Felicidad Fingida

CAPÍTULO 18 ¿QUIÉN DIABLOS ES MATEO?

Mateo no era un invitado. Era un hijo.

Cuando tenía dos años, sus padres murieron en un accidente en carretera. Su madre era hermana de Doña Blanca y su padre era hermano de Don Gonzalo. Sí, así como lo oyen. Dos hermanas se casaron con dos hermanos. Por eso los primos tenían el mismo apellido, por eso parecían hermanos.

Don Gonzalo y Doña Blanca se quedaron con el niño. No lo dejaron con nadie más. Lo registraron, lo ampararon legalmente, lo adoptaron con papeles, con amor y con todo lo que eso implica. Le dieron su herencia intacta, la que le dejaron sus padres, y además le dieron la mitad de la compañía, como si fuera su hijo de sangre.

Lloraron mucho cuando lo adoptaron, pero lo criaron como su hijo. Lo querían como su hijo.

Y Mateo, a diferencia de Joaquín, era alto, delgado, muy guapo, de esos guapos que no hacen esfuerzo. Rubio, de ojos verdes encendidos, de sonrisa tranquila. Mucho más guapo que Joaquín, si se hacía una encuesta honesta entre las empleadas de la casa. Solo que su trato era más tranquilo. No gritaba, no humillaba, no necesitaba demostrar que era el dueño de todo.

Solo tuvo una novia en la vida. Ana.

En la escuela duraron todo el tiempo. Eran la pareja del salón, la pareja bonita, la pareja normal. Solo que Ana era muy alocada, muy libre en su trato, no le gustaba sentirse presionada por nadie. Le gustaba jugar con todos. Y sabía que Joaquín la quería desde la secundaria, desde siempre, y jugaba con él. Le decía que eran novios y solo estaban así, sin serlo.

Hasta que Joaquín la descubrió en la fiesta de graduación besándose con otro en el jardín, atrás del salón. Y ese otro era Mateo. Su primo. Su hermano.

Esa fue la noche que lo rompió todo.

Joaquín no descansó hasta alejarlo. Le dijo a su padre que Mateo lo había traicionado, que le había robado a su novia. Don Gonzalo, para evitar que se pelearan a golpes en la casa, mandó a Mateo a estudiar en el extranjero. Mateo aceptó irse, no por miedo, sino por no lastimar a su tía Blanca, que lloraba todas las noches por ver a sus dos hijos pelearse por la misma mujer.

Después regresó un año, trabajó en la empresa y todo iba bien. Sergio trabajaba para él como su asistente directo. Ahí fue cuando conoció a su hermana menor, Griselda. Ella era su ayudante, una niña de apenas 18 años, muy linda, muy inteligente, de cabello negro largo, con ganas de comerse el mundo. Él ya casi tenía 30. Por eso solo la veía como amiga, como la hermanita de su mejor amigo. No como mujer.

Pero ella sí se enamoró. Mucho.

Mateo era todo lo contrario de Joaquín. Por eso Doña Blanca y Don Gonzalo lo querían como su hijo, porque era noble. Gracias a Mateo, Don Gonzalo pudo abrir otra empresa en Francia y en España, porque Mateo sí hablaba idiomas, sí tenía visión, sí era responsable.

Joaquín quería toda la presidencia para él solo. Pero su padre nunca lo vio interesado de verdad, solo lo veía en fiestas, con mujeres diferentes cada semana, llegando tarde. Le dio una oficina bonita y un trabajo de juguete para que no hiciera daño. Y cuando Joaquín lo enfrentó, gritando que esa empresa era suya por derecho, fue cuando su padre le dijo la frase que cambió todo.

—Si quieres la presidencia, cásate. Sienta cabeza. Enfócate en una sola mujer y no en tantas. Hazte confiable. Madura. Demuéstrame que puedes cuidar a alguien más que no seas tú. Si no, la presidencia se la dejo a Mateo, que sí sabe lo que es responsabilidad.

Mateo tomó la decisión de irse otra vez para evitar más problemas con Ana, porque entendió que Ana no fue buena mujer, que se metió para separar a los hermanos que más que primos, eran hermanos. Se fue dos años a Francia a trabajar en la sucursal. Y ahora regresaba porque extrañaba a su país y a su familia. Porque esta era su casa.

_En el departamento — Un día después de la boda_

Joaquín tuvo un día de recuperación. Todavía se sentía débil, con el estómago revuelto por tanto alcohol de la despedida, de la boda y del hotel con Pamela.

Me habló en buen plan, por primera vez desde que nos casamos, sin gritar.

—Julia, ¿me dejas solo? —me dijo, con voz cansada, sentado en la orilla de su cama—. Necesito tomar una ducha, estar solo un rato. ¿Puedes irte al parque o a algún lado? Dame chance, por favor.

Yo entendí que quería su espacio, pues Joaquín no me quería y no estaba acostumbrado a estar compartiendo su departamento con nadie, y menos conmigo, que era su contrato de un año.

Me pidió llevarme el libro que estaba leyendo.

—Sí, llévatelo, pero no quiero ver tu cara de mono aquí —dijo, ya volviendo a ser él, para no perder la costumbre.

Pensé: primero fui mueble, luego pasé a albóndiga, y ahora cara de mono. Voy ascendiendo en el zoológico.

Me molesté. Ya no me iba a dejar.

—No soy mono —le dije, cruzándome de brazos—. Si a esas vamos, tú tienes cara de gato. De gato enojón y creído.

Le aventé un cojín del sillón. Lo atrapó en el aire, sorprendido, y por un segundo se rió, sin querer.

Me salí muy enojada, con mi bolsita cruzada viejita y el libro abrazado contra el pecho, azotando un poco la puerta.

En las escaleras del edificio, que eran de mármol y siempre olían a limpiador caro, iba distraída, bajando rápido, y choqué de frente con un joven que subía con una maleta grande de viaje.

¡Pum! Me tiró el libro, la bolsita se me abrió y casi me caigo hacia atrás.

—Discúlpeme, por favor, estaba distraído —dijo el joven, agachándose rápido a levantar mi libro, apenado.

—Discúlpeme a mí, yo venía corriendo —contesté, apenada también.

Lo vi. Era un joven alto, muy rubio, de ojos verdes encendidos, alto y delgado, con suéter beige y barba de dos días de viaje. Olía rico, a limpio.

Pero el joven me vio a mí y quedó hipnotizado. Se quedó mirándome fijo, como si hubiera visto algo que no esperaba.

—¿Usted vive aquí? —dijo, todavía con mi libro en la mano.




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