Mateo dejó abierta la puerta de la habitación de Julia para que no fueran a pensar mal.
—Mañana trabajas conmigo. Tenemos que salir temprano —le explicó.
Después de terminar el chocolate y las galletas, se despidió con un beso en la mejilla. Era la primera vez que lo hacía. Salió con la charola deseándole una linda noche y la dejó en la mesa de estar.
Subió en su elevador privado a su piso. Era una sala grande con un piano de cola de caoba importada. Se sentó en un sillón junto a la ventana, al lado de una biblioteca de diez anaqueles de madera. Tenía su comedor, su televisión, su computadora, su despacho y su ajedrez en la mesa de centro, pero solo podía pensar en la cara de Julia tomando chocolate y riendo con él.
Joaquín llegó a una habitación de hotel donde lo esperaba Ana. Entró, cerró la puerta y se despojaron de todo. Se amaron intensamente, una y otra vez. Ya no hablaban, solo sentían. Eran insaciables. Para Joaquín, Ana era una adicción. Para Ana, Joaquín solo era un juguete.
Esa noche no durmieron.
Mientras, Julia lloró mucho rato hasta quedar dormida.
Al día siguiente, muy temprano, se alistaron. Mateo pasó por Julia y se fueron. Tocó la puerta de Joaquín, pero él no había llegado a dormir. Se subieron al auto, pero Mateo la vio muy triste.
Llegaron a la oficina. Todos saludaban a Mateo y a Julia, los abrazaban. Le dio mucho gusto ver a Sarita.
—Sarita, ¿me ayudas a prepararla como secretaria? —pidió Mateo.
Sarita aceptó. Ese día le enseñó todo: cómo usar el teléfono, qué botones oprimir para poner en espera o pasar la llamada. Julia lo anotaba todo. Le enseñó dónde se sacaban las copias y cómo usar la máquina. Le enseñó a usar el elevador, qué botones oprimir para subir y bajar. Noto sus ojos hinchados de Julia, Sarita le preguntó pero ella no quiso hablar de ello.
Llegó la hora de la comida. Mateo salió a buscar a Joaquín a su oficina, pero no había llegado. Entró a ver a su padre después de ser anunciado por la secretaria.
—¿En qué te puedo ayudar, hijo? —dijo Gonzalo.
—Aquí están los balances de la semana y las gráficas. Son los originales, yo tengo las copias —Mateo se acercó a su escritorio y susurró—. ¿Estás seguro de que Joaquín es apto para llevar la empresa hacia adelante? No llegó a dormir.
—Lo sé. Y no llegó a la oficina —contestó Gonzalo—. Tu hermano no entiende ni por qué se casó. Y su esposa lo sabe.
—Lo siento por ella. Está muy triste —dijo Mateo.
—Puedes salir, hijo. Yo hablaré con tu hermano.
Mateo se paró, se acomodó el saco y salió. Vio a Julia y regresó con su padre.
—¿Puedo tomarme la tarde libre? No tienes ningún encargo, ¿verdad? Me gustaría invitar a Julia a salir, para que no se sienta así.
—Sí. No tengo ningún otro encargo. Sería bueno que la distrajeras —dijo Gonzalo.
Mateo le dio las gracias y salió. Invitó a Julia a comer. Ella aceptó. Vio a Sarita y también la invitó. Sarita aceptó encantada, siempre había estado enamorada de Mateo.
Se fueron los tres en el elevador de empleados. Al cerrar la puerta para descender, se abría la puerta del elevador privado. Era Joaquín, sonriendo muy complacido, con la ropa de ayer y su saco en el hombro.
Entró a la oficina y le dijo a su asistente que nadie lo molestara. Su nueva asistente era una señora grande, Odilia, que había sido por décadas secretaria de su padre, luego de un accionista y luego de Mateo. Ahora trabajaría con el joven Joaquín.
Tocó Odilia.
—Adelante —dijo Joaquín, tumbado en su sillón de piel con la cabeza hacia atrás, con una prenda de Ana respirando su aroma dulce. Cuando entró la secretaria, la guardó en su saco.
—Disculpe, buenas tardes. Su padre quiere hablar con usted. Aquí le traigo su café negro con una cucharada de azúcar, su galleta italiana, un vaso de agua con dos aspirinas, su sándwich integral y el balance. La copia se le entregó a usted y al joven Mateo. El original ya se le entregó a su padre.
—Gracias. Tú sí eres una gran asistente. Hoy no me duele la cabeza, llévate el agua y las aspirinas.
—Hice traer tres juegos de su ropa porque los que tenía aquí ya eran repetidos, y un par de tenis y dos de mocasines.
—¡No sé qué haría sin ti!
—Una observación, si me lo permite... en su cajón del librero, a la derecha abajo, está su loción favorita. Sería recomendable que esparza un poco en la oficina —susurró Odilia— para que se vaya el aroma dulce del perfume de su amiga, por si entra su esposa o su padre.
—Gracias. No sé qué haría sin ti.
Se cambió, comió y fue a ver a su padre, donde lo reprendió.
Joaquín se sirvió un brandy con hielo.
—No soy un niño para que me des de nalgadas. Yo sé que tu favorito es Mateo y le quieres dejar la compañía —dijo Joaquín.
—Sí, es el indicado. Pero quiero que tú me demuestres que puedes hacerte cargo. Esta es tu herencia. Mateo tiene la suya, de sus padres, de tus tíos antes de morir. Yo quiero retirarme, estar más con tu madre. Te toca a ti tomar mi lugar. Lo que te pongo lo haces bien, pero deja de ser mujeriego. Atiende a tu esposa, parece un mueble abandonado. Un mes casados y ni parecen que se aman. Bueno, ¡ella sí!
—¿En serio te lo dijo ella?
—¡Claro que no! Pero es tu esposa y respétala, porque si sigues así no te voy a poder ceder la presidencia.
Joaquín aventó el vaso.
—¡No! ¿Cómo que no? ¡Es mi derecho estar a la cabeza!
—Hijo, exaltándote no cambiarás nada. Demuéstrame que ya eres otra persona, que ya maduraste, que ya no eres el mismo ególatra y banal.
Joaquín se enojó. Solo dijo antes de azotar la puerta:
—Te lo demostraré.
Se fue a su oficina y le llamó a Ana. Ella contestó que estaba en el elevador, que quería saludar a Julia.
Colgaron. Joaquín salió a su encuentro, la tomó de la mano y se la llevó a la oficina. Le pidió a Odilia que nadie los molestara. Cerró la puerta con llave. Ana se reía, quería ver la cara de Julia sabiendo que su esposo estaba con ella y no con su esposa. Joaquín dijo que no quería hablar de ella. En un segundo la subió a su escritorio y tiraron la documentación. Nada importaba, solo ellos.
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Editado: 01.08.2026