Felicidad Fingida

CAPÍTULO 14 ANA Y DIANA

Trate de animar a mi madre pero no lo podía creer.

—¿Por qué así de rápido? ¿Estás embarazada? Ya estás grande, que te cuides —me decía—. ¿Por qué no me dijiste nada?

Me inundaba de preguntas. No sabía qué decirle. Solo le dije:

—Fue amor a primera vista, mamá.

Al siguiente día dormí en casa con mi madre. Me levanté y fui a ver a Ana a contarle que me iba a casar.

Ana me miró con asombro.

—¿Estás bromeando? ¿Joaquín te escogió? —me dijo.

—¿De qué hablas? Es amor a primera vista —le contesté.

—Patrañas —replicó Ana dando un sorbo a su latte. Estábamos en una mesa alta, con sillas altas—. Él es tan banal que quiere la empresa de su padre e iba a inventar un matrimonio falso. Pero no pensé que te escogiera a ti.

—No sé de lo que hablas —le dije.

—Es tu vida —me contestó.

La invité a mi boda. Sonrió.

—¡¡¡Sí!!! Muy alegre y feliz —dijo—. No voy a faltar.

En el corporativo Joaquín no quería decir nada de la boda, cuando su padre salió del elevador con él y gritó:

—¡Mis queridos empleados que son mis compañeros y amigos! ¡Me es grato invitar a todos a la boda de mi único hijo Joaquín con su prometida Julia, que ya la conocieron!

—Así es, es muy buena gente —dijo Sarita.

—En serio, ¿trabajo aquí? —dijo Don Gonzalo.

—Gracias, es todo y no falten a la boda. El viernes, así que no se trabaja —cerró Don Gonzalo.

Todos abrazaban a Joaquín y él no sabía qué decir.

Don Gonzalo no se creía el cuento de amor a primera vista, pero vio algo en esa mujer muy gordita pero muy grande de corazón. Tenía la esperanza de que su hijo podría cambiar.

Cada uno entró a su oficina. Joaquín hizo llamar a Sergio. Subió corriendo del elevador, tocó, entró y cerró.

Joaquín jalando del saco a Sergio lo sentó en el sillón de dos lugares y él se sentó en el escritorio.

—¿Oíste a mi padre? —dijo Joaquín.

—Sí lo oí, y quién no, lo hizo público —dijo Sergio.

—¡Me voy a casar con esa ballena! —gritó Joaquín.

—Sí lo sé, pero vas a tener la empresa —contestó Sergio.

—Sí —se paró y se sentó en el sillón junto a Sergio—, pero la veo y me da urticaria. Está horrible, gorda, fea y vieja. Pero ni creas que me va a ganar y más que la puso Ana para burlarse de mí. No dejo de pensar que Julia y Ana se unieron para hacerme la vida miserable, pero no se van a salir con la suya. ¡Te juro que Julia me las va a pagar y muy caro! Este año va a ser un infierno y voy a hacer que renuncie y meterla en la cárcel. Al menos me vengaré de una de las dos. En cuanto a Ana no sé qué hacer.

—No te precipites. Y si Julia no tiene nada que ver, a lo mejor lo planeó Ana. No la pongas como mártir, acuérdate como fue contigo, ¿te recuerdo que ella estaba con otro cuando tú llegaste con el anillo de compromiso? —dijo Sergio.

—¡Ya cállate, Sergio! Pero me las van a pagar las dos brujas, una por cruel y la otra por hipopótamo —dijo Joaquín.

—Ya bájale, la hiciste mucho sufrir y todo con insultos —dijo Sergio.

—¿Estás de mi lado o no? De esa gorda que es un mueble mal puesto —giró sus manos Joaquín—. No combina con nada ni con nadie, solo allá en su rumbo. Haz una cita con Ana, quiero enfrentarla y ya vete.

Se pusieron de pie. Contestó Sergio:

—De inmediato le llamo —abrió la puerta y vio a Diana saliendo del elevador.

Venía con un vestido blanco recto de tirante ancho, cuello rectangular, con un collar de perlas blanco, un diminuto bolso blanco con dorado y su cabello lacio perfecto sin moverse un cabello, de zapatillas blancas. Iba a toda prisa al despacho.

Cerró Sergio alarmado:

—Ahí está Diana y está furiosa.

—Déjala entrar y cierra —dijo Joaquín.

Abrió y Diana lo empujó a Sergio sin saludarlo. Joaquín hizo señas con su mano y se fue Sergio cerrando la puerta.

—Siéntate, ¿qué te pasa? —dijo Joaquín.

—¡Ni digas que me siente! Fue tu madre al club a presentar a la gorda esa de tu empleada y está vieja y fea, ¡es casi tu abuela! ¡Qué horror! ¿Por eso no te quisiste casar conmigo? ¿Por esa bruja? —dijo Diana.

—Ya cálmate —algo molesto—. Para empezar no eres mi novia ni nada que se le parezca —se quedó callada Diana—. Te quiero porque nos la pasamos bien en mi departamento y eso no va a cambiar. Esa gorda me da urticaria, no me interesa en lo más mínimo, pero son los gustos de mis padres —se cruzó de brazos Diana y taconeó—. Ahora resulta que ellos te la impusieron.

—Claro que no, pero es la clase de mujer que quieren para que según madure y me den la empresa. Es un contrato por conveniencia con esa gorda, nadie lo sabe, solo tú. Pero no te convendría que se enteraran. Además no tengo que darte explicaciones de lo que hago. Tu único trabajo es esperar cuando a mí me dé la gana de llamarte para pasarla bien y tú solo estar bien arreglada para mí. Sabes muy bien que yo no creo en esas estupideces del amor, ¿si lo entiendes o no?

—¡Huy, está bien! Te creo porque no quiero perderte —contestó Diana

Se sentó en su silla del escritorio y jugueteaba con una pluma fuente—. Para perderme primero debes tenerme y yo soy libre — contesto Joaquin

Se salió Diana e iba a azotar la puerta y remató Joaquín:

—Te espero el viernes a la boda, te pones bonita.

Azotó la puerta Diana.

En la tarde salió de la oficina Joaquín. Su loción impregnó toda el área de oficinas, bajó su elevador y subió a su auto de colección blanco con puertas que se elevaban. Fue a un restaurante muy elegante y la vio a Ana riéndose con Sergio. Fue hacia ellos que estaban en una mesa comiendo.

—¿Interrumpo? —dijo Joaquín.

Lo vio Ana y sonrió.

—Claro que no, siéntate, Joaquín. Felicidades, me enteré por mi amiga que te vas a casar y justo con ella. No creí que te gustaran así.

Joaquín no sabía qué decir. La odiaba pero aún la amaba, pero Ana solo se reía y no sabía si por la plática o la cara que ponía él.




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