Felicidad Fingida

CAPÍTULO 23 UN BUEN FIN DE SEMANA

En la fonda ya los esperaban. Había olor a leña y a carne asando.

Llegó Julia y todos la voltearon a ver. Llevaba un pantalón de mezclilla que le quedaba perfecto, botas bajas, una blusa rosa de encaje que se le asomaba coqueta y encima una chamarra de piel con las mangas y el cuello de peluche suave. Se había maquillado con mucho cuidado y se había peinado como hacía mucho no lo hacía, para sentirse bonita.

Su mamá la vio y se le iluminó la cara.

— ¡Qué bonita te ves, mi hija! — le dijo con orgullo.

Joaquín la miró de arriba abajo y asintió, serio pero con un brillo distinto en los ojos.

— Sí, te ves bien. Siéntate. Vamos a comer. Pedí para todos carne asada, nos van a traer una charola grande con nopales y cebollas asadas — dijo.

Llegaron las charolas humeando. Manuelito no aguantó y empezó a manotear una tortilla calientita. Su mamá le dio un manazo cariñoso en la mano.

— ¡Compórtate, Manuelito! ¡Ya vas a empezar!

— ¡Es que ya tengo hambre! — se quejó él.

Joaquín se rió a carcajadas. Fue una risa abierta, sonora.

— Que coma, para eso es. Hoy se puede todo — dijo Joaquín.

Comieron y platicaron a gusto. Pero Manuelito no podía estarse quieto, estaba emocionado.

— ¿A qué hora vamos a subir al caballo? ¿Ya? ¿Ya puedo?

Después de como una hora, llegó un señor con dos jóvenes que traían tres caballos ensillados.

Ayudaron a Manuelito a subir primero. Él gritaba feliz desde arriba.

— ¡Sáquenme fotos para mi novia! ¡Para que vea que ya sé montar!

Su mamá le gritó desde abajo, muerta de risa y de nervios.

— ¡Primero aprende a limpiarte bien las narices y luego piensas en novia, chamaco!

Todos se rieron, incluso Joaquín. Julia lo miró sorprendida. Nunca lo había visto reír así. Tenía una sonrisa bonita, muy bonita, pensó Julia, y por un segundo se le olvidó todo lo malo.

El señor jalaba la correa y caminaba al lado del caballo mientras Manuel gritaba que ya sabía montar solo.

Joaquín, muy rápido y con una agilidad que nadie esperaba, subió a su caballo de un salto. Se acomodó como si hubiera nacido ahí. Claro, él en su juventud jugó polo, sí sabía montar.

Julia no sabía. La empujaban para subir y cuando por fin subió, se fue de lado y casi se cae para el otro lado. Joaquín se volvió a reír, pero esta vez se acercó y la ayudó.

— Ya, tonta, acomódate — le dijo, pero sin coraje, casi jugando. La agarró de la cintura para enderezarla.

Ella se acomodó roja de pena y abrazó el cuello del caballo con fuerza mientras un señor llevaba la correa. Temblaba, pero se sentía segura porque Joaquín iba a su lado vigilándola.

La mamá de Julia no montó, solo los veía desde una banca, feliz de ver a sus hijos así. Manuelito gritaba emocionado que de grande iba a tener muchos caballos.

— ¡Mamá, de grande voy a tener cien caballos y te voy a comprar uno rosa!

— ¡Ten cuidado, Manuel! ¡Agárrate bien! — le gritaba ella.

Después de bajar del caballo, a Julia le dio vueltas todo. Se mareó y terminó vomitando a un lado por los nervios. Se sintió muy apenada.

Joaquín dejó de reírse. Se acercó rápido, la tomó del brazo y la llevó a sentarse a la sombra.

La abrazó por los hombros y le acarició la cabeza con mucha suavidad.

— Tranquila, ya pasó, fue el susto — le susurró.

Ella sintió algo increíble en el pecho. No le gritaba. Era otro Joaquín, uno que no conocía. Un Joaquín que cuidaba. Por un momento quiso quedarse así para siempre entre sus brazos.

Llegó Manuelito corriendo.

— ¿Puedo subirme a las cuatrimotos? ¿Sí puedo?

Joaquín le sonrió y se levantó.

— Sí, pero como no sabes, vas a subir conmigo. Yo manejo.

Fueron y se pusieron los cascos. Joaquín le explicaba a Manuelito la palanca, el freno, todo, con una paciencia que nadie le conocía.

Mientras tanto, la mamá de Julia se sentó al lado de su hija.

La miró a los ojos, con esa mirada de madre que todo lo sabe.

— Hija, dime la verdad... ¿Eres feliz con tu esposo? Yo solo quiero verte feliz.

Julia miró a lo lejos a Joaquín que se reía a carcajadas con Manuelito en la cuatrimoto, levantando tierra. Se veía tan vivo, tan humano.

Julia sonrió con lágrimas contenidas.

— Sí, mamá, sí lo soy — contestó.

En la Ciudad de México, muy lejos de ese campo, Mateo se estaba mudando al penthouse de la casa de Doña Blanca y Don Gonzalo. El cuarto piso era todo de él, con elevador privado por donde subían los sirvientes a llevarle algún refrigerio.

Chelo le ayudaba a acomodar sus cosas. Todo estaba impecable y limpio. Su vestidor era una habitación enorme, todo ordenado: zapatos boleados, sacos colgados, suéteres doblados, corbatas de seda, pantalones de vestir. Era como un sueño.

Mientras acomodaba los ganchos con trajes, Mateo le preguntó sin dejar de ver su ropa.

— Chelo, ¿y de dónde conoció a Julia mi hermano Joaquín?

Chelo suspiró y se sentó en la orilla de la cama.

— Ay, mi niño, en la oficina. La hizo mucho llorar. Su primer día no sabía usar la cafetera y le pidió un café, se le cayó en la ropa de tu hermano. ¡Pegó de gritos y la corrió! Salió la pobre despavorida, llorando. La hubieras visto. Tu hermanito fue muy grosero con ella. Yo lo convencí de que la dejara regresar, necesitaba el trabajo. Solo estuvo una semana, la siguiente casi no fue porque ya salía con Joaquín y a la siguiente semana ¡se casaron! Si me preguntas a mí, mi niño, eso sí era sospechoso. Al principio pensamos que estaba embarazada, pero no ha dado ese aspecto y ya tienen una semana de casados. No pudieron ir a su luna de miel porque se enfermó el niño Joaquin y se quedó ella como esposa a cuidarlo y pues... llegó usted, mi Mateo bueno — dijo y lo abrazó. Él la abrazó también.

— Te extrañé tanto, hacías mucha falta en esta casa — se separaron.

— Gracias, yo igual los extrañé mucho. Mañana a primera hora voy a visitar a mi amiga Griselda — dijo Mateo.




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