Felicidad Fingida

CAPÍTULO 16 LA BODA REALIZADA

Llegó Joaquín.

Muy bien cambiado. Traje negro impecable, moño perfecto y mariachis atrás de él tocando a todo pulmón.

Todos respiraron. Por fin.

A quien no le pareció nada fue a Ana, que iba con su madre y su padre. Ella pensó que después de todo no llegaría. A Pamela y a Diana tampoco les pareció, y menos verlo tan radiante. ¿Cómo se cambió tan rápido si hacía dos horas olía a hotel barato y a cruda?

Ahí estuvo el plan.

Antes de salir del hotel, Joaquín le llamó a Sergio. Sergio, junto con Sarita su compañera de trabajo y Miriam de Recursos Humanos, fueron por un traje alquilado y contactaron a los mariachis. Tuvieron que ir por ellos en la camioneta de la compañía. Así que tuvieron dos horas para hacer todo.

Los empleados que estaban de invitados y trabajando, hasta el policía del corporativo, ayudaron.

Sergio lo vio afuera, en la calle. Se metieron a la cochera. Ahí se vistió. Sergio le llevó su loción cara, la que usa siempre. Hasta Doña Ruth le ayudó, la mamá de Sergio, que le hizo el moño con manos temblorosas y le dio unas pastillas para el aliento para que no oliera a la cruda que traía.

Por eso entró al jardín como un triunfador.

Muchos estaban molestos por la tardanza, pero Julia respiró de nuevo. Sintió que el aire le volvía al cuerpo.

Joaquín pidió disculpas. Tomó el micrófono del mariachi.

—Perdónenme todos —dijo—. No podía llegar así, con las manos vacías, el día de mi boda. Es tanto el amor que me embriaga, que les traje estos mariachis, estas flores —señaló una camioneta llena de rosas blancas que nadie había visto—. Que no es nada ante su belleza. Y este collar —sacó una cajita— que no es nada comparado con Julia, el amor de mi vida. Que ante todos los invitados reitero mi petición: ¿Te quieres casar conmigo, aunque sea un pobre diablo que solo tiene amor para ti?

Todos voltearon a ver a Julia.

Julia, con su vestido blanco, con la medalla de oro de generaciones que le había dado la señora Blanca y su ramo temblando, contestó que sí. Con voz chiquita, pero dijo que sí.

Caminó Joaquín y la abrazó. Caminaron juntos ante el juez y se casaron. Firmaron el acta. El juez, amigo de Don Gonzalo, los declaró marido y mujer.

Y la besó en los labios. Era la primera vez que la besaba. Ahí pasó algo en ella. Un corrientazo. Pero él, enseguida, se limpió discretamente fingiendo acomodarse el cabello. Nadie lo vio, solo Chelo, que estaba detrás.

Los invitados aplaudieron y los abrazaban para felicitarlos. Seguía tocando el mariachi y después llegó un trío a tocar música más tranquila.

Todas las invitadas abrazaban al novio y lo besaban en los labios a Joaquín. Una, dos, tres. Diana se formó dos veces.

Lo vio el padre de Joaquín y lo tomó del brazo a su hijo y las separó.

—¡Respeten, señoritas! ¡Apenas se acaba de casar! —dijo Don Gonzalo.

Se retiraron riendo.

—En cuanto a ti, respeta a tu esposa —le dijo a Joaquín en voz baja.

—Yo la amo. Solo que las mujeres me persiguen, no lo puedo evitar. Es mi condena —sonrió Joaquín—. Solo soy un esclavo que debe obedecer.

Don Gonzalo no aguantó y le dio un zape en la cabeza. Joaquín volteó a verlo molesto.

—¡Y ni pongas esa cara! ¡No seas patán! ¡Yo nunca fui así! —dijo Don Gonzalo.

— No, no fuiste así como yo, pero fuiste peor. Tuviste aventuras fijas de años, por eso mi madre lloraba y discutían. Tienes razón, no, no soy como tú —le contestó Joaquín.

Se quedó callado Don Gonzalo. Le dolió porque era verdad. Se fue Joaquín a abrazar a su esposa.

En eso pasó Diana y le tiró la copa encima a Julia a propósito, porque la empujó Pamela. Le pedían disculpas falsas por el vestido.

—¡Ay, perdón! Fue un accidente —dijo Diana, aguantándose la risa.

Julia no sabía si llorar. Se fue de prisa, corriendo como osito tambaleándose con su vestido. Le ganó la risa a Joaquín. No se pudo aguantar. Se rió.

Lo tomó del brazo su madre.

—Ve al lado de tu esposa. Ahora —le ordenó Blanca.

Fue con una cara de pocos amigos.

Blanca se quedó con ellas.

—Se comportan o las saco yo misma de aquí. Con policía si es necesario —les dijo a Diana y Pamela.

Argumentó Diana:

—Fue un accidente, señora.

Se fue Blanca y ellas se quedaron riéndose y chocaron las manos.

Joaquín fue a verla. Julia se limpiaba el vestido en el baño, tratando de quitarle el vino tinto.

Se cruzó de brazos Joaquín, recargado en la puerta del baño.

—Eso no se quita. Quedó horrible. Te lo tienes que cambiar —dijo.

—Gracias por no dejarme plantada —le dijo Julia, sin verlo.

Se paró y se acercó a ella. La tomó del brazo, fuerte.

—No te equivoques. No lo hice por ti. Lo hice por mí, por mi compañía. No por ti. Eres una albóndiga con patas. Quiero el poder de mi compañía y es mía, pero me estorba mi padre porque no tiene visión y yo sí la pienso expandir. No por ti, jamás por ti —la jaló más—. Suéltame, me estás lastimando —dijo Julia.

—Esto no es nada. Pienso hacer de esto tu mayor infierno, te lo juro, Julia. Y que quede claro: me das asco y jamás va a ser por ti un trato bonito de mi parte. Y cuando lo haga, será porque estoy actuando —la soltó, se salió y levantó la mano—. ¡Cámbiate de vestido y bajas a partir el pastel!

Julia se quedó llorando en el piso del baño, con su vestido de novia manchado de vino.

Subió su mamá. Le preguntó por qué lloraba. Ella, limpiándose las lágrimas, le dijo:

—El vestido quedó arruinado y estaba muy bonito, mamá.

Doña Clara entendió que no era el vestido. La ayudó a cambiarse con un vestido de noche muy bonito, azul marino, que había llevado por si hacía frío. Le quedaba hermoso.

Bajó a la fiesta. Se veía muy bien. Pero no estaba Joaquín, porque estaba atrás de la casa, con Ana, que lo sonsacaba.

Primero le decía que Julia era su cómplice y luego se besaron. Ana y él. Él que la seguía queriendo.




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