavillas.
—¡Segurísima! —grité sobre el dembow, sintiendo que mi voz se perdía entre el bajo y los gritos de la gente—. ¡Vengo a enterrar un muerto... llamado autoestima!
Me jalé el ruedo de la falda para abajo —porque ya sentía que una nalga estaba saludando a los presentes— y fui directo a la barra, esquivando cuerpos sudorosos.
—Dame algo fuerte pero barato —le dije al bartender, que tenía cara de modelo de comercial de Calvin Klein y una sonrisa que me hizo olvidar por dos segundos lo patética que era mi vida.
—¿Brugal Blanco con jugo de piña? —me ofreció con esa voz que parecía diseñada para vender sueños líquidos.
—Échale más Brugal que piña —respondí como una campeona del despecho—. Y si puedes ponerle un poquito de olvido, te doy propina.
El primer trago bajó como ácido pero me dio valor. El segundo me aflojó los hombros. Y el tercero me hizo reír como una loca en un manicomio de emociones.
En el cuarto, conocí a Chelo.
—¡SÍ, MAMI! ¡ASÍ, CON IRA SANTA! ¡QUE VEA LO QUE PERDIÓ!
El espejo de Chelo no mentía, pero debería tener la decencia de mentir un poquito.
—Parece que me hubiera peleado con un camión de cemento —mirando mi reflejo con el mismo afecto que le tenía a mi exnovio infiel—. O con un ejército de peluqueros borrachos.
Chelo apareció detrás de mí, cepillándose el cabello con movimientos dignos de comercial de shampoo.
—Mira, por si acaso —dijo, lanzándome una camiseta negra doblada—. Es de una colección que iban a botar. Tiene una manchita aquí atrás pero no se nota.
La desdoblé. En el centro, la cara sonriente de Romeo Santos, con su mirada de "sé que soy irresistible". ¡Por el amor de Dios!
—¿Esto es una broma?
—Es vintage —dijo encogiéndose de hombros como si eso lo explicara todo—. Y combina con tus ojeras. Tema oscuro, ¿entiendes? Es tendencia en TikTok.
—Ahora soy vagabunda.—acusé. Pero igual me la puse. Porque cuando tocas fondo, el sentido de la moda es lo primero que pierdes.
Y como si fuera poco, me tocaba ir al trabajo. Porque claro, en este país tú puedes tener el alma rota, pero el reloj no para y el jefe no perdona.
—Sube, feíta. Te llevo más rápido que "yipeta" en Malecón.
Me quedé mirando con sospecha el Lamborghini dorado.
—¿Esto es tuyo? ¿O robado?
—¡Compráo!
—Prefiero caminar. Con suerte me atropella un guagua.
—¡Tú te lo pierdes, Mandy! —sonrió como el gato de Alicia, y por primera vez me di cuenta de que su sonrisa tenía un diente ligeramente torcido— Mira que aquí hicimos todo lo prohibido.
—¡OYEEEE!
—Estuvo bueno, admítelo —me palmoteó la espalda antes de darme un beso en el cachete y meterse en el lambo—. Me debes mínimo un café por la mejor noche de tu vida.
Y así se fue andando.
En un acto de desesperación, alcé la mano con la autoridad de quien detiene el caos en horario pico. Milagrosamente —o por lástima—, una guagua pública chirrió frenando. El chofer, con una camiseta de "Los Ilegales", gruñó:
—¡20 pesos cada uno!¡Y si va a llorar, que sea en el asiento de atrás, que el delantero es pa' los que pagan completo!
Salí de Las Praderas con la camiseta de Romeo, unos jeans que encontré (limpios, gracias a Dios) y una chaqueta de última hora "porque el aire acondicionado de la oficina te va a congelar las penas". Brugal me movía la cola desde el balcón.
—Te vas y me dejas solo.
Anthony Santos cantaba sobre el desamor.
—¿Le molesta la música? —me preguntó el chófer, viéndome por el retrovisor.
—No, para nada. —mentí, mientras me aferraba al asiento como un saco de boxeo.—Pero si puede bajarle un poquito antes de que me dé un ataque de nostalgia, se lo agradezco.
El chofer asintió, satisfecho, y subió el volumen. Perfecto. Ahora mi viaje al infierno laboral tendría acompañamiento musical.