Felicidad Fingida

CAPÍTULO 20 LA FRUSTRACIÓN DE JOAQUÍN

En el camino de regreso, vieron un puesto de flores todavía abierto.

—Para. — dijo Mateo.

Joaquín frenó el deportivo de mala gana.

Mateo bajó y escogió él mismo el ramo. No fue cualquier ramo. Era enorme, hermoso, de esos que hacen que la gente voltee en la calle. Rosas rojas abiertas, gladiolas blancas altas y elegantes, tulipanes amarillos y un montón de nubecitas de colores que parecían polvo de hadas. Era un ramo hecho para pedir perdón, aunque el que tenía que pedir perdón no lo quisiera dar.

Lo pagó Mateo de su propia cartera.

Subió al coche y se lo puso a Joaquín en las manos.

—Se lo das a tu esposa.

Joaquín ni lo miró. Con una indiferencia total, lo aventó al asiento de atrás como si fuera una bolsa del súper.

—Arranca — dijo.

Manejó el deportivo hasta el edificio. Todo el camino en silencio. Joaquín con la quijada apretada, repasando una y otra vez en su cabeza la escena del hotel. El perfume de Ana, su risa, su cuerpo.

Al llegar, antes de bajar, Joaquín por fin habló.

—Perdóname, pero no voy a dejar a Ana.

Mateo, que ya estaba afuera sacando el enorme ramo del asiento de atrás, se detuvo.

—¿Y tu esposa?

—Eso es aparte — contestó Joaquín, como si fuera lo más lógico del mundo —. No puedo con Ana y menos después de lo que pasó hoy. Siempre fue mi sueño estar con ella y hoy por fin lo estuve. No la voy a dejar, solo quiero que lo sepas.

Mateo sintió que la sangre le hervía, pero respiró. Cargó el ramo y se lo puso enfrente.

—Y yo quiero que sepas que voy a hacer hasta lo imposible para que no termines tu matrimonio. Y no por ti, sino por Julia.

Joaquín oyó el nombre de Julia y por primera vez en toda la noche volteó a ver a su hermano de verdad.

—Si quieres la compañía de mi papá, lucha por demostrar que ya cambiaste. Ahora sal de ahí y dale estas flores.

Joaquín metió el auto deportivo en el estacionamiento. Salió. Mateo ya estaba ahí, esperándolo.

Mateo se despidió. Se acercó y le dio un beso en la frente a Joaquín. Joaquín, conmovido, puso su frente contra la de él y lo sujetó con la mano. Por un segundo fueron los niños de antes.

—Te quiero, Mateo. Y perdóname por el golpe.

—Olvídalo, ni pegas tan fuerte — dijo Mateo, y los dos se rieron. Una risa corta que retumbó en el estacionamiento vacío.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Mateo subió corriendo por las escaleras y entró a su departamento de arriba. Joaquín entró al suyo.

Puso el ramo en la mesa de la sala, sin cuidado, y se tumbó en el sillón, boca arriba, mirando el techo. No dejaba de repasar en su cabeza como una película lo que pasó con Ana en el hotel. Él la amó con su alma. Aunque Ana jugara con él, no le importaba. Era una mujer adictiva, veneno puro, y él era un adicto.

De pronto vio el enorme ramo que estorbaba en su mesa.

Y gritó.

—¡Julia! ¡Julia! ¡Horrible mueble, contesta cuando te hable!

Julia salió de la habitación, asustada por los gritos. Llevaba su pijama de franela de ositos, esa que usaba para sentirse segura. Tenía los ojos hinchados de haber llorado toda la tarde.

Joaquín la vio de arriba abajo y soltó una carcajada cruel.

—¡Ay no, es cierto! ¡Ya estás ruca y con pijamas de niña idiota! Pero en fin, ese ramo de flores es para ti.

Julia se acercó temerosa a la mesa. Vio el ramo. A pesar de todo, a pesar del miedo, le gustó. Era el primer ramo que alguien le daba en ese departamento.

—Gracias, Joaquín — dijo en voz bajita.

—No te equivoques — la cortó él, frío —. No te las compré yo. Tú nunca me vas a inspirar para que yo gaste un duro por ti, no lo vales. Es de parte de tu cuñado, más bien de mi primo. Lo cautivaste, no sé qué te vio, estás horrible, pero te dejo claro algo.

Se levantó del sillón y se le acercó.

—Tú y yo tenemos un contrato y con cláusulas. Mañana te adelanto tu mes y puedes ir a ver a tu madre. Puedes pasarte los días que quieras con ella, pero el viernes te quiero aquí. Hoy es domingo.

Julia agachó la cabeza.

—Gracias — susurró.

—¡Ah! Se me olvidaba — continuó Joaquín, disfrutando su poder —. Si piensas que vas a tener un sueño de hadas con mi primo, no te equivoques. No eres de sus gustos, le das lástima. Si yo, que soy un galán, soy mucho para ti, imagínate mi hermano, bueno, ¡mi primo! Galán, agradable, tiene más opciones. Así que ni te ilusiones. Pero si quieres te doy permiso de salir con Mateo, lo que hagas con tu vida me importa un vil cacahuate, pero te recuerdo que ante la sociedad tú eres mi esposa y me respetas.

—Sí, buenas noches — dijo Julia, y se dio la vuelta para irse a su habitación, abrazándose a sí misma.

—No tan rápido — dijo Joaquín —. Ay, mueble, llévate tus porquerías de flores, no quiero nada tuyo en mi departamento. Y eres muy soñadora, voy a romper esos libros tuyos.

Se puso de pie y caminó directo al pequeño librero que Julia había armado con tanto amor. Tomó el libro que ella había leído esa mañana en la cafetería.

—¡No, no lo hagas! — gritó Julia, corriendo hacia él.

—¡Estuve con tu amiga Ana! ¿Sí? ¡Es tu amiga Ana! — gritó Joaquín, fuera de sí.

Julia se paró en seco, helada.

—Yo siempre he estado enamorado de ella y tú me das asco y voy a seguir viéndola. ¡Estos malditos libros te enferman la cabeza con cuentos de hadas que no existen!

Los dos gritaban. Ella jalaba el libro de un lado, él del otro.

—¡Que mi libro no! — gritaba Julia, llorando.

—¡Que sí! ¡Y más estas porquerías de libros de fantasía de una autora fracasada! — gritó Joaquín.

Lo jaló con fuerza y lo deshojó. Las páginas volaron por toda la sala como pájaros muertos.

Julia vio sus páginas en el suelo y algo se rompió dentro de ella.

Corrió. No a su habitación, sino a la puerta. Lo único que oyó Joaquín antes del portazo fue:

—¡Te odio!

Quedó sentado en el sillón, jadeando, con las hojas del libro en la mano.




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