Felicidad Fingida

FELICIDAD FINGIDA CAPÍTULO 1 JULIA EN EL PARQUE

En un parque con juegos, árboles y plantas, las hojas eran golpeadas por el vaivén del viento, como si las acariciara y a la vez coqueteara con ellas.

Era un día frío de otoño. Una hoja inocente cayó con delicadeza y galantería, girando en tonos amarillos con rojizo hasta aterrizar en el cabello castaño rojizo de una joven sentada en una banca.

Julia leía tranquila y serena. Algo robusta, vestía un suéter azul abierto de botones, una falda recta blanca con una abertura discreta atrás y zapatos de tacón ancho negro. No tan bien combinada, pero presentable. Leía con mucha atención un libro titulado _Cathenati_, de fantasía oscura. No bueno, no malo. Entretenido, tal vez. Al menos a ella sí la entretenía.

Movía sus delicados dedos de tez morena clara, ojos grandes de pestañas largas, sonrisa mediana de labios en forma de corazón, anteojos de armazón negro muy delgado. Llevaba un reloj fino de correa delgada y pulseras de cadenita con dijes que sonaban melodiosamente al cambiar de página.

Revisó su reloj. Ya era tarde. La demora de su amiga se notaba.

Miró a su alrededor, aún sin rastro. A lo lejos, un señor gritaba:

- ¡Churros!

Se le antojó uno. Recordó cómo los hacía su abuelita, con chocolate espumoso batido con molinillo, ese olor a cocoa en jarro de barro bien servido, y ella tomando tramposamente un churro de la charola mientras la abuela le daba un manazo para que esperara a que se enfriara. El recuerdo la embriagó por un momento cálido.

Volvió a mirar su reloj y suspiró de aburrimiento, cuando de pronto la vio llegar muy apresurada, con falda recta, blusa de tirantes y suéter corto negro.

- ¡Lo lamento! - dijo Ana juntando las manos como suplicando -. ¡De verdad lo siento, no volverá a suceder, Julia!

Se inclinó y la saludó con un beso en la mejilla.

- Te esperé demasiado, ya pensaba irme. Para la otra me voy, Ana.

- No volverá a suceder, te lo juro. No pasaba el transporte, fue una pesadilla. Hace algo de frío, ¿por qué no vamos a tomar algo calientito por aquí?

- Está bien - dijo Julia. Cerró su libro y lo guardó en su bolso de piel sintética negra de correa larga.

Se puso de pie y Ana entrelazó su brazo con el de ella.

- ¿Qué tal tu día? Y no me digas que no te diste cuenta.

- ¿De qué? - preguntó Julia mientras caminaban sobre la banqueta con varios desniveles.

- ¡Estas banquetas! ¡Ashhh! - protestó Ana -. ¿Cómo que no te diste cuenta? El joven de la mañana.

- ¿Cuál joven? No sé de qué me hablas.

- ¡Cómo que cuál joven! No inventes. El joven rubio tan guapo.

- ¿Me creerías que ni me fijé?

- Es que andas en la luna y no ves esas estrellitas.

Ana señaló un merendero tipo restaurante.

- Ahí es, te va a gustar. Yo invito, venden un café y un latte increíble. Ven.

La jaló del brazo y Julia sonrió.

- Está bien.

Entraron a un lugar con candelabros chicos muy coloniales, bancas de madera y mesas con losetas azul marino y crema intercaladas. Se sentaron junto a la ventana. Había un servilletero con pocas servilletas, un vaso con popotes y al fondo música suave de una vieja rockola. Un lugar nostálgico y familiar.

Se acercó un joven muy atento.

- Buenas tardes, a sus órdenes. ¿Gustan ordenar algo o les traigo la carta?

- Yo quiero un postre y un cafecito con leche bien calientito, hace mucho frío.

- Claro que sí. ¿Y usted?

- Un chocolatito con churros, por favor.

- Enseguida se los traigo.

Se retiró y pusieron sus bolsos en la mesa. Ana puso sus manos sobre la mesa y dijo con picardía:

- Ahora sí, a lo que nos trajo aquí... ¡el chismeeeee!

Se rieron.

- Nunca vas a cambiar - dijo Julia.

Ana cambió el tono, se puso seria.

- Fuera de broma, Julia. Yo sé tu situación económica y te cité por algo importante. Me ofrecieron un trabajo, yo no lo acepté porque ya tengo uno, pero lo hice pensando en ti. Tú entras en las referencias que piden.

Julia frunció el ceño.

- ¿Por qué yo?

- Porque eres mi amiga, porque necesitas el trabajo. Tu mamá está enferma y, perdóname por ser cruel, joven ya no lo eres. Quiero lo mejor para ti.

Tomó su bolso blanco y sacó una tarjeta azul con relieves. Se veía distinguida.

- Piénsalo, pero por tu bienestar ve y haz una cita. Para una mejor vida.

Llegaron las órdenes y se dispusieron a tomar su café y su chocolate. Julia sopló su chocolate y dio un sorbo.

- ¿Lo tenías planeado?

- Por favor, no pienses mal. Soy tu amiga y me preocupo por ti. Vamos, ¿tú me crees capaz? Si quieres yo contacto la cita para que te convenzan de que es un buen trato y una buena ganancia. Si no te convence, hablas con el que te va a contratar y no pierdes nada.

Levantó su mano.

- Te juro que si no te gusta el trabajo te prometo no molestarte más. Pero por favor hazlo por mí. Te voy a poner carita de perrito triste.

Julia suspiró.

- Está bien, tú ganas. Pero si no me gusta el trabajo me voy.

- ¡Sí, es promesa! - dijo Ana y le tomó las manos.

Se rieron y tomaron sus bebidas calientes. Después de un rato se despidieron y se fueron a su casa.

Julia tomó el transporte de regreso. El camión iba lleno, olía a lluvia y a tierra mojada, las ventanas empañadas por el frío de otoño. Se sostuvo del tubo frío, apretando su bolso negro contra su pecho para que no le robaran la tarjeta azul que le quemaba en el fondo. Cada bache de la avenida le recordaba los desniveles de las banquetas por las que había caminado con Ana. Veía por la ventana las luces de los puestos ya encendiéndose.

Llegó a su casa. Era una casita pequeña de dos cuartos, de fachada sencilla con pintura ya un poco descarapelada por la humedad. Empujó la reja que siempre rechinaba.

- ¡Mamá, ya llegué! - gritó mientras cerraba.

Su madre estaba en la cocina. Una cocinita de apenas dos metros, con azulejos blancos con florecitas azules, una estufita de cuatro quemadores donde solo servían dos, y un trastero de madera donde acomodaban los platos desportillados. Olía a sopa de fideos, a cebolla acitronada, el olor humilde y cálido que siempre la hacía sentir a salvo.




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