Dicen que la primera impresión jamás se olvida.
Si eso es verdad, yo ya había perdido el trabajo antes de las seis y cinco de la mañana.
Me levanté a las tres y media. Sí, a las tres y media de la madrugada. Mi mamá ni siquiera se había levantado a hacer el desayuno y ya estaba yo calentando agua en la estufa para bañarme, porque el calentador no servía desde hacía meses. El agua estaba helada, pero no me importó. Quería oler a limpio. A jabón económico, que era el bueno, el que hacía espumita blanca.
Planché mi blusa blanca por tercera vez. Le pasé un trapito húmedo a los zapatos de mi mamá. Metí en mi bolso grande de flores mi topper con huevo y frijoles, mi botellita de agua y un trapito limpio, por si me ponían a limpiar. Porque yo pensé: si voy a ser asistente, pues también voy a limpiar, ¿no? Eso sí lo sé hacer bien.
El primer camión que me dejaba cerca del trabajo, a esa zona llena de edificios enormes, pasaba a las cuatro y veinte por la avenida. Si lo perdía, el siguiente venía tan lleno que no me dejaba subir. Corrí tres cuadras para alcanzarlo. Lo alcancé. Iba lleno de señores que iban a las obras, de señoras que iban a limpiar casas como yo. Nadie hablaba. Todos olíamos a sueño.
Llegué a las 5:40 am a la Torre Corporativa. Veinte minutos antes. Sudando, con el corazón desbocado. La Torre estaba casi vacía, oscura, enorme, iluminada solo por las luces de afuera. Parecía un monstruo de cristal dormido.
El poli de la entrada, uno gordito y buena onda que después supe que se llamaba Nicolás, me vio y se rió con cariño.
—Uy, madrugadora, ¿eh? Usted es la nueva del Lic. Joaquín, ¿verdad? Me dijo Sergio que iba a venir una muchacha muy puntual. Pero todavía no ha llegado ni el patrón, ni el de la limpieza. Se vino muy temprano.
—Prefiero esperar, gracias —le dije, abrazando mi bolsa, muerta de vergüenza.
Me senté en un banquito de la entrada, afuera, porque me daba pena entrar al lobby tan temprano. Veía cómo poco a poco empezaba a amanecer, cómo la ciudad se despertaba. Yo rezaba en voz bajita: "Diosito, que hoy me vaya bien, que no me corran, que aguante".
A las 6:00 en punto subí al piso 32. Le pedí permiso al poli y me dejó pasar. La luz del piso estaba apagada. Todo olía a cera y a ese limpiador caro. Toqué la puerta del despacho de Joaquín con los nudillos. Tres toques suaves.
Nadie contestó.
Volví a tocar, un poco más fuerte.
Nada.
Empujé la puerta. Estaba cerrada con llave.
Me quedé parada ahí, en medio del pasillo helado. A las 6:15, nada. A las 6:30, empecé a preocuparme. ¿Me había dado la dirección mal? ¿Era una broma pesada de ricos para humillar a la pobre? ¿Me había citado solo para dejarme plantada?
Me dolían los pies por los zapatos de mi mamá, así que me senté en el suelo, con la espalda recargada en su puerta de madera fina, y abracé mis rodillas. Saqué mi botellita de agua. Me había aprendido de memoria todos los títulos de los libros que se veían por el vidrio de su librero: "Padre Rico, Padre Pobre", "El Arte de la Guerra", todos en inglés.
A las 7:48, cuando yo ya había llorado un poquito en silencio y me había vuelto a limpiar las lágrimas para que no se me notara, se abrió la puerta del elevador privado de un golpe. Ese elevador que solo usaba él, directo a su cochera.
Era Joaquín.
Pero no era el Joaquín del traje perfecto, del suéter gris de cuello V y del inglés perfecto de la entrevista. No.
Venía con el cabello castaño claro totalmente revuelto, como si hubiera metido los dedos mil veces. Con unos lentes oscuros enormes aunque estaba adentro del edificio, con una sudadera gris de marca, y que cuestan más que mi renta de tres meses, pantalón de pants gris y tenis blancos de diseñador, sin calcetines, carísimos. Olía a fiesta, a perfume dulce de mujer, a cigarro y a alcohol caro. En una mano traía un café a medio tirar, frío, y en la otra, las llaves de su coche deportivo, que iba aventando y cachando.
Me vio sentada en el suelo, hecha bolita, y se detuvo en seco a media zancada. Se quitó un poco los lentes y me miró como si fuera un fantasma, como si no me reconociera.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con la voz ronca, espesa, de crudo.
Me levanté de un salto, tan rápido que se me durmió un pie y casi me caigo.
—Buenos días, señor... digo, Joaquín. Llegué a las seis, como me dijo usted... como me dijiste.
Él pasó a mi lado sin tocarme, sin pedirme perdón, abrió su despacho de una patada floja y tiró las llaves sobre el escritorio de caoba. El ruido retumbó.
—Ah. Eres tú —dijo, dejándose caer pesadamente en su sillón de piel acolchonado, giratorio. Se puso las manos en la cara y soltó un quejido largo—. La... la del puesto de jugos.
—Julia —le dije en voz bajita, sacudiéndome la falda que se me había llenado de pelusas del suelo.
—Sí, esa. Julia. —Me señaló sin mirarme, con los ojos cerrados—. No pensé que ibas a venir, la verdad. Pensé que te ibas a rajar. Todas se rajan.
Sentí un balde de agua fría en el pecho.
—Usted me dijo que a las seis...
—Sí, sí, te dije a las seis —me interrumpió, irritado—. Es que me fui con unas amigas, Diana y otras dos, a una disco y se me hizo tarde. No dormí nada. Tengo una cruda del infierno y tu voz me está taladrando el cerebro aunque hables bajito.
Se quedó callado dos segundos, respiró hondo y me apuntó con un dedo tembloroso.
—Hazme un café. Pero bien cargado. Sin azúcar. Sin leche. Sin canela, sin nada de esas cosas raras que le ponen ustedes. Y tráeme dos aspirinas. Y un vaso de agua fría. Y que el agua esté fría de verdad, no del garrafón tibio que ponen ahí. Fría del refri. Y rápido, que me duele la cabeza y si me hablas mucho me va a doler más.
Era mi primera orden en mi primer trabajo decente en mi vida.
—Sí, ahorita mismo —dije.
Corrí a la cocineta que me había enseñado Sergio por teléfono el día anterior. Una cocineta chiquita pero que parecía de revista, con refri de dos puertas, microondas y una cafetera enorme, plateada, con mil botones, con una pantalla digital que decía cosas en inglés. Parecía una nave espacial.
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Editado: 21.07.2026