Felicidad Fingida

CAPÍTULO 24 MASCARAS

Mateo fue a ver a Griselda.

No llegó en el auto de lujo de la familia, llegó en un carro sencillo, un compacto blanco que casi nadie conocía. No quería impresionar, solo quería verla.

Le mandó un mensaje: "Estoy afuera".

A los dos minutos la puerta se abrió de golpe y salió corriendo Griselda con el cabello suelto.

—¡Mateo! — gritó emocionada, con los ojos llenos de lágrimas.

Abrió los brazos y se arrojó a los brazos de él sin importarle que los vecinos la vieran. Mateo la abrazó fuerte, riendo.

—Hola, Griselda — contestó él con cariño.

—No lo puedo creer, ¡estás aquí, volviste! Pero ven, pasa, pasa por favor — lo tomó de la mano, nerviosa y feliz.

En la puerta ya estaba Doña Ruth, su madre, limpiándose las manos en el delantal. La saludó amablemente.

Mateo no llegó con las manos vacías. Le entregó a Doña Ruth un regalo fino: un suéter de lana muy suave y costoso. Para Sergio, que no estaba, dejó un vino tinto de reserva muy caro. Y para Griselda, sacó una cajita pequeña de terciopelo.

—Para ti — le dijo.

Eran unos hermosos aretes en forma de cisne de cristal que brillaban con la luz.

Griselda se quedó sin aire.

—Son hermosos, Mateo, gracias — dijo poniéndoselos al instante, feliz.

Doña Ruth lo miró conmovida.

—Ay, joven Mateo, no debió traer regalos, usted siempre tan considerado.

Mateo sonrió con esa sonrisa noble que lo caracterizaba.

—Es que Griselda es mi amiga, Doña Ruth, y me acordé mucho de ella estando fuera — dijo sincero.

A Griselda no le gustó esa palabra. Amiga. Le dolió en el pecho. Ella no quería ser su amiga.

Mateo le pidió permiso a Doña Ruth para llevar a Griselda a comer a un restaurante para platicar. Doña Ruth no pudo negarse, vio a su hija tan emocionada, tan iluminada, que la dejó ir.

—Vayan, hija, pero no regreses tarde — dijo.

—Gracias, Doña Ruth, y gracias por el vino de parte de Sergio — dijo Mateo mientras salían tomados de la mano hacia el auto.

Se fueron en el compacto, Griselda sonriendo como nunca. Fueron a un restaurante a comer y recordaron viejos tiempos.

En el corporativo, mientras tanto, Don Gonzalo revisaba todo lo que había dejado pendiente por dos meses. Sergio le explicaba los balances, las gráficas, los números rojos y negros, poniéndolo al corriente de todo.

En el departamento de Julia, era otro infierno.

Joaquín le gritaba desde la sala.

—¡Julia! ¡Apúrate que vamos a llegar tarde a la casa de mis padres! ¡Muévete, gorda y fea!

Julia temblaba mientras hacía una maleta con lo poco que tenía, con su ropa vieja que tanto quería.

Salió con la maleta arrastrando.

—Ya estoy lista, Joaquín — dijo en voz baja.

Joaquín la vio y gritó furioso.

—¡Ay, no! ¡No te vas a llevar esa maleta vieja y fea! ¡Qué vergüenza! Mejor vete sin nada, allá tienes toda la ropa que te compró Chelo. ¡Esa maleta parece de pordiosera!

La miró con asco, la tomó del brazo y se la llevó a jalones. La sacó del departamento casi a empujones y la puerta se cerró de golpe. Bajaron al estacionamiento, fue por el deportivo rojo y subieron.

Joaquín se puso sus auriculares y justo en ese momento recibió una llamada. Era Ana. Pero Joaquín no lo disimuló, dijo su nombre a propósito para que lo oyera Julia. Ella, al oírlo, se puso pálida.

Joaquín contestó con una voz dulce que Julia nunca había escuchado.

—Ana... te extrañé... no he dejado de pensar en ti... voy en mi auto, en realidad solo, solo con un mueble viejo y feo, así que sí... necesito verte... he pensado mucho en ti... nos vemos, claro que conozco el lugar... ya quiero estar contigo, ahí nos vemos y nos la pasamos bien — colgó.

Miró a Julia con indiferencia y desdén, con una crueldad fría.

—Como habrás oído, voy a ver a tu amiga Ana. La deseo y la necesito y voy a estar con ella las veces que yo quiera y necesite estar con ella. Te recuerdo, Julia, que tú y yo no somos nada. Tú firmaste un contrato hace mes y medio y nos casamos hace tres semanas. Una de las cláusulas especifica que no puedes enamorarte. ¿Está claro? — dijo cortante.

Julia sintió un cuchillo en el pecho.

—Tú puedes hacer de tu vida lo que se te pegue la gana, si quieres salir o andar con mi hermano puedes hacerlo, me da igual, pero me respetas ante la sociedad. Tú eres mi esposa en público, pero a solas no te soporto — remató.

A Julia le dolió hasta el alma, pero se contuvo las lágrimas. No le iba a dar el gusto de verla llorar. Apretó las manos hasta clavarse las uñas.

Llegaron a la mansión. Ella la veía preciosa por fuera, pero para ella era una prisión bonita, y al fin y al cabo era una prisión.

Salieron los padres de Joaquín a darles la bienvenida a la puerta. Y salió corriendo Mateo con un hermoso ramo de flores blancas y rosas. Se lo dio directamente a Julia.

—Bienvenidos a casa, Julia. Es un regalo de bienvenida, para que te sientas en tu casa — dijo Mateo con una sonrisa cálida.

Joaquín sacaba las pocas maletas del auto y lo miró de reojo. No le agradó nada ese detalle, pero no dijo nada, solo apretó la mandíbula.

Doña Blanca besó y abrazó a Joaquín y a Julia, y después Don Gonzalo besó en la mejilla a Joaquín y saludó a Julia con respeto.

Llegó un empleado de la casa y cargó las maletas.

Entraron a la mansión y los recibió toda la servidumbre formadita dándoles la bienvenida y llevando las maletas a la recámara.

Joaquín tomó del brazo a Julia y subieron las escaleras rápido.

—Te voy a mostrar tu habitación, porque no vas a dormir conmigo — le susurró al oído.

Lo alcanzó su madre al pie de la escalera.

—¿De qué se trata, Joaquín? ¿Por qué dos habitaciones? — preguntó Doña Blanca extrañada.

—Es que Julia quiere su propia independencia, mamá, va a ocupar la habitación de junto, ¿verdad, Julia? — mintió con naturalidad.

Doña Blanca volteó a ver a Julia.




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