Felicidad Fingida

CAPÍTULO 21 LAS MENTIRAS Y LAS VERDADES

Julia no sabía qué decir. Tenía las palabras atoradas en la garganta, pero los ojos no mienten.

Mateo la observó por un segundo, como si pudiera leer todo su dolor sin que ella hablara.

—Yo conozco a mi hermano —dijo Mateo en voz baja—. Lo banal, lo frío, lo arrogante... es solo una armadura. Así se protege.

Se levantó y se dirigió a la cocina. Se sirvió una taza de té, dándole la espalda para darle espacio. Julia aprovechó para respirar.

—Ana era mi amiga —susurró Julia, con la voz rota—. Me contó de un trabajo de asistente. Hice una cita y me entrevistó el Licenciado Sergio. Ana me engañó. Yo no sabía de qué era el trabajo, te lo juro. Yo solo quería ayudar a mi mamá.

Mateo escuchó eso y, sin poder contenerse, golpeó suavemente la estufa. No por coraje con ella, sino por impotencia. Volteó a verla con una sonrisa triste, comprensiva.

—No te tortures —le dijo—. Tú no tienes la culpa de nada. Jugaron con tu necesidad de querer trabajar. Ana es vil y baja.

Se sentó frente a ella y le dio un sorbo a su té.

—Fue mi novia —confesó—. Pero a Ana solo le gusta jugar. Enamoró a Joaquín y un día me contactó, nos vimos... y citó a Joaquín para que nos encontrara en la cama. Fue una trampa. Joaquín no reaccionó, solo se fue a los golpes conmigo. Desde ese día dejó de creer en el amor. Algo se rompió dentro de él ese día. Yo me alejé para evitar enfrentamientos y ahora regresé.

Julia lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué volviste? —preguntó.

Mateo la miró fijo, sosteniendo su taza.

—Extraño a mi familia, a mi gente. No es lo mismo estar lejos —respondió—. Ahora tú. No me has contestado, ¿cuánto te pagarán? A simple vista te eligieron por ser humilde y eso no tiene perdón.

Julia bajó la mirada, avergonzada.

—Una casa, un coche y todo ese dinero para que mi mamá tenga su tratamiento y mi hermanito termine la secundaria y tenga una carrera prometedora —dijo en un hilo de voz—. Por eso firmé.

Mateo sintió un nudo en el pecho. Le tomó las manos con delicadeza.

—Tranquila, no diré nada. Pero conozco a mi hermano. Así quiso hacerle a una joven muy guapa y joven antes que tú, pero ella no aguantó sus malos tratos y en dos días se fue. Toma tu té, te hará bien.

Julia sonrió por primera vez en horas. Mateo la hacía sentir segura.

—¿A dónde quieres ir a las cuatro de la mañana? —le preguntó él.

—A dormir —dijo ella—, pero no sé dónde.

—Quédate en mi habitación para que descanses. Yo estaré en la sala.

Ella aceptó. Mientras Julia dormía bien abrigada en su cama, Mateo se recargó en la entrada con los brazos cruzados, vigilando que estuviera bien, y cerró la puerta con cuidado.

En la sala, le marcó a Joaquín.

—Estoy con ella, en el departamento —le dijo.

—¿Está bien? —preguntó Joaquín al otro lado, con la voz tensa.

—Físicamente sí, bien. Pero del corazón no puedo decir lo mismo. Si no quieres a Julia, déjala. No la lastimes —le advirtió Mateo.

—No te metas en mi matrimonio —le contestó Joaquín y colgó.

Joaquín tocó la puerta minutos después, desesperado. Abrió Mateo.

—¿Dónde está? ¡Es mi esposa! —gritó Joaquín, fuera de sí.

—¿Qué te pasa? No estás en tus cabales —lo frenó Mateo. Lo tranquilizó y le sirvió té como si fuera un niño pequeño. Se sentaron.

—Déjala descansar. Tuviste un arrebato. No la asustes. No hagas que te tenga miedo, porque así no vas a durar con ella ni una semana —le dijo Mateo, serio—. Y no te conviene. No será una buena imagen para nuestro padre. No te verás confiable ante él, ¿o sí?

—Me saca de mis casillas —murmuró Joaquín, con la taza temblando en sus manos.

—¿Pero en qué te saca de tus casillas? Si tiembla cuando te ve. Ella no te reta, ella te teme. Y así, un día no va a aguantar y va a huir. Porque hasta un pobre tiene dignidad y orgullo cuando le jalas mucho la correa.

Joaquín se quedó callado. Por primera vez no tuvo qué contestar. Le agradeció el té a su hermano y le pidió que le dijera a Julia que quería hablar con ella mañana antes de que fuera a ver a su madre y a su hermano. Se retiró.

Mateo durmió en el sofá con una cobija.

Al despertar, Julia ya estaba de pie, calentando el té. No había nada más que comer.

—Estuvo Joaquín anoche —le dijo Mateo—. Quiere hablar contigo.

Julia tembló tanto que tiró la taza de té. Mateo se levantó de golpe, agarró un trapo y limpió, pero lo que le importaba era ella.

—¿Estás bien?

—Sí —dijo Julia—. Tengo que ver a mi esposo.

Sin pensarlo más, con solo un té en el estómago, salió como un robot, descalza, y caminó hasta su departamento. Tocó la puerta.

Abrió Joaquín. No había dormido nada. Tenía ojeras profundas, la vista cansada y la ropa de la noche anterior arrugada.

Con voz tranquila, casi rota, le dijo:

—Entra. Quiero hablar contigo.

Ella entró temblando y se quedó pegada a la puerta. Él se sentó en el sillón.

—Julia, te estoy esperando. Ven para acá. ¿Estás sorda o qué? —dijo, y su voz volvió a sonar dura por la costumbre.

Julia rompió en llanto. Ya no pudo más.

—¡Quiero renunciar al contrato! —gritó llorando como loca—. ¡No, no quiero estar con usted así, ya no! ¡Prefiero ir a la cárcel que estar un segundo más con usted! ¡No soporto vivir con miedo!

Joaquín se levantó. Fue hacia ella. Quiso abrazarla y ella lo empujaba, pero él no la soltó. La abrazó fuerte contra su pecho.

—Perdóname —le susurró Joaquín, y por primera vez a él también le salían las lágrimas—. Perdóname.

Le besó la frente, temblando.

—Te prometo que no lo voy a volver a hacer, pero no te vayas. Te lo suplico.

Julia se quedó inmóvil. Nunca le había dicho eso y menos había llorado con ella, ni la había abrazado así.

Se separó un poco y se miraron a los ojos.

—Perdóname, Julia.




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