Me quedé dormida porque no había nada más que hacer.
Ese departamento tan grande me pesaba. Caminaba de un lado a otro y sentía que las paredes me veían. Me daba pena prender la tele tan grande, me daba pena usar la tina, me daba pena todo, como si en cualquier momento fuera a llegar alguien a decirme que yo no pertenecía ahí.
Fui a la sala donde había un librero enorme, del piso hasta el techo, lleno de libros acomodados por colores. Nunca en mi vida había visto tantos libros juntos fuera de una biblioteca. Pasé la mano por los lomos y vi un montón de títulos que no conocía.
Y de pronto lo vi. Ahí estaba, acomodado como si alguien lo hubiera dejado a propósito. Mi libro. Bueno, no mi libro, pero sí el que yo estaba leyendo en mi casa antes de todo este desastre. La continuación de la saga que tanto me gustaba.
Yo ya había leído el primero, ese de fantasía épica de un niño en coma que viaja a otro mundo. Y ya había leído Cathenati, que me había hecho llorar toda una noche con su final. Soñaba yo con que un día llegara un Nathaniel por mí, ese demonio rubio, guapo, peligroso, que se lanzara al abismo solo por salvarme, y que yo fuera Rene, esa ángel de cabello rizado, largo, rojizo, que aunque estaba siempre en peligro, era amada con un amor tan grande que ni el cielo ni el infierno podían contra él. Si en el cielo no fueron felices y en el infierno tampoco, en la vida terrenal sí lo fueron. Esos amores solo existen en los libros, yo lo sé. Pero cómo quería yo ser ella, aunque fuera por un ratito. Ser amada así, con esa fuerza, ser vista como hermosa.
Y ahí estaba el siguiente libro de la saga, Iridoterra. El que me faltaba.
Lo tomé con cuidado, como si fuera un tesoro. Me fui al sillón grande de la sala, ese que parecía nube. Me subí los pies, me tapé con una mantita delgada, mordí una manzana que había agarrado de la cocina y empecé a leer. Era fantasía oscura, de esa que te hace olvidar el mundo. Al menos para pasar el rato, para no pensar en que estaba sola, en que un hombre que me odiaba me había comprado por contrato.
No sé en qué momento me ganó el sueño. El sillón era tan suavecito, tan cómodo, sus cojines parecían de peluche. Me quedé dormida con el libro abierto sobre mi pecho.
No sé por cuánto tiempo dormí. Horas, creo.
Desperté y ya no estaba en el sillón. Estaba en la cama, en la recámara grande, la de Joaquín, tapada con una cobija gruesa y calientita, vestida todavía con la misma ropa. Me senté de golpe, asustada, desorientada, con el pelo todo alborotado. Me puse mis zapatos y salí descalza primero, luego calzada, con el corazón latiéndome fuerte.
Oí ruido en el cuarto de ejercicio. Un zumbido constante.
—¿Hay alguien ahí? —grité.
Nadie me contestó.
Me acerqué poco a poco y me asomé por la puerta entreabierta.
Ahí estaba Joaquín.
Con unos audífonos que parecían solo dos botoncitos en los oídos, corriendo en la caminadora a una velocidad que a mí me hubiera matado. Traía un pants deportivo y sin playera, sudado, con el torso muy trabajado, marcado, brillante por el sudor. Nunca lo había visto así, sin su armadura de traje caro.
Me vio por el espejo, se quitó los audífonos y le bajó la velocidad a la caminadora, sin dejar de correr.
—Por fin despertaste, bella durmiente —dijo, con esa sonrisa burlona que siempre traía.
—¿Cómo entraste? —le contesté, todavía adormilada, abrazándome a mí misma.
—Pues tengo llaves, Julia. Es mi departamento, ¿si lo recuerdas? —dijo, respirando agitado—. Vine a hacer un poco de ejercicio y te encontré tirada en la sala, babeando el sillón. En tu condición te hace falta moverte, por cierto.
Me miró de arriba a abajo, como si estuviera analizando un bicho raro.
Me cubrí con la frazada que traía arrastrando, apenada.
—No necesitas ejercicio porque estés mal —dijo, como si me leyera la mente, pero a su manera cruel—. Estás grande, pero bofa. Te cargué y no pesas nada. Yo te llevé a la cama porque te veías horrible ahí tirada en el sofá, toda chueca. Aparte lo babeaste y roncas como trailer viejo.
Sentí que la sangre se me subía a la cara. Me sentí apenada y diminuta. No dije nada. Me quedé callada, mirando al suelo.
—La cita de ayer fue un asco, por cierto —continuó, como si nada—. Aburrida y sosa. Y aparte, ¿para qué lees porquerías?
—No son porquerías —le contesté bajito, defendiendo lo único que era mío—. Son libros muy bonitos.
—Sí lo son —me replicó, deteniendo por fin la caminadora—. Te voy a decir por qué. El primero, fantasía épica de un niño en coma que nadie quiere. El segundo, una mujer atormentada. El tercero, otra igual. El cuarto, lo mismo. Cathenati es romance épico de ángeles y demonios, lo escribió una mujer que esperaba mucho de la vida pero la vida no le dio nada, por eso inventa amores imposibles. Como te lo repetí, el amor no existe, Julia. Es un invento para vender libros.
Lo miré, dolida, porque estaba insultando lo que a mí me hacía soñar.
—¿Dónde estuvo el amor de madre de ese niño? Solo. ¿Dónde estuvo el amor de madre de esa protagonista que sufrió tanto? ¿Dónde estuvo el amor de madre hacia su hijo en el otro libro? Y peor, muerte y amor, eso son puras cursilerías que te destruyen el cerebro. Ya ni recuerdo quién me regaló toda esa saga, creo que alguien la dejó aquí. Pero lee algo más constructivo.
—¿Qué quieres que lea? —le dije, ya enojada.
—Cualquier cosa menos cursilerías —dijo—. Algo de negocios, de historia, de algo que te sirva.
Apagó la caminadora por completo, bajó de ella, se puso una toalla en el cuello y se agachó a tomar agua de una botella.
—¿Puedo hacer ejercicio? —le pregunté, con un hilito de voz, porque aunque me había ofendido, también me había dado curiosidad.
Joaquín me miró y se rió.
—Claro que puedes, pero tú no lo necesitas así como crees. Estás descompensada, tienes mala alimentación, comes a deshoras. Tú adelgazarías solo comiendo a tus horas y comiendo saludable, sin matarte aquí. Pero si quieres, hazlo, gorda, hazlo, mientras yo me doy una ducha y me voy a mi casa. Esta también es tu casa por contrato, así que úsala.
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Editado: 01.08.2026