Cuando Sarita me trajo el pan escondido a la 1 pm del martes, pensé que con eso iba a aguantar. Pero no.
Se fueron las 2, las 3, las 4, las 5. Yo seguía sentada en mi escritorio chiquito, sin hacer nada más que contestar el teléfono como me enseñó Miriam, y cada vez que sonaba me ponía a temblar.
A las 6 pm todos se empezaron a ir. Sara pasó y me dijo bajito:
—Ya vámonos, Julia, ya es hora.
Negó con la cabeza con tristeza porque yo no me podía mover. Joaquín seguía en su oficina con la puerta cerrada.
A las 8 pm, ya solo quedaban los de aseo con sus carritos y sus trapeadores. El edificio estaba apagado, oscuro, solo quedaba prendida la luz de su despacho.
Salió por fin. Traía su chamarra de piel cara, su mochila de marca, listo para irse de fiesta otra vez. Olía a loción y a triunfo.
Me vio ahí, con los ojos hinchados.
—¿Sigues aquí, mueble? —dijo, sin detenerse—. Qué bueno. Ya que estás aquí sin hacer nada, vas a ordenar todos los archivos y libros que están en esa caja y los vas a poner en el librero. Por orden alfabético y por color, como te gusta a ti, ¿no? Que te gusta andar tocando lo que no debes.
Señaló una caja enorme de cartón que estaba en la esquina de su oficina, llena de libros caros, carpetas, papeles revueltos, hasta vasos viejos.
—Pero... Joaquín, son muchos...
—Sí, son muchos. Por eso te quedas. Si tienes hambre, pues apúrate —dijo, riéndose cruel—. Buenas noches. Y mañana a las 6 am aquí, con mi café caliente de verdad, no frío como el de hoy. Si llegas tarde, te descuento el día.
Se fue en su elevador privado. La puerta se cerró y yo me quedé sola, en el piso 32, con la luz del pasillo parpadeando y el carrito de los de aseo pasando.
Me solté a llorar. No sabía qué hacer. Tenía hambre, Sarita me había traído un sándwich a la 1 pm pero ya eran las 8 pm y me rujía el estómago. No tenía dinero ni para una galleta de la máquina.
El señor de limpieza, Don Toño, de unos 60 años, se me acercó con pena.
—¿La dejó el joven Joaquín otra vez, verdad, señorita? —me dijo—. Ya es costumbre. Así les hacía a las otras asistentes. Venga, yo le ayudo, para que se vaya temprano.
Y el poli de la entrada, Nicolás, que hacía su rondín, subió y también me ayudó. Entre los tres empezamos a sacar libros, a sacudirlos, a ponerlos por color y por letra como él quería.
—Este joven es muy injusto, señorita Julia —me dijo Nicolás, cargando una pila de libros pesados—. No por ser dueño se va a pasar con usted así. Usted es gente trabajadora.
Acabamos a las 10 pm. El piso 32 ya estaba limpio, ordenado, bonito, olía a pino.
—Ya váyase, señorita, que ya es muy tarde —me dijo Don Toño.
Me fui. Bajé caminando porque ya no había elevador. Llegué a mi casa a las 11:30 pm. Mi madre estaba en la puerta, preocupada, con el rosario en la mano.
—¿Qué te pasó, mija? ¿Por qué tan tarde? —me dijo.
—Hay mucho trabajo, mamá —le mentí, para no preocuparla—. El licenciado me dejó mucho que hacer.
Me dio de comer. No comí. Devoré. Arroz con huevo frío, pero me supo a gloria. Me duché con agua fría porque ya no había luz para el calentador y me fui a dormir, con las manos adoloridas de cargar libros.
*Miércoles.*
Llegué a las 5:40 am, sin dormir bien, con los ojos hinchados. Hice el café perfecto, 75 grados, dos hielos chiquitos de Evian, a las 6:05.
Joaquín llegó a las 9 am, con la misma ropa de la fiesta, crudo, con lentes oscuros. Ni me miró.
Sonó el teléfono. Contesté como me salía del alma:
—¿Bueno? ¿Quién habla?
Joaquín abrió la puerta de su oficina como rayo.
—¿Así contestas? ¡Te dije que no contestaras como verdulera! ¡Es "Corporativo, le atiende la asistente del Licenciado Joaquín, en qué puedo ayudarle"! ¡Eres una burra!
Me gritó frente a todos los que iban llegando. Me quiso pasar la llamada de un cliente importante y no supe picarle al botón de transferir. La colgué por error.
Se puso rojo de coraje.
—¡Eres una inútil! ¡No sirves para nada!
Me encerré en el baño a llorar. Sarita me encontró y en su hora de comer, me enseñó en 15 minutos cómo se usaba el teléfono, cómo se transfería, cómo se ponía en espera. Me dio pena con ella, porque ella tenía que comer y estaba gastando su tiempo enseñándome a mí.
—Es la única que me ayuda, Sarita, gracias —le dije.
—De nada, Julia. No te dejes, tú puedes —me dijo.
Eran las 6 pm y todos se iban, al igual que Joaquín, que ya se iba con su traje impecable a otra cena.
Se detuvo en mi escritorio y me miró con esa sonrisa mala.
—Tú no te vas —me dijo—. Vas a ordenar toda esa documentación de las cajas por fechas y años. —Señaló tres cajas enormes llenas de facturas, papeles arrugados, tickets, de años—. Estás muy atrasada con el trabajo. —Miró su reloj de oro—. Y apúrate, porque a mí me esperan.
Se fue. Apagaron la luz general del piso. Yo me quedé solo con la lamparita del despacho prendida, leyendo facturas del 2019, 2020, 2021, 2022, acomodando por días, meses y años. No iba a acabar nunca. Me dolían los ojos.
Ya eran las 11 pm. El poli Nicolás subió a hacer su rondín y me vio ahí, sola, rodeada de papeles, llorando bajito.
—Señorita Julia, esto es muy injusto del joven Joaquín —me dijo, enojado de verdad—. No por ser dueño se va a pasar con usted así. Usted no es su sirvienta.
Trató de ayudarme, acomodó como pudo por años, pero se tenía que ir a seguir su rondín.
Terminé a medianoche. A las 12 am en punto. Tres cajas ordenadas por fecha, como me pidió.
No tenía dinero para el camión. No tenía ni 20 pesos. Y a esa hora ya no pasaban.
Nicolás llamó a su hermano que era taxista.
—Mi hermano la lleva, señorita, no se preocupe, luego le paga al poli, él me dijo que le prestaba.
Llegué a mi casa a la 1:30 am de la mañana. Mi mamá estaba llorando en la puerta. Mi hermanito abrazado a ella.
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Editado: 21.07.2026