Nos sentamos a la mesa.
Joaquín conocía a su padre y su padre conocía a su hijo, así que nos iba a sentar separados. Pero Joaquín se levantó y se sentó a mi lado.
Sirvieron en unos platos hermosos de porcelana. Su mamá me dijo que los trajeron de un viaje a Francia.
—Es muy bonita la vajilla —le dije.
Nos sirvieron de comer pero solo Joaquín me miraba. Tenía unos ojos de amenaza. Si la regaba me iba a fulminar.
Tenía mucho nervio. No pude cortar la costilla con el cuchillo.
El señor Gonzalo me dio confianza.
—Es más sabroso comerlo con las manos, Julia —me dijo.
Se lo comió así y me sonrió. Yo le sonreí de vuelta.
Terminamos de comer. Llegó Sergio con un portafolio. Saludó a Joaquín, pero el señor Gonzalo intervino.
—Joaquín, lleva a tu prometida a casa —ordenó.
Joaquín me abrió la puerta del auto y me ayudó a subir. Nos fuimos.
En su casa, el señor Gonzalo pasó al despacho con Sergio y le dijo a Chelo que no los molestara nadie. Iba a hablar muy largo tiempo con Sergio. Cerró la puerta.
Mientras, Joaquín me llevaba a su departamento.
—Gracias por lo que le dijiste a mis padres —me dijo en voz baja—. Recordé esas palabras del libro de Cathenati, de Nathaniel y René... ese amor invencible.
—conteste—Pero solo era un libro.
—Aun así, gracias — respondió Joaquín
Me llevó a la puerta del departamento, y no en la puerta del edificio como acostumbraba hacer. Me dio las gracias y me deseó una linda noche. Se fue.
Nunca lo había hecho. Cerré la puerta y me alegré.
Esta semana estuvo muy pesada con los preparativos. Joaquín no quería nada extravagante, pero su mamá no podía evitarlo. Era la boda de su único hijo, aunque la mujer que se consiguió no le agradó para nada. Aun así, trataba de tolerarme.
Me iba a casar por el civil porque Joaquín se opuso a la iglesia. Aun así su mamá haría una gran fiesta. Habría un pastel de 5 pisos. Me encantaba el pastel.
Chelito y la señora Blanca me llevaron a una tienda enorme de vestidos de novia. Como era por el civil, fue más sencillo.
De ahí me llevaron a su club. Nunca había entrado a un club. La señora Blanca vio a sus amigas y fuimos a tomar el té. Fui con ellas y me preguntaron si tenía dos amas de llaves.
Me sentí diminuta.
No pudo contestar Doña Blanca cuando llegaron las hijas de esas señoras distinguidas. Una era Diana y la otra una joven como de 25 años llamada Pamela.
Me vieron. Diana se cruzó de brazos.
—¿Es en serio? ¿Tú aquí? ¿La según prometida de Joaquín? —dijo.
—Es en serio, está muy vieja para Joaquín —dijo una señora—. Si él solo tiene 30 y ella como 50.
Doña Blanca se levantó. Por primera vez la sentí de mi lado.
—Sí, es la prometida de mi hijo —dijo firme—. Y tienen razón, no está a su nivel. Es más grande de edad, de volumen, de lo que a ustedes les parezca burla. Pero la escogió Joaquín y se van a casar. Así que desde hoy en adelante la van a respetar como la esposa que va a ser de mi hijo.
Se quedaron calladas las cuatro.
—Es mejor que nos retiremos —continuó Doña Blanca—. Tenemos muchas cosas que hacer con los preparativos de la boda. Fue un gusto verlas y si gustan acompañarnos, serán bienvenidas. Solo dejen su veneno afuera.
Nos retiramos las tres. Las otras se quedaron.
El chófer nos llevó a esa mansión tan grande.
Le pedí al chófer que me llevara a ver a mi madre. La vi que iba llegando de la escuela con mi hermano, con su uniforme. Ya se había inscrito a la secundaria.
Bajé del auto. Les di lo que les compré: una computadora portátil para Manuelito, ropa para mi mamá y dinero.
Se abrazaron.
Me la pasé con ellos. Me los llevé al cine. Manuelito se emocionó solo por estar en la camioneta. Los llevé a comer y pasamos un fin de semana increíble.
Les di la noticia.
—Me voy a casar con mi jefe.
Mi madre me vio con sorpresa y se sentó lentamente en la silla junto a la mesa.
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Editado: 01.08.2026