Subí con Sergio en el elevador y sentía que cada piso que subíamos era un escalón más hacia mi humillación.
Tenía las manos manchadas de café, las rodillas raspadas, la blusa blanca que tanto planché ahora con una mancha enorme color marrón. Olía a café quemado y a vergüenza.
Sergio no me miraba. Miraba los números del elevador.
—Julia, le voy a ser sincero —me dijo sin voltear—. Si usted se quiere ir, nadie la va a culpar. Joaquín es así con todos, pero con usted fue peor porque... porque usted no es su tipo de gente. Él está acostumbrado a modelos, a niñas de 23 años con maestría. No a... —se calló, arrepentido— perdón.
—No se preocupe —le dije, tragándome el nudo—. Ya sé que soy gorda, fea, vieja y sin chiste. Él mismo me lo dijo.
Sergio no supo qué contestar. Se abrieron las puertas del piso 32.
Joaquín ya estaba cambiado. Con otro pants de marca, color gris. Como si tuviera 20 uniformes iguales para no pensar. Estaba sentado en su sillón, con los pies sobre el escritorio, hablando por teléfono con alguien, riéndose a carcajadas.
Chelo estaba ahí, recogiendo la alfombra manchada con un trapo, de rodillas, a sus 70 años, aunque Joaquín no quería que hiciera eso porque la de mantenimiento no había subido a limpiar todavía.
Cuando entré, Joaquín colgó y me miró de arriba a abajo. Con asco. Con esa mirada que te hace sentir que eres menos que nada.
—Vaya, regresó la mujer cafetera —dijo, con una sonrisa cruel—. Pensé que ya te habías ido a vender jugos otra vez en tu puesto ambulante.
No contesté. Bajé la cabeza, de vergüenza.
—Si vas a trabajar aquí, no puedes venir así —continuó, señalándome con el dedo—. Das vergüenza y pena. Pareces la señora que limpia los baños del edificio, con todo respeto para las señoras que limpian los baños, porque al menos ellas sí saben hacer su trabajo sin tirar el café y en su caso ellas visten mejor que tú. ¿Pediste prestada la ropa de tu mamá? —se rió cruelmente.
Cada palabra era un latigazo.
—Es la única blusa que tengo, señor...
—¡Joaquín! ¡Te dije que no me digas señor! Me haces sentir como mi padre —gritó, golpeando el escritorio—. Y no es mi problema tu pobreza, Julia. Yo no soy beneficencia. Si no tienes ropa, es tu problema, no el mío. Pero aquí no me representas vestida así. Sergio, que Miriam le dé uniformes. Los más baratos que haya. Y que se los descuenten de su sueldo. Si es que aguanta la semana.
—Sí, Joaquín —dijo Sergio, incómodo.
—¿Sueldo? —pregunté en voz bajita.
Joaquín se rió. Una risa corta, sin humor.
—Sí, sueldo. Va a ser por tu semana _le dio una hoja con su sueldo no lo podia creer_. Si aguantas. Que lo dudo. Te voy a hacer renunciar antes del miércoles. Todas renuncian. Las bonitas renuncian porque no aguantan que les grite. Tú vas a renunciar porque ni siquiera vas a entender lo que te pido que hagas.
Me sentí chiquita. Gorda. Fea. Vieja. Sin chiste. Todo lo que él había dicho de mí en la entrevista, me lo estaba restregando en la cara.
—Regla número uno —dijo, levantándose y caminando alrededor de mí, como si yo fuera un animal en venta—. Llegas a las seis. Te vas cuando yo me vaya. Yo a veces me voy a las diez de la noche. A veces no me voy y duermo aquí. Tú te quedas. Regla número dos: no me hables si no te pregunto. Tu voz me irrita, es muy aguda y me choca. Regla número tres: no toques nada de mi escritorio, de mis libros, de mi vestidor. Eres torpe y rompes todo. Regla número cuatro: no me cuentes tu vida triste de tu mamá enferma y tu hermanito. No me importa. Vienes a trabajar, no a dar lástima. ¿Entendido?
—Sí —susurré.
—Regla número cinco y la más importante —se paró frente a mí, a centímetros, oliendo a loción cara—. No te confundas, Julia. No te contraté porque seas buena. Te contraté porque fuiste la única que no se fue llorando de la entrevista cuando me reí de tu currículum hecho a mano. Necesito algo, no alguien. Necesito algo que aguante, que no se queje, que sea invisible. Como un mueble. Un mueble feo, viejo y gordo, pero que funcione. Tú eres eso. Mi mueble. No te enamores de mí, porque sería patético. Todas lo hacen y me dan asco. ¿Queda claro?
Sentí las lágrimas quemándome los ojos, pero me las aguanté. Si lloraba, me corría. Y necesitaba mi sueldo de verdad lo necesitaba.
—Queda claro, Joaquín —dije, con la voz temblando pero sin llorar.
Él se quedó mirándome, esperando mis lágrimas. Como no cayeron, se frustró.
—Bien. Ahora lárgate a la cocineta. Lupita te va a enseñar a usar la cafetera. Tienes una hora. Si me traes otra porquería que sepa a llanta quemada, te descuento la alfombra. Esa alfombra verde vale muchísimo dinero. La trajimos del extranjero.
Salí con Chelo, que me tomó del brazo. Chelo tenía los ojos llorosos de coraje con su niño.
—No le haga caso, mi niña —me susurró mientras caminábamos—. Así es, no es cruel solo que está presionado desde que su papá le dijo que si no sentaba cabeza no le iba a dar la empresa. Está desesperado por demostrar que es hombre de negocios, pero es un niño berrinchudo.
¿Su papá? ¿La empresa? No entendí, pero lo guardé en mi cabeza.
La cocineta era un infierno de botones. Lupita, la señora de limpieza de 50 años, me enseñó con paciencia. Que a Joaquín le gustaba el café americano cargado, pero no quemado, con dos hielos chiquitos de agua , no de garrafón, porque decía que el agua de garrafón le sabía a pobreza. Que le gustaban las tostadas de aguacate con huevo pochado a las 8 am en punto, ni un minuto antes ni después. Que odiaba el cilantro, que si veía una hojita, tiraba el plato a la basura y te hacía recogerlo con la mano. Que su escritorio tenía que oler al aromatizante de pino del más caro, no al limpiador barato.
Apunté todo en mi libretita de 10 pesos. Con letra fea, pero con mucho miedo de equivocarme.
A las tres, Miriam de Recursos Humanos me dio dos camisas blancas gruesas, dos pantalones negros y unos zapatos cerrados de mi talla, 38 pero no me veia tan gorda se me veia bien. Eran bonitos. Cuando me los puse en el baño y me vi en el espejo, por un segundo pensé que me veía bien.
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Editado: 21.07.2026