El despacho de Joaquín olía a dinero.
No era un decir. Era literal. Olía a limpiador caro, a ese aroma a pino y a flores que no venden en el supermercado, a piel nueva, a madera de caoba pulida y a café recién hecho del que nunca había probado.
Sergio estaba sentado en el sofá de dos plazas, de piel café, acolchonado. Tenía frente a él una charola de bocadillos y un vaso alto de té frío con hielos perfectos. No había comido nada en todo el día. Entre entrevista y entrevista, entre correr con las 32 carpetas, no le había dado tiempo.
Así que mientras esperaba a Joaquín, comía. Y no solo comía, guardaba. Con disimulo, envolvía dos bocadillos en una servilleta de tela y se los metía en la bolsa interior del saco. Para al rato. Para su mamá, quizá.
En ese preciso momento se abrió la puerta.
Joaquín entró quitándose los lentes de sol de armazón blanco. Era tan gallardo que cualquier tipo de anteojos le quedaba bien, le daba un aire interesante, de actor de revista. Se detuvo en seco al verlo.
Sergio se quedó congelado, con la mano en la bolsa del saco y el otro bocadillo a medio camino de la boca.
—Es en serio, Sergio —dijo Joaquín, cruzándose de brazos, con esa sonrisa burlona que usaba cuando quería regañar sin gritar—. Ya no estamos en la secundaria como para que hagas eso.
Sergio se sonrojó hasta las orejas y se terminó de meter el bocado a la fuerza.
—Es que no he comido nada...
—Si no has comido, terminando lo que viniste a traerme pasas a la cocina y le dices a Chelo que te dé de comer. Te va a dar hasta para llevar —dijo Joaquín, ya más suave. Caminó hacia su escritorio—. ¿Son estos?
Sobre el escritorio de caoba gruesa y brillante, perfectamente ordenado, con su portalápices de plata, sus carpetas alineadas y su lámpara de mesa minimalista, había una carpeta de piel negra.
Sergio asintió con la boca llena y levantó el pulgar.
Joaquín tomó la carpeta y se sentó en su silla giratoria de piel acolchonada. La abrió.
—Son las más calificadas —alcanzó a decir Sergio, tragando por fin—. Algunas estudiaron en el extranjero, hablan tres idiomas, tienen maestría...
Joaquín no lo escuchaba. No leía lo que aportaban. Se iba directo a las fotos. Una por una. Rubias, castañas, pelirrojas. Todas de 23, 24 años. Todas hermosas. Todas con currículums impresionantes.
—Yo puedo leer, tú sigue comiendo —le dijo sin mirarlo—. Sé que desde la escuela nunca has tenido buena alimentación porque trabajabas y estudiabas al mismo tiempo. Come tranquilo.
Giró su silla hacia la luz de las cortinas blancas, se puso sus anteojos de armazón blanco para leer y siguió hojeando. A cada candidata que no le gustaba, la regresaba a Sergio con un movimiento de mano.
En una de esas devoluciones, una hoja se resbaló y cayó al suelo alfombrado.
—Pásame esa —ordenó Joaquín.
Sergio se inclinó a recogerla y se la dio.
—Esa la rechazaste —le dijo, limpiándose migajas del saco.
Joaquín miró la foto. Una mujer de rostro cansado pero dulce, sin maquillaje, cabello recogido con sencillez. Leyó el nombre en voz alta.
—Julia García. —Se rió con falsedad—. Muy fea y ordinaria. Casi no llenó nada de la solicitud. ¿Limpieza? ¿Puesto de jugos? Es gorda, sin chiste, vieja... un poco más grande que yo. ¿Esto es lo que espera mi padre que contrate? No, gracias.
La tiró sobre la pila de rechazadas.
—Cita a todas estas —dijo señalando a las diez que sí había separado—, junto con esa, para mañana temprano, a primera hora. Las entrevisto a todas. Quiero divertirme un rato.
Sergio guardó las carpetas.
Joaquín se levantó y lo acompañó personalmente a la cocina, algo que nunca hacía con nadie. En la cocina, Chelo, su nana, de vestido sencillo y suéter tejido, los esperaba.
—Chelito, dele de comer bien a este muerto de hambre. Que coma aquí. Yo voy a salir, voy a volver a la oficina al rato. Voy a llevar a unas amigas a una discoteca.
—Sí, mi niño, de inmediato —dijo Chelo, sirviéndole a Sergio un plato hondo de caldo de pollo humeante—. Siéntese, mi niño Sergio, que usted sí necesita comer.
Mientras Sergio comía, Joaquín subió a cambiarse. Sergio terminó, llamó a todas las candidatas, incluida Julia, desde el teléfono de la cocina.
Esa noche, en una casa muy diferente, a dos horas de ahí, Julia recibió la llamada.
Julia no tenía trabajo fijo. Desde que su mamá enfermó, ella no se casó nunca. Se quedó para sacarla adelante. Su mamá había salido embarazada ya grande, en su último trabajo como empleada doméstica, de un joven que no le respondió. De ahí nació su hermanito, que ahora iba en la primaria y que parecía su hijo porque ella ya tenía 40 años. Para mantenerlos, ayudaba por las mañanas a la señora Marta en un puesto ambulante de jugos y licuados sobre una avenida muy transitada.
La señora Marta era buena. Le daba lo que sobraba: sándwiches a medio comer, naranjas golpeadas, plátanos maduros. Con eso cenaban.
Esa noche, cuando sonó su celular viejito, de esos de teclas, Julia estaba lavando los vasos del puesto.
—Bueno... ¿sí, es Julia Mendez? Se le cita mañana a las 9 am en la Torre Corporativa, piso 32, para entrevista con el Lic. Joaquín. Traiga solicitud elaborada y sea puntual.
Colgaron antes de que pudiera preguntar cuánto pagaban.
No durmió. Planchó con una plancha prestada su única blusa blanca buena, la que no tenía el cuello amarillo. Lavó sus zapatos negros. Su mamá, aunque con dolor en las manos por tanto lavar ropa ajena, le hizo una colita bien peinada.
—Tú tienes hambre de trabajar dignamente, mija —le dijo su mamá—. Eso vale más que cualquier título.
Yo nunca había entrado a una torre de cristal. No de verdad.
Las había visto desde abajo, cuando iba a limpiar oficinas en el centro, con mi cubeta y mi trapo, mirando hacia arriba y pensando que ahí adentro trabajaba gente que no tenía que preocuparse por si alcanzaba para el pasaje.
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Editado: 21.07.2026