Felicidad Fingida

CAPÍTULO 2 EL GRAN HOMBRE DE NEGOCIOS

El otoño en la carretera se veía como una pintura. Un día soleado, de esos que engañan, porque aunque el sol brillaba, el viento era fresco, limpio, y arrastraba las hojas naranjas de los árboles en un vaivén invisible, como si bailaran sin música. Una hoja en especial, grande, naranja y quebradiza, viajaba libre por el cielo...

Hasta que su viaje fue brutalmente interrumpido.

Un rugido de motor rompió la tranquilidad. Un auto deportivo convertible rojo, bajo, brillante, cortó el aire a una velocidad irrespetuosa, como si la carretera le perteneciera.

Al volante, Joaquín.

Manejaba con esa seguridad insultante que solo tienen los hombres que nunca han tenido que pedir permiso. Sus anteojos oscuros de diseñador le cubrían la mitad del rostro, pero no podían ocultar su mandíbula marcada, sus labios delgados y delineados, su tez blanca que el sol de fin de semana había bronceado ligeramente. Su cabello castaño claro se agitaba con el viento. Medía 1.80, de cuerpo bien delineado, ejercitado no por salud, sino por vanidad, por disciplina de espejo. Llevaba un suéter cerrado de cuello en V, blanco impecable con la V en verde esmeralda, de marca extranjera, y un reloj negro en su muñeca izquierda, pesado, caro, de esos que no dan la hora, dan estatus. Conducía con un brazo apoyado con desdén en la puerta, la otra mano apenas rozando el volante, luciendo el reloj a propósito.

A su lado, Diana. Hermosa, innegablemente hermosa. Rubia, de ojos azules como el cielo de ese día, cabello largo y lacio que el viento desordenaba y ella acomodaba coqueta. Vestido corto, entallado, que se subía peligrosamente con el aire, y un bolso de mano diminuto, carísimo e inútil, apretado contra sus piernas. Reían. O más bien, ella reía por todo lo que él decía.

Regresaban de un fin de semana largo. Un hotel de esos donde no preguntas el precio. Una distracción más para Joaquín antes de que sus padres regresaran de su viaje de dos meses por Europa. Un viaje que a él lo tenía sin cuidado, pero que a su madre la tenía contando los días para abrazar a su único hijo.

—Joaquín, ¿sí ves la diferencia? Allá la tranquilidad, y aquí... la gran ciudad otra vez —dijo Diana, intentando sonar profunda, mirando el horizonte donde ya se veían los edificios.

Joaquín ni la miró. Tenía la vista fija en la carretera.

—Sí, lo veo —contestó seco.

Diana tomó aire. Era ahora o nunca. Llevaba todo el fin de semana ensayando esa frase frente al espejo del hotel.

Le tocó el hombro con suavidad, con sus uñas perfectas.

—¿Por qué no nos casamos? —soltó de golpe—. Si te casas, tu padre te da el poder total de la empresa. Sería nuestro. Podríamos...

El auto dio un leve frenazo, no por tráfico, sino por la tensión que se instaló de golpe en el cuerpo de Joaquín.

Él por fin la miró, y se quitó los lentes oscuros lentamente. Sus ojos eran fríos, de un café claro que parecía miel, pero miel congelada.

—¿Qué te pasa? —su voz ya no era burlona, era filosa—. Te dije que no me hablaras de eso.

Diana sintió el golpe en el estómago.

—Es que...

—Yo nunca me voy a casar —la interrumpió—. Y mucho menos contigo.

Ella retiró la mano como si se hubiera quemado. Apretó su bolso diminuto con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Joaquín no lo notó. O si lo notó, no le importó.

—No lo tomes a mal, nena —continuó, volviendo a ponerse los lentes y acelerando de nuevo, como si nada—. Te quiero. Nos la pasamos bien. Muy bien. Pero no está en mis planes casarme. No por amor. Eso ya no está de moda.

Diana tragó saliva, con un nudo en la garganta.

—¿Desde cuándo dejó de estar de moda el amor?

—El amor siempre ha sido un problema —dijo él, con la frialdad de quien recita una lección aprendida—. Te casas enamorado, pierdes la cabeza, pierdes el control. Empiezas a dar explicaciones, a pedir permiso, a compartir. Y yo no comparto nada, Diana. Quiero seguir estando contigo, sin compromisos, sin nada que me ate. Soy libre y me gusta serlo. Y te doy toda tu libertad. ¿No es eso lo moderno? Lo importante es que nos la pasamos bien, ¿no es así?

Diana quería llorar, gritar, bajarse del auto. Pero en su mundo, perder a Joaquín era perder estatus. Así que sonrió. Una sonrisa rota.

—Sí.

—Perfecto —dijo él satisfecho—. Porque no me hubiera gustado que después de un excelente fin de semana lo echaras a perder con romanticismo ridículo. Hubiera sido una pena tener que terminar esta buena relación. Estamos bien, ¿verdad?

—Sí, lo estamos —mintió ella, y su voz sonó hueca incluso para ella misma—. Nunca quiero perderte.

—Yo no le pertenezco a nadie y soy libre. Que te quede claro. A mí nadie me manda.

—Sí, está bien —susurró Diana.

Al llegar a la ciudad, el ruido, el smog y el tráfico los envolvieron. Joaquín, molesto por la multitud, subió el capote automático del convertible, encerrándolos en un silencio incómodo, perfumado con su loción cara y el perfume dulce de ella.

La llevó a su casa, en una de las colonias más exclusivas, vigilada, con calles privadas, impecables, donde cada casa parecía un museo. Bajó del auto, caballeroso solo en apariencia, y la acompañó a la puerta de su enorme residencia blanca.

—Me la pasé súper —dijo Diana, intentando recuperar el encanto.

—Yo igual. Contesto Joaquin—

—¿Cuándo te veo? preguntó Diana—

—Yo te aviso, nena. No me gusta salir seguido con la misma chava. No es nada personal, pero soy libre. Y si te soy honesto, tú eres con la que mejor me la he pasado. De todas. Contestó Joaquin—

Le dio un beso rápido en la mejilla, no en los labios. Se subió a su auto y se fue sin mirar atrás. Diana se quedó en la puerta, viendo cómo el auto rojo se perdía, con la mano todavía en el aire, hasta que cerró la puerta y por fin dejó caer una lágrima que tenía contenida desde la autopista.

Mientras tanto, en el auto, Joaquín ya había olvidado la conversación. Recibió una llamada. Activó el Bluetooth del volante. En la pantalla del auto apareció: SERGIO.




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