Felicidad Fingida

CAPÍTULO 8 FIRMANDO EL CONTRATO

El viernes era mi día de descanso, según mi contrato de asistente. Pero no descansé nada. No pude dormir en toda la noche del jueves pensando en el contrato, en la casa para mi mamá, en lo de "lo pobre se te nota a simple vista".

A las 9:12 am sonó mi celular viejito, de esos de teclas que se traban y que tengo que pegarle para que agarre señal. Era un número que no conocía.

—¿Bueno? —contesté, con pena, pensando que era de cobranza.

—Julia, soy Sergio —dijo la voz del otro lado, amable—. ¿Me diste tu número el jueves, te acuerdas? Oye, ¿sí leíste el contrato que te dejó Joaquín?

Le dije que sí. Pero pensé entre mi que lo había leído tres veces, toda la noche, sin dormir, con la luz del foco amarillo de mi cuarto, con mi mamá roncando al lado y mi hermanito abrazado a mí porque tenía frío.

—Ya lo firmé —le dije, bajito, para que mi mamá que estaba lavando trastes no oyera—. Lo iba a llevar a su casa de Joaquín el lunes a las seis de la mañana como me dijo.

—Perfecto —dijo Sergio, contento—. Yo le aviso a Joaquín ahorita mismo. Pero, ¿sabes qué? Mejor tráelo de una vez hoy a su casa. Está aquí, no se ha ido con Diana. Quiere verte. Quiere cerrar el trato hoy. ¿Puedes venir hoy? Te mando un coche si quieres.

Me quedé helada. ¿Hoy? Yo traía mi pants viejo todo aguado, sin peinar, sin bañar bien, con la cara hinchada de llorar.

Le dije que sí. ¿Qué más podía decir? Ya había firmado en mi mente desde que vi el contrato.

Sergio me mandó la dirección. Cuando la vi, se me fue el aire. La zona más cara de toda la ciudad.

Al llegar, era una enorme casa. No era casa, era mansión de película. Con portón eléctrico negro altísimo, cámaras por todos lados, jardín que se veía desde afuera, con pasto perfecto, con un árbol enorme en medio y una fuente.

Toqué el interfón, con la mano sudada, con mi contrato firmado abrazado en una bolsa de plástico y en un folder para que no se mojara ni se arrugara.

—¿Quién es? —dijo una voz de mujer grande, amable.

—Busco a Joaquín, de parte de la asistente, de Julia —dije, con voz de niña chiquita.

—Ah, sí, la señorita Julia, la esperamos, pase —dijo la voz.

El portón se abrió solo, con un ruido eléctrico. Caminé por un camino de piedras blancas, con flores caras a los lados, con el corazón a mil.

Al entrar, me recibió Chelo. Era una señora como de 60 años, gordita, con delantal limpio, cara buena, de esas que parecen mamás de todos, con el pelo recogido en una cebolla.

—Ay, tú debes ser Julia —me dijo, saludándome con cordialidad, tomándome las dos manos entre las suyas calientitas—. Bienvenida, hija. Pásale, el joven Joaquín te está esperando, pero se está bañando, viene del gimnasio. Pásale al despacho mientras le avisan. No tengas pena.

Me pasó al despacho. Era grande y lujoso, más grande que toda mi casa de dos cuartos. Para mí era un sueño que solo había visto en novelas. Había una biblioteca del piso al techo, de madera oscura, con libros de piel, de esos que nunca se leen pero se ven bonitos y caros. Un escritorio de madera que brillaba, una chimenea que nunca se prendía, un olor a madera cara y a hombre rico, a loción de Joaquín.

Yo veía con curiosidad la biblioteca. Nunca había visto tantos libros juntos, ni en la escuela. Me acerqué, con miedo de tocar, de ensuciar, y saqué uno con mucho cuidado. Era grande, pesado, de pasta azul de piel. Lo hojeaba, viendo las letras en inglés que no entendía, pero las fotos eran bonitas, de edificios.

En eso entró Joaquín.

No lo oí entrar porque la alfombra no hacía ruido. Cuando levanté la vista, ya estaba ahí, parado en la puerta del despacho, mirándome, cruzado de brazos.

Traía solo un pants gris de marca pegadito y una toalla blanca en el cuello, el pelo mojado, chorreando, sin camisa. Se le veía el pecho marcado, los brazos fuertes. Se veía... se veía muy guapo, a pesar de ser malo. Muy alto, muy hombre.

Me asusté tanto que tiré el libro al suelo. Cayó con un golpe seco que retumbó en toda la biblioteca, que me sonó a que había roto algo de 10 mil pesos.

—¡Ay, discúlpeme! —dije, agachándome rápido a levantarlo y acomodarlo como pude, con la cara roja de vergüenza, casi hincada—. Discúlpeme, Joaquín, yo no quería agarrar nada, yo solo...

Joaquín no se enojó como pensé. Se rió, pero no cruel. Se rió bajito, divertido.

—Tranquila, mueble —dijo, caminando hacia mí descalzo—. Esta va a ser tu casa también, por un año. Así que es importante que leas algo para que no me hagas quedar mal con mi padre, que lee mucho y te va a preguntar. Si quieres llévatelo y luego me lo traes. Te va a servir.

Me quedé parada, sin saber qué hacer, con el libro en las manos.

—Gracias —le dije, en voz bajita, sin mirarlo porque me daba pena verlo sin camisa.

—¿Qué me traes? —dijo, extendiendo la mano, ya serio, ya patrón.

—Sí, traje el contrato firmado —le dije, sacando de mi bolsa de plástico los papeles doblados en cuatro, firmados con mi firma temblorosa en cada hoja, con mi huella digital en tinta azul como me pidió Sergio porque dijo que así se usaba.

Joaquín sonrió. Por primera vez me sonrió de verdad, pero no era una sonrisa para mí, era una sonrisa de triunfo, como cuando cierra un negocio de millones.

Lo tomó, lo revisó rápido hoja por hoja y lo guardó en su cajón con llave.

—Gracias —me dijo—. Bienvenida a mi infierno personal, Julia. Ahora sí eres oficialmente mi esposa. Mi esposa de mentiras fea, gorda y sin chiste, pero esposa.

Sentí un escalofrío que me bajó por la espalda.

—Mira, te voy a explicar cómo va a estar la cosa para que no la riegues —dijo, sentándose en su sillón de piel, ya serio, ya el Joaquín cruel otra vez—. Vamos a tener 3 citas para conocernos, a buenos lugares, restaurantes caros donde va mi padre, donde nos vean sus amigos. Para que te vaya viendo la gente y se acostumbre a verte conmigo y no piensen que te saqué de la calle ayer. Y hoy mismo va a ir Chelo a llevarte a comprar buena ropa, a unas buenas boutiques. No puedes ir con mi madre con esa ropa de tianguis que traes, me da vergüenza. Mi madre usa ropa fina, no tianguis.




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