Felicidad Fingida

CAPÍTULO 7 EL FIN DE SEMANA

El jueves se me hizo tarde. No fue mi culpa. El camión se descompuso a mitad de la carretera, a las 5:10 am, y tuve que bajarme a correr con mis zapatos del número 24 que ya me sacaban ampollas, con el uniforme arrugado porque no tuve luz para plancharlo la noche anterior porque en mi colonia se fue la luz.

Corrí seis cuadras. Llegué al edificio a las 6:17 am, sudando, con el pelo pegado a la frente, jadeando, con el corazón a punto de salirse.

Sarita y Clara me esperaban abajo, en la recepción, con cara de susto.

—Julia, corre, por favor —me dijo Sarita, tomándome del brazo—. El Licenciado Joaquín llegó a las seis en punto y preguntó por su café y tú no estabas. Está furiosísimo. Le urge hablar contigo. Dice que te tiene una propuesta.

Sentí que se me bajaba la sangre. Dejé mi bolso todo feo en el escritorio chiquito que me habían dado y toqué su puerta. Tres toques suaves.

Tenía un escalofrío que me recorría por todo el cuerpo, desde la nuca hasta los pies.

Oí su voz, fría, sin gritos, que era peor que cuando gritaba.

—Pasa.

Abrí la manija y entré. Me dijo muy fríamente que entrara y cerrara la puerta y lo hice. La oficina olía a su loción cara y a café de tienda, de esos caros para ser un cafe que él compraba cuando yo no llegaba.

Tenía su chamarra estilo gabardina colgada en el perchero, de esas que cuestan más que tres meses de mi renta. Él estaba sentado en su sillón de piel, con las piernas cruzadas, impecable, como siempre, como si nunca se desvelara, como si nunca tuviera cruda.

Yo me senté en la silla frente a su escritorio, la silla chiquita, dura, para las visitas que no le importaban. Con las manos en las piernas, temblando, sin atreverme a mirarlo a los ojos.

Me miró como analizándome, de arriba a abajo, deteniéndose en mis zapatos raspados, en mi pantalón que ya se veía viejo, en mi cara sin maquillaje.

—¿Por qué entraste a trabajar aquí, Julia? —me preguntó de repente.

Me agarró desprevenida.

—Porque tengo necesidad de trabajar, Joaquín —le dije, con la voz cortada por correr y por el miedo—. Mi mamá está enferma y mi hermanito...

—No —me interrumpió, levantando la mano—. No me vengas con tu historia triste otra vez. No al trabajo de asistente. Al contrato. Al contrato del que te habló Sergio.

Me quedé helada.

—No sabía que... —tartamudeé.

—¿No sabías? —dijo, arqueando la ceja—. No te hagas la tonta conmigo, Julia. Tú sabías perfectamente que la vacante de esposa de mentiras estaba abierta desde hace meses. Por eso viniste con tu currículum escrito a mano, para dar lástima. Y te funcionó.

Me molesté. Por primera vez en la semana, me molesté de verdad.

—Usted no me gusta, si es lo que quiere saber —le contesté, algo molesta, con la voz temblando de coraje—. Ni siquiera lo conocía antes del lunes. Yo vine a pedir trabajo de lo que fuera, de limpiar, de sacar copias. No a venderme.

Joaquín se quedó callado un segundo y luego se rió. Esa risa cruel, corta, sin alma, que me hacía sentir chiquita, gorda, fea y sin chiste.

—Obvio que no te gusto —dijo, parándose y caminando hacia el ventanal—. Tú no me gustas a mí. No me gustas nada. Me incomodas. Me recuerdas todo lo que no quiero ser. Pero ya está listo el contrato y hoy, si quieres, te pago tu semana completa aunque sea jueves. No voy a venir el viernes y mucho menos el sábado y domingo. Me voy a ver unas amigas y pasarla bien y unos amigos.

Se paró y se dirigió al librero. Lo vio. Vio todos los archivos acomodados que Don Toño, Nicolás y yo habíamos puesto hasta las 10 de la noche del martes, por orden alfabético y por color.

Pasó la mano por los lomos de los libros, como si estuviera pasando revista.

—Vi que acomodaste muy bien los archivos —dijo, sin voltear—. No creí que lo lograras. Pensé que eras más bruta. Gracias.

Me miró por encima del hombro. Por primera vez me dijo gracias. Pero no sonó bonito. Sonó a que le sorprendía que un mueble pudiera hacer algo bien.

—En la próxima semana regresan mis padres de España —prosiguió, regresando a su escritorio—. Llegan el martes a las tres de la tarde. Así que me urge que ya firmes el contrato. No ha de tardar en subir Sergio con los papeles. Nos quedamos callados. El silencio era horrible. Yo solo oía mi corazón y el aire acondicionado.

En ese momento tocaron la puerta. Dos toques firmes. Era Sergio. Lo dejó entrar. Traía una carpeta azul marino, gruesa, con un moño dorado y como 20 hojas adentro. Olía a papel nuevo y a tinta cara.

—Léelo —me dijo Sergio, poniéndomelo enfrente, con pena, sin mirarme mucho a los ojos—. Yo ya lo firmé como testigo. Tienes todo el tiempo para leerlo. Si quieres te dejo sola.

Joaquín se sentó en su silla de piel, jugando con su pluma fuente de oro, esa que costaba más que todo lo que yo ganaría en un año si vendiera jugos.

—Te voy a decir lo más concreto —dijo Joaquín, como si me estuviera explicando a una niña de cinco años—, pero ahí está una copia para que la lleves a casa y lo leas con calma, si es que sabes leer contratos. Si algo no te parece me lo dices. Ahí está mi dirección, que muy pronto sería también tu casa, si aceptas.

Le contesté con dudas, con la voz temblando, con las manos sudadas sobre la carpeta azul que no me atrevía a abrir:

—¿Por qué yo? Había muchas más bonitas, más jóvenes...

Me miró fijo, sin pestañear, sin piedad. Y me dijo lo más cruel que me había dicho hasta ese momento, peor que gorda, fea, vieja y sin chiste juntas. Lo que me iba a doler por meses.

—Porque mi padre quiere que siente cabeza, pero para mí el amor no existe —dijo, frío—. El amor es una invención de los pobres para no sentirse miserables. Yo no creo en eso. Y tú eres la indicada por eso mismo. Eres muy mayor, así representas lo que buscan mis padres, a alguien que me haga más maduro, más hombre. Y no eres de las que me gustan, para nada. Así la quería mi padre. Una mujer humilde, de casa, que no sea interesada, que no sea modelo, que no quiera mi dinero para bolsas. Una mujer que mi madre pueda presumir en misa. Porque siendo como eres no eres superficial y lo pobre se te nota a simple vista. Se te ve en la cara, en las manos, en cómo hablas, en cómo te sientas. Por eso te elegí. Por eso la semana a prueba. Para que si pregunta mi padre, yo pueda decir que te conocí en el trabajo, que te vi esforzarte, que eres humilde y trabajadora. Es creíble. Si presento a Diana, mi padre me deshereda en ese momento.




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