Felicidad Fingida

CAPÍTULO 11 LA LLEGADA DE LOS PADRES

Llegó el lunes.

Llegué temprano a la oficina, más temprano que nunca, porque no había dormido nada en toda la noche. No dejaba de pensar en lo que había visto el sábado. Sergio con Ana, entrando juntos, riéndose. Y Joaquín huyendo, como si hubiera visto un fantasma. No entendía nada y me daba miedo preguntar.

Me puse mi ropa más formalita, me hice un chonguito apretado y me puse un poquito de perfume. Quería verme presentable para lo que fuera que pasara ese día.

A las nueve en punto llegó Joaquín. Entró como siempre, guapísimo, impecable, con su traje oscuro y su cara de pocos amigos, oliendo rico, con su café en la mano. Me vio sentada en mi escritorio y sin decirme ni buenos días, se acercó y me tomó de la mano.

Me quedé helada. No sabía qué sucedía. Su mano estaba caliente y apretaba fuerte.

Abrió la puerta grande de la oficina general, donde estaban todos los compañeros de trabajo en sus escritorios, trabajando, tomando café, platicando bajito. Todos voltearon a vernos.

Joaquín levantó nuestra manos entrelazadas y con una sonrisa que yo sabía que era falsa, pero que para los demás parecía de comercial, dijo en voz alta y clara:

—Hola, buenos días a todos. Quiero tomar unos minutos de su tiempo para darles una noticia muy importante para mí.

Todos se quedaron callados. Se podía oír el aire acondicionado.

—Quiero presentarles formalmente a la señorita Julia —continuó, mirándome con un amor que no existía—. Ella y yo somos prometidos. Fue amor a primera vista, desde que la vi aquí en el corporativo, supe que era ella. Y nos vamos a casar muy pronto, en cuanto lleguen mis padres que vienen de viaje a conocerla. Queríamos compartirlo con ustedes que son como nuestra familia.

Se hizo un silencio de un segundo y luego todos empezaron a aplaudir y a gritar de alegría. Se pararon, nos felicitaron, las muchachas se tapaban la boca emocionadas, los señores le daban la mano a Joaquín.

—¡Felicidades!

—¡Qué bonita pareja!

—¡Por fin sentó cabeza el jefe!

Yo sonreía, pero por dentro sentía que me iba a desmayar. ¿Prometidos? ¿Amor a primera vista? ¿Casarnos? Todo era mentira y él lo decía tan fácil, tan bonito.

Joaquín, sin soltarme, dijo:

—Gracias a todos, de verdad gracias. Y es más, por petición de mi amada prometida, que es muy generosa, hoy todos salen temprano, a la una de la tarde. Vayan con sus familias.

Todos se alegraron el doble y nos felicitaron otra vez. Yo no había pedido nada, pero todos me veían como si yo fuera un ángel bueno.

Tomados de la mano, entramos a su oficina privada. En cuanto cerró la puerta con seguro, me aventó la mano como si le quemara.

—¡Siéntate! —me ordenó, frío, volviendo a ser el de siempre.

Me senté en la silla frente a su escritorio, temblando.

—Ya está hecho el siguiente paso —dijo, caminando de un lado a otro, sin verme—. El martes llegan mis padres. Vas a ir conmigo a recogerlos al aeropuerto. Te quiero puntual, arreglada, y sin decir tonterías. Ya escuchaste lo que les dije a todos. Somos prometidos. Fue amor a primera vista. Te ríes, sonríes y asientes. ¿Entendiste?

Yo no sabía qué decir. Tenía un nudo en la garganta.

—Yo... yo no sé qué decir... —murmuré.

—No digas nada, mejor —me contestó—. Ahora lárgate de mi oficina y llama a Sergio. Dile que venga inmediatamente. Es urgente.

Me corrió de la oficina con un gesto de la mano. Salí con la cabeza agachada y las mejillas ardiendo por la vergüenza. Todos me veían y me sonreían, creyendo que yo era la mujer más feliz del mundo.

Le marqué a Sergio desde mi celular con manos temblorosas.

Sergio entró corriendo a los pocos minutos a la oficina de Joaquín, preocupado. Yo lo vi pasar y me quedé afuera, pero la puerta no cerró bien y pude oír todo sin querer.

Joaquín estaba sentado en una silla alta, viendo por el ventanal enorme que daba a toda la ciudad, dándole la espalda a la puerta. Se veía solo, aunque su oficina fuera lujosa.

Se puso de pie lentamente cuando Sergio entró y lo cuestionó directo, sin saludar.

—Siempre hemos sido amigos, ¿verdad, Sergio? —dijo Joaquín, con voz baja y peligrosa.

Sergio se puso nervioso.

—Sí, claro que sí, Joaquín, tú eres mi mejor amigo, mi hermano —contestó.

—No me has traicionado, ¿verdad? Pregunto Joaquin —

Sé lo que significó Ana en tu vida, pero ella nunca te quiso. Contesto Sergio.

Por primera vez oí su voz rota, no enojada, sino dolida.

Joaquín suspiró.

—Sergio, yo nunca... Ana... —empezó.

—Fui su burla —lo interrumpió Joaquín, golpeando el escritorio con el puño, haciendo que yo brincara afuera—. Ana jugó conmigo. Yo siempre la amé, Sergio. Yo la amaba de verdad. Si no hubiera sido por lo que me hizo, yo no sería lo que soy ahora, frío, desconfiado. Solo dime una cosa, ¿fue Ana la que le dijo del trabajo a esa mujer? —dijo, refiriéndose a mí, con esa palabra fea que siempre usaba—. ¿Fue ella la que le dio la tarjeta?

Hubo un silencio.

Sergio contestó en voz baja:

—Me lo dijo ayer, Joaquín. Fue ella. Me encontré a Ana. Me dijo que fue ella la que le dio la tarjeta a Julia.

Joaquín golpeó el escritorio otra vez, más fuerte.

—¡No es suficiente con que Ana rompió mi corazón en la escuela! ¡Ahora se burla de mí metiendo a su amiga en mi vida! ¡Ahora se ríe de mí otra vez! Pero a mí no me van a ver la cara de nuevo, ¡a mí nadie me vuelve a humillar! —gritó, fuera de sí—. ¡Te juro, Sergio, que esa mujer me va a pagar todo lo que me hizo Ana! ¡Todo! Como la viste el sábado, ¿verdad? ¡Soy tu burla también!

—Yo nunca me he burlado de ti, tú fuiste mi único amigo de verdad —dijo Sergio, dolido—. Pero sí, me la encontré ayer afuera del corporativo. Resulta que trabaja por este rumbo, lleva años trabajando por aquí. Me dio gusto saber de ella y fuimos a comer, de hecho al mismo lugar que tú. Fue coincidencia, te lo juro, solo eso. Y ahí me contó que ella le dio la tarjeta a su amiga Julia porque la vio sin trabajo y quiso ayudarla.




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