Felicidad Fingida

CAPÍTULO 15 LA DESPEDIDA DE SOLTEROS

A Julia le organizaron su despedida de soltera las mujeres. A Joaquín, los hombres. Ninguno de los dos quería fiesta, pero nadie les preguntó.

La despedida de Julia

Fue en su colonia, en su casa. Su mamá puso una carpa afuera. Hicieron de comer arroz con pollo, el que hacía Doña Clara, el que olía a fiesta de verdad.

Llegaron todas: sus amigas de la escuela, incluida Ana, su mamá, sus vecinas, su tía Luz, hermana de su madre. Y también la señora Blanca, Chelo, Hortensia la de aseo y Laurita la cocinera. Todas revueltas, ricas y pobres, en la misma mesa.

Llegó su Tía Luz con un pastel. Tenía una figura arriba, de una novia gordita muy bonita. Todas gritaron y aplaudieron. Julia se puso roja.

Había música. Sus amigas dieron paletas de gomita con forma de calzón y de brasier y se codeaban y se reían mucho. Servían agua de jamaica. Julia y su mamá ayudaban a servir. La servidumbre se ofrecía, pero Julia no las dejó.

—Hoy son mis invitadas, no mis empleadas —les dijo.

En la noche llegaron dos strippers: un bombero y un mesero. Bailaban con Julia. Ella, muy apenada, no sabía dónde poner las manos. Luego quisieron bailar con Ana y con la señora Blanca. Ellas se ponían rojas. Quisieron bailar con Doña Clara, pero ella no quiso.

—Yo ya bailé mucho en mi vida, mijas —dijo.

Fue muy divertido. Sus vecinas le dieron regalos y palabras. Le dijeron que la conocían desde niña y que siempre fue una buena hija. Que hasta cuando su madre salió con su domingo siete, Julia nunca falló. Que se merecía toda la felicidad del mundo.

La abrazaban. Y Ana también la abrazaba y le sonreía muy hipócrita.

—Mucha felicidad a los enamorados, amiga. Te lo mereces —le decía Ana, mientras por dentro pensaba otra cosa.

Sirvieron el pastel.

*La despedida de Joaquín*

Con los hombres fue otra cosa. Fueron sus amigos de la escuela, Sergio, el Ingeniero Jiménez, su padre, los compañeros del trabajo y sus tíos, hermanos de su madre y de su padre, y sus primos.

Contrataron un bar completo para ellos solos. Hubo mucho que tomar y comer, hubo bailarinas, show y música en vivo. Todo estuvo súper.

Llegaron Diana con Pamela y muchas más mujeres, amigas de Joaquín, compañeras de la escuela. Bailaban con Sergio y con los demás amigos. Diana no se despegaba de Joaquín, como si ella fuera la novia.

Después de la medianoche, su padre se llevó al festejado a la casa para que estuviera listo para la boda.

—Ya, hijo, mañana te casas. A dormir —le dijo Don Gonzalo.

Se fueron todos a dormir. Pero cuando Joaquín se lavó la cara con agua fría, se cambió y se puso el auricular, le llamó a Pamela.

—Mi despedida no ha terminado —le dijo.

Se vieron en un hotel súper exclusivo, muy elegante. Ahí pasó su noche. No con Diana. Con Pamela, la hermana.

Pamela era todo lo contrario a Diana. Muy guapa, de cabello largo rojizo y rizado. Ni parecían hermanas. Siempre se presentaban como amigas, aunque Pamela solo le llevaba un año a Diana.

En la camioneta, el chófer llevó a las señoras a la casa e iba a pasar muy temprano por Julia para la boda. Julia se quedó en casa con su mamá.

*El día de la boda - 11:00 am*

Al día siguiente se alistaron. Había dos chóferes. El de costumbre era Don Juan, pero él estaba al pendiente para traer a los invitados. El más joven, Adrián, fue por ellas.

Llevaba el vestido en su portavestidos para que no se ensuciara. Se fue con su mamá y su hermano Manuelito, que iba con su trajecito nuevo y no dejaba de verse en el espejo del coche.

Llegaron a la mansión. Estaba más bonita que nunca, adornada de blanco con muchas flores y moños blancos. En el jardín, las carpas y sillas con floreros. Entraban muchos meseros y camionetas blancas con charolas de bocadillos y pastel de 5 pisos, el que tanto quería Julia.

Se vistió. Ya había llegado el juez, amigo de Don Gonzalo, y hablaba con él en su despacho.

Ya eran las 11:00 am. La mamá de Joaquín entró al cuarto donde se vestía Julia. Le regaló una medalla de oro.

—Fue de mi madre, y de la madre de ella. Es de generaciones. Ahora es tuya. Eres parte de la familia. Solo te pido que hagas feliz a mi hijo —le dijo la señora Blanca, con los ojos llorosos.

Su mamá de Julia le regaló una pulserita de oro delgadita y le dio la bendición. Doña Clara, con su voz temblorosa, le dijo a Doña Blanca:

—Cuídenmela mucho.

—Así lo haremos, se lo prometo de madre a madre —contestó Doña Blanca—. Usted me entrega su regalo más apreciado y yo le entrego mi tesoro más apreciado, porque es mi único hijo. Y sé que se cuidarán. Te prometo que Julia será una hija para nosotros.

Se abrazaron las consuegras. Julia lloró. Por primera vez sintió que tenía otra familia.

En el hotel, apenas despertaba Joaquín. Y eso porque Diana le llamó a su hermana Pamela preguntando dónde estaba.

—¿Dónde estás? ¡Todos te están esperando! —gritó Diana por teléfono.

Colgó Pamela y le dijo a Joaquín, todavía acostada y muy tranquila:

—¿Y si te vas a casar?

Joaquín contestó adormilado:

—¿Qué hora son?

Se levantó apurado. Vio su reloj. ¡11:40 am! ¡La boda era a las 12:00!

Se medio duchó, se puso su ropa arrugada de la noche anterior. Pamela, más tranquila, se cambió lento.

Se fue corriendo y le pagó un servicio a Pamela para que se fuera en taxi.

Por más que se apuraba en su auto de colección blanco, el tráfico no avanzaba. Veía el celular: 23 llamadas perdidas de Chelo, 15 de su madre, 18 de su padre, 10 de Sergio... y una sola, solo una, de Julia.

Eso le sorprendió.

Ya todos los invitados en las mesas esperando. Hasta Pamela con Diana y su mamá, esa señora que negaba su edad y decía que era hermana mayor de Pamela y Diana siendo sus hijas.

Todos esperando. El juez mirando el reloj. Don Gonzalo rojo de coraje. Doña Blanca sosteniéndole la mano a Julia para que no se desmayara.




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