La madre de Joaquín no se hizo esperar.
—¿Es una broma? ¡Debe ser una broma! ¡Gonzalo, dile algo por favor!
Gonzalo se quitó los lentes lentamente y lo miró con decepción.
—¿No estás bien de tus cabales, Joaquín? Nos fuimos dos meses y sales con esto.
Joaquín se cuadró frente a ellos y tomó la mano de Julia con fuerza.
—A mi prometida no le van a hacer ninguna grosería.
Su madre se llevó la mano al pecho.
—¿En serio? ¿Prometida? ¡Dile algo, Gonzalo! ¿Cómo que prometida? ¡Tú sí estás loco, Joaquín!
—Mejor vamos a casa y ahí lo discutiremos — intervino Don Gonzalo, con voz fría. Miró a Julia de arriba abajo y le otorgó el paso con un gesto—. Señorita...
En el auto nadie respiraba. Joaquín defendía su postura.
—La amo, ¿qué no lo entienden?
—A ver, hija, y si tanto se aman — dijo Blanca, volteando hacia el asiento trasero — ¿dónde se conocieron? Y tú no contestes, Joaquín. Que conteste ella.
Julia tragó saliva. Se acordó del libro de Cathenati que había leído en la sala de espera.
—Nos conocimos en el trabajo.
—Ah, ¿solo así? Qué románticos — ironizó Don Gonzalo—. ¿Acaso no, Blanca?
Julia entendió que tenía que actuar mejor.
—No — dijo, mirando a Joaquín —. No fue así.
Joaquín la miró con unos ojos que parecían querer devorarla viva por lo que fuera a inventar.
—Fue antes de que supiéramos que íbamos a unir nuestras vidas — continuó Julia, inspirada —. Como si nos hubieran borrado la memoria y solo quedara el sentir. Yo estaba en una cafetería, leyendo mi libro de fantasía épica, el Heautontimorumenos, tomando un café. Lo miré a él del otro lado de la calle. Como un sol en primavera, radiante, sin igual, caminando distante, vestido con un traje impecable sobre la banqueta. De pronto empezó a llover. Él se cubría con su portafolio y me miró. Entró a la cafetería. Me preguntó si se podía sentar. Le dije que sí. No lo podía evitar, es muy guapo. Me preguntó qué tomaba y pidió otro igual. Me preguntó qué leía y le enseñé la portada.
Hizo una pausa dramática.
—Y me dijo: “Tardé 30 años en buscarte en esta vida y en la otra”.
Todos la miraron.
—Y yo le dije: “Aquí y donde sea, hasta la eternidad. En la riqueza, en la pobreza”.
—Y yo le dije — la interrumpió Joaquín, siguiéndole el juego, con voz ronca —: “En el cielo y en el infierno los atravesaría por ti”. Así es como nos conocimos, mamá.
Blanca, Gonzalo y Joaquín se quedaron en silencio.
—Es en serio — dijo Joaquín, carraspeando, nervioso—. Digo, sí, pero menos cursi. Ya me conocen, soy más realista. Pero al verla... me enamoré. Es tan... tan...
—Soy muy noble y tierna — completó Julia, sonriendo dulce.
Blanca suspiró, por primera vez conmovida.
—Yo siempre dije que en el fondo eres un romántico empedernido, hijo.
—Sí que lo es — afirmó Julia —. Me lleva a lugares muy hermosos a comer y me dice cosas muy lindas.
_Pensó Julia para sus adentros: Por no decir que me jalonea y me dice gorda o mueble._
Luego le preguntaron por su vida. Y Julia, esta vez, dijo la verdad.
Les contó que era pobre, que vivía con su mamá y con su hermano. Su mamá tuvo a su hermano casi a los 52 años, cuando ella ya tenía 28 y quería estudiar una carrera universitaria, pero no se pudo. Que del susto casi se le muere su madre en el parto y desde entonces quedó con muchas deficiencias y artritis por lavar y planchar ajeno. Desde entonces ella se hizo cargo de los tres, de su hermano y de su madre, y por eso nunca se casó, para sacar a su familia adelante, no porque no tuviera pretendientes. Que algún día les compraría su casa.
Don Gonzalo, que había estado serio todo el tiempo, solo sonrió. Esa historia lo había cautivado.
Llegaron a la mansión. El zaguán automático se abrió. Entraron.
Toda la servidumbre estaba alineada en la entrada dándoles la bienvenida. La señora Blanca, aunque distinguida, era muy noble en su trato, los saludó de beso y abrazo a todos y agradeció el recibimiento. Don Gonzalo igual, solo que más formal.
—Gracias. Espérenos con la cena. Voy a atender unos asuntos en el despacho — dijo.
Les indicó el despacho con la mano. Entró Joaquín apretándole la mano a Julia con fuerza para darle valor.
—Siéntense — ordenó Don Gonzalo una vez cerrada la puerta.
Lo hicieron.
—Ahora sí, díganme. Yo te conozco, Joaquín, y la joven no es tu tipo. Eres muy excéntrico y banal.
—Disculpe que lo interrumpa — dijo Julia, armándose de valor —. La gente puede cambiar por amor. Y nosotros nos amamos.
—Sí, así es, padre. Aunque no lo creas, yo la amo. Es mi todo. Ponme a prueba.
Don Gonzalo caminó alrededor del escritorio y se sentó lentamente.
—Está bien. Digamos que les creo su relación. ¿A dónde los lleva esto?
—A casarnos, papá — dijo Joaquín sin dudar—. Su mamá no estuvo de acuerdo con ella y la corrió. Se está quedando en mi departamento y yo aquí, como es lo correcto cuando se ama a una persona.
Don Gonzalo los miró fijamente.
—No. No van a vivir en tu departamento. Van a vivir aquí.
Joaquín y Julia se miraron, sorprendidos.
—Quiero ver cómo se llevan y si es verdad esto que dicen. Si pasan la prueba... les doy mi consentimiento para casarse este fin de semana.
Blanca abrió la boca para protestar, pero su esposo la convenció con una sola mirada.
La boda iba a realizarse.
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Editado: 01.08.2026