Felicidad Fingida

CAPÍTULO 9 LAS CITAS

Ese fin de semana Julia no supo nada de él.

Absolutamente nada. Ni un mensaje. Ni una llamada. El departamento, que era tan grande y tan bonito, se le hizo una cárcel de lujo. Una jaula con ventanas que daban a una ciudad que no era la suya.

Se levantaba, tendía la cama con cuidado, como si fuera a venir alguien a revisarla. Barría aunque no hubiera polvo. Trapeaba aunque el piso brillara. Necesitaba sentirse útil.

Descubrió que había un cuarto entero dedicado solo a hacer ejercicio. Nunca en su vida había visto algo así dentro de una casa. Una caminadora enorme frente a un espejo de pared a pared, una bicicleta fija, pesas de todos los tamaños acomodadas como si fueran juguetes.

Por aburrimiento, por soledad, se subió a la caminadora. Se puso sus tenis viejos. Le picó a un botón que decía encendido. No pasó nada. Le picó a otro. La máquina hizo un pitido y de pronto la banda empezó a moverse a toda velocidad, como si quisiera tirarla.

—¡Ay! —gritó.

Se agarró de los tubos con todas sus fuerzas, sus pies se le fueron para atrás, cayó de sentón y se raspó la rodilla. Como pudo, jaló el cordón rojo de seguridad y la máquina se apagó de golpe. Se quedó sentada en el suelo, respirando agitada, con el corazón a mil, adolorida y muerta de vergüenza aunque nadie la veía.

La dejó desconectada y se salió de ahí. Pensó: soy capaz de destruir todo lo que toco en esta casa.

El refrigerador estaba lleno. Lleno de cosas que ella jamás había podido comprar juntas. Frutas ya picadas en recipientes de cristal, verduras lavadas y secas, carnes, quesos, pan de caja, leche. Todo ordenado por colores.

Para no volverse loca, para no pensar si había hecho bien o mal en aceptar ese contrato que le quitaba la dignidad pero le daba de comer a su familia, se puso a cocinar.

Puso música bajita en su celular, esa música viejita que oía cuando hacía jugos en su puesto, y se puso a picar cebolla, jitomate, a batir huevo, a sentirse Julia otra vez, no la esposa falsa de nadie.

Estaba cantando bajito, moviendo la cadera sin querer, cuando tocaron la puerta.

Toc, toc, toc. Fuerte.

Se le heló la sangre. Se le resbaló el cuchillo.

Pensó en un segundo mil cosas: es Joaquín que viene a correrme porque ya se arrepintió. Es algún vecino quejándose de que estoy haciendo ruido. Llamaron a una patrulla porque creen que me metí a robar.

Con los pies temblorosos, con las manos todavía húmedas, se acercó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó con un hilito de voz.

Silencio. Volvieron a tocar, más fuerte, con impaciencia.

Respiró hondo, se secó las manos en el mandil y abrió solo un poquito.

Era Diana.

Venía como de revista. Perfecta, con el pelo planchado, con un vestido entallado, con lentes oscuros a pesar de que estaba dentro del edificio, oliendo a un perfume dulce y caro que inundó todo el pasillo. La barrió de abajo hacia arriba, con asco, con odio.

—¿Tú qué haces aquí, gorda? —dijo, empujando la puerta con fuerza para meterse. Gritó hacia adentro, segura de que él estaba escondido—: ¡Joaquín! ¡Sé que estás aquí!

Julia retrocedió, encogiéndose.

—No... no está, señorita. Se lo juro. Él me prestó el departamento unos días porque tuve unos problemas muy fuertes en mi casa y no tenía a dónde ir. Yo vivo aquí solo por unos días.

Diana caminó por la sala, revisando todo, como si buscara pruebas de que Julia había dormido en su cama, de que había usado sus cosas.

—Claro que no está. Lo fui a buscar a su casa y tampoco está. ¿Y tú ya te sientes la señora de la casa, verdad? Ni te ilusiones. Tú no me lo vas a quitar. Él es mío.

—No, señorita, no se moleste —dijo Julia, con las manos juntas, a punto de llorar—. Yo no quiero a nadie. Yo solo necesito un techo unos días.

—Ni te me acerques —le gritó Diana, levantando la mano como si Julia fuera a ensuciarla—. Dile a Joaquín que lo estuve buscando y que más le vale que me conteste el teléfono. Y tú lárgate de aquí.

Se salió azotando la puerta con tanta fuerza que los vasos de la cocina temblaron.

Julia se quedó temblando en medio de la sala, con el corazón desbocado. Le marcó a Joaquín de inmediato. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Sonaba ocupado. O le cortaba la llamada.

Entró en pánico. Pensó: Diana le va a decir que soy una aprovechada. Joaquín va a pensar que yo la provoqué. Me va a correr y me va a demandar por incumplimiento de contrato. Me va a meter a la cárcel y mi mamá y mi hijo se van a quedar solos.

No lo pensó más. Fue corriendo a su cuarto, sacó su maleta vieja, esa de cierre roto que ya había pegado con un seguro, y empezó a echar su ropa hecha bola, sin doblar. Apagó la estufa, apagó la música, apagó las luces, como si quisiera borrar que alguna vez estuvo ahí.

Bajó con la maleta arrastrando, con los ojos llenos de lágrimas, esperando en la banqueta un taxi que nunca pasaba por esa zona tan elegante y tan sola.

Estaba a punto de ponerse a llorar de impotencia en plena calle cuando oyó el rugido de un auto deportivo que frenó frente a ella, derrapando un poco.

Era Joaquín. Venía con la misma ropa de la noche anterior, despeinado, con ojeras, con lentes oscuros, con cara de cruda y desvelo, con olor a fiesta.

Se bajó del auto y la vio con la maleta y no podía creerlo.

—¿Pero qué haces? ¿A dónde vas? —le dijo, entre enojado y sorprendido.

—Vino su novia y me vio en su departamento —soltó Julia, ya llorando—. Me gritó, me dijo que me fuera, que yo no era nada. Yo no quiero problemas, joven. Mejor me voy, yo no sirvo para esto.

Joaquín se quitó los lentes, entendió todo en un segundo y se pasó la mano por la cara, fastidiado, cansado.

—Diana no es mi novia —dijo—. Es solo una amiga con la que a veces salgo y que no entiende que no. Yo después hablo con ella. Tú te regresas ahorita mismo. ¿Ya se te olvidó que firmaste un contrato? No te puedes ir cuando quieras y dejarme tirado. Si te vas, incumples y te puedo demandar y meterte en un problema legal muy grande. No me obligues.




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