Felicidad Fingida

CAPÍTULO 19 UNA BUENA CHARLA

La tarde se les fue sin que se dieran cuenta.

Julia y Mateo se habían quedado en la mesa del fondo de la cafetería, esa que daba a la ventana. Entre ellos, dos cafés ya fríos y el libro de Julia abierto a la mitad, como un testigo silencioso.

Mateo tomó el libro con cuidado, como si fuera algo sagrado.

—¿Fantasía oscura? — preguntó con una ceja levantada, divertido.

Julia se sonrojó un poco.

—Sí. Me juzgas.

—Jamás. — Sonrió — ¿Has leído _Heautontimorumenos_? El que se atormenta a sí mismo.

Los ojos de Julia se iluminaron. Nadie, nunca, le había hablado de esa saga.

—¡Sí! ¿Tú también?

—Sé lo que significa — dijo Mateo, y su voz se volvió más baja, más íntima —. Entonces sabrás quién dice esto:

Hizo una pausa teatral, la miró fijo y recitó de memoria:

“Pues hubiese sido mejor morir que vivir así. Mi corazón ha sufrido como un día de sol en tiempo de primavera que es manchado con una horrible tormenta. Así es como me siento, vuestra princesa. Pero al oír su voz nace una esperanza, como si entrara a un cuarto oscuro y de pronto se encendiera una llama, una vela en un cuarto oscuro iluminando mi camino”.

Julia se llevó la mano a la boca, conteniendo un suspiro.

—“Ya no sufras, mi querido Arthur. Si yo hubiera sabido de tu desconsuelo, hubiera venido a rescatarte de tu tormento.” — respondió ella, sin dudarlo.

Mateo se quedó mirándola, sorprendido y fascinado.

—Sí los has leído.

—¡Me encantan! — Julia por fin se soltó, y habló con esa pasión que solo tenía cuando hablaba de libros —. Te hacen viajar a un mundo mágico, de faunos, elfos y brujas. De un niño que se atormenta a sí mismo creyendo que no merece ser amado.

—Empieza floja la saga, hay que decirlo — replicó Mateo, siguiéndole el juego —. El tomo uno es muy inocente, muy dulce. Pero el tomo dos... el tomo dos te destruye. Se vuelve oscuro, real.

—Exacto — asintió Julia —. A veces es bueno viajar después de un día tan cansado.

Se hizo un silencio cómodo. Mateo la observaba. No como la había observado Joaquín, con deseo o con lástima. La observaba como si por fin hubiera encontrado a alguien que hablara su mismo idioma.

—¿Y qué más te gusta hacer, aparte de leer y salvar millonarios gruñones? — preguntó.

—Cosas tranquilas — bromeó Julia, usando sus mismas palabras.

Mateo se rió, una risa limpia, joven.

—¿Como ir a un parque?

Los dos estallaron en carcajadas. La gente de otras mesas los volteó a ver.

—¡Me descubriste! — dijo Julia, limpiándose una lágrima de la risa.

Mateo miró su reloj y su sonrisa se apagó un poco.

—Tres horas — susurró —. Tres horas platicando y se fueron como el viento. Oscilando, como dices tú.

—De verdad, Julia , fue un gusto conocerte, cuñada — dijo él, corrigiéndose con cierta incomodidad al decir esa última palabra que le quemaba la lengua.

—Debo retirarme. Pago y te acompaño a tu departamento. Le doy una sorpresa a mi hermano. Aún no saben que llegué hoy, me esperaban mañana.

Julia asintió, abrazando su libro contra el pecho. Se sentía ligera por primera vez en semanas.

Apenas iban saliendo de la cafetería, riendo todavía, cuando un destello rojo los detuvo en seco.

El deportivo rojo de Joaquín.

Pasó a toda velocidad, quemando llanta, desesperado. Joaquín ni siquiera los vio. Iba con la mandíbula apretada, con la mirada fija hacia adelante, anhelante. Solo tenía un nombre en la cabeza: Ana.

El cambio en el rostro de Julia fue instantáneo. La luz que había tenido toda la tarde se apagó. Sus hombros se encogieron.

Mateo lo notó todo.

—Seguro no te vio, Julia — dijo rápidamente, con una sonrisa forzada para animarla —. Seguro iba a una junta. No te preocupes. Luego voy a ir a ver a mis padres.

Julia no contestó. Solo apretó más fuerte su libro.

Entraron al edificio en silencio. Cuando estaban subiendo las escaleras, el celular de Mateo sonó.

Lo sacó de la bolsa de su pantalón. Frunció el ceño al ver un número desconocido. Le hizo una seña a Julia de “un momento”.

—¿Quién habla?

Del otro lado, una voz femenina, melosa, que Julia no alcanzaba a oír.

—¿En serio, Ana? ¿Y ese milagro? ¿Cómo tuviste mi número?... ¿Por Griselda?

Mateo se tensó. Volteó a ver a Julia, que seguía subiendo escalones, abrazada a su libro, fingiendo no escuchar.

—Bien, sí, así es, llegué hoy a México... ¿Que quieres que nos veamos? — su voz se volvió hielo —. Hoy mismo, no puedo. Tengo trabajo que hacer y la verdad, Ana, no terminamos bien. Por tu culpa yo perdí a mi familia. Así que no me interesa verte... ¿Qué?... No es cierto... No puede ser cierto — susurró y se tapó la boca y la bocina del teléfono, pálido.

Julia se detuvo en seco.

—Se acaba de casar... ¿Cómo que está contigo? ¡Mientes!... ¿En su convertible rojo?... ¿Dónde quieres que te vea? Ok, sí, sé conozco el lugar.

Colgó. Tenía la mano temblorosa. Miró a Julia.

Julia ya lo sabía. Lo había sabido desde que vio el coche rojo.

—Es Joaquín. Está con esa tal Ana, ¿verdad? — pronunció Julia, con la voz rota pero firme.

—No — mintió Mateo, protegiendo a su hermano a pesar de todo —. Es una empleada. Por una junta de trabajo. Debo irme.

Te acompaño a la puerta.

Julia no contestó. Estaba seria, con los ojos vidriosos, dándole la espalda.

Mateo se acercó a la puerta de su departamento.

—Julia, nunca dudes del amor que mi hermano siente por ti. Por eso se casó contigo.

Abrió la puerta para ella. Julia no le dio la cara.

—Me gustaría volver a verte y seguir conociéndote... cuñada.

Le dolió decir esa palabra. Le quemó la garganta.

Julia, sin voltear, dijo que sí, pero con un hilo de voz.

—Hoy quiero descansar.

La dejó. Ella cerró la puerta y se recargó contra ella, y se soltó llorando, sin ruido, con el libro todavía contra el pecho.

Mateo la oyó llorar del otro lado. Apretó los puños.




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