La señora Blanca nos despedía en la puerta de la mansión junto a Don Gonzalo. De pronto, el celular de Don Gonzalo sonó. Contestó con una alegría que no le había visto en toda la boda. Nosotros nos fuimos nos hacía adiós con la mano.
—¿Hijo mío? ¿Cómo estás? —dijo Don Gonzalo, con la voz quebrada—. Tu madre te ha extrañado muchísimo desde que nos vimos en Francia.
Doña Blanca le quitó el teléfono de las manos, sin importarle el protocolo.
—¡Déjame hablar con mi hijo! —ordenó, y se pegó el celular al oído—. Mateo, mi vida, ¿cuándo regresas? Te extrañamos. Tu padre y yo...
—...¿Pasado mañana? ¿Ya cerraste el negocio? —Blanca sonrió, con lágrimas en los ojos—. Perfecto, hijo. Aquí te esperamos.
miró a Don Gonzalo, radiante.
—Dice que llega pasado mañana —susurró—. Le dijo a Don Gonzalo —
—Dijo Doña Blanca— ¿quieres hablar con Joaquín?... marcale a su celular… que lo tiene apagado así es Joaquin
Doña Blanca suspiró.
—Ya quiero abrazarte, hijo —dijo ella.
Se despidieron y colgaron.
Don Gonzalo carraspeó, incómodo.
—Pídele a Chelo que vaya a limpiar su penthouse —ordenó Don Gonzalo a uno de los meseros—. Y el cuarto piso también, donde quiera quedarse. Afirmó el joven con la cabeza y fue.
—Estoy feliz de que regrese —dijo Blanca, tomando la mano de su esposo—. A ver si él hace entender a Joaquín de las decisiones que toma.
Don Gonzalo la abrazó por la espalda. Por un segundo, parecían los papás que Julia siempre soñó tener.
*Mientras tanto, en casa de Sergio.*
Griselda, la hermana menor de Sergio, recibió un audio en su celular. Era él. Era Mateo.
_“Gris, ya estoy en el aeropuerto de París. Llego a México pasado mañana. Te guardo un vino que te va a encantar. ¿Seguimos siendo los mejores amigos, no?”_
Griselda llevaba dos años enamorada de Mateo en silencio. Desde que se fue a Francia a expandir los negocios de la familia Lerman. Para él, ella siempre fue “la hermanita de Sergio”. Para ella, él era el único hombre que la hacía reír.
Saltó de la cama como resorte y abrió la puerta de su cuarto de un golpe.
—¡¡¡SERGIO!!! —gritó por toda la casa—. ¡Mateo regresa a México! ¡Pasado mañana!
Sergio salió de su cuarto en bóxer, con el pelo revuelto.
—¿Qué? ¿Mateo? ¿Hablaste con él?
—¡Me mandó un audio! ¡Dijo que me traía un vino! ¡Dos años, Sergio! ¡Dos años!
Sergio se talló la cara y marcó el celular de Joaquín. Sonó, sonó y mandó a buzón.
_Maldita sea, Joaquín. Contesta. Mateo vuelve._
En el Cadillac verde agua, rumbo al departamento.
Joaquín manejaba en silencio. Yo iba de copiloto con mi vestido azul marino, el que me puso mi mamá cuando Diana me arruinó el de novia. Apretaba la medalla de oro de Doña Blanca en la mano. No hablábamos. El único sonido era el motor del carro y mi corazón, que iba a mil.
Llegamos al edificio. Subimos en el elevador privado. Olía a loción cara y a miedo.
Metió la llave. Prendió la luz. El departamento era frío, moderno, gris. Como él. Yo ya había estado ahí pero era ajeno.
—Allá está tu recámara —dijo Joaquín, señalando una puerta al fondo del pasillo—. Yo voy a ocupar la mía. Que pases buena noche. Estoy muy cansado y la cruda no la aguanto.
No dijo “esposa”. No dijo “nuestra casa”. Dijo “tu recámara”.
Se metió a su cuarto y azotó la puerta. Puse el seguro de la mía, aunque sabía que no servía de nada.
Entré. La habían ordenado. Mi ropa, la poca que tenía, ya estaba en el clóset. La cama era individual. Tan chica como mi dignidad en ese momento.
Me senté en la orilla. No me quité el vestido. No me quité los zapatos. Solo apreté la medalla y lloré. Sin ruido. Como me enseñó mi mamá: _las mujeres fuertes lloran calladitas, mija, para que nadie use tus lágrimas en tu contra._
Me ganó el sueño. Con la ropa puesta, con el maquillaje corrido, con el corazón roto.
No sé qué hora era cuando me desperté. Un ruido raro. Como un animal herido. Venía del cuarto de Joaquín.
Me paré descalza. El piso estaba helado. Toqué su puerta.
—¿Joaquín? —susurré.
Silencio. Otro quejido. Más fuerte.
—¡Joaquín! —grité, ya asustada.
Arrastré los pies hasta su puerta y giré la perilla. Cerrado. Con llave.
—¡Joaquín, abre! ¿Estás bien?
Escuché que se arrastraba. La llave giró desde adentro. La puerta se abrió un centímetro.
Estaba pálido, sudando, en bóxer y camiseta. Se sostenía del marco.
—¿Qué... qué quieres? —balbuceó.
—¿Qué tienes? Te oí mal —dije, y sin pedir permiso empujé la puerta.
Se tambaleó hacia atrás y cayó sentado en la orilla de su cama king size.
—Me siento... de la chingada —dijo, y se dobló hacia adelante.
Lo ayudé a recostarse. Pesaba como un muerto. Casi me caigo encima de él.
Le quité las pantuflas con manos temblorosas. Él abrió un ojo y me miró con ese sarcasmo que usaba como escudo.
—No porque me sienta mal quieras abusar de mí —soltó, con la voz arrastrada—. Todavía puedo poner resistencia, ¿eh?
Apreté los dientes.
—Cállate —le dije—. Te voy a preparar algo. No te mueras en mi primera noche de casada, que luego dicen que yo te maté.
Salí a la cocina. Chica, moderna, sin alma. Busqué en los cajones. Encontré té de manzanilla, miel, limón. Puse agua a hervir. Mientras, en la alacena vi pastillas para el estómago. De las buenas, de las que no compra una en la farmacia de la esquina.
Lo oí correr al baño. Los sonidos que hacía me revolvieron el estómago a mí.
Regresé con el té, las pastillas y un trapo húmedo. Estaba tirado en la cama, boca arriba, con un brazo sobre los ojos.
—Siéntate —le ordené.
Obedeció como niño regañado. Le di las pastillas. Le acerqué el té.
—Tómatelo todo.
Bebió a sorbos. Yo le sostenía la cabeza con una mano y la taza con la otra. Su pelo estaba húmedo de sudor. Olía a alcohol, a vómito y a esa loción cara que usó en la boda.
#1575 en Novela romántica
romance contrato, romance contemporáneo +18, romance contemporáneo literario
Editado: 01.08.2026