Felicidad Fingida

CAPÍTULO 27 INSEGURIDAD

Joaquín se quedó de pie en medio de su oficina después de que Ana se fue, con la puerta aún vibrando.

Miró por el ventanal cómo iban llegando los empleados. Uno por uno. Menos Julia.

De pronto le subió un escalofrío por la nuca y al mismo tiempo un calor insoportable que le recorrió todo el cuerpo. No era ira. Era algo peor. Algo que no sentía desde hacía años y que creía muerto.

Presionó el interfón con más fuerza de la necesaria.

—Odilia, ¿Julia?

—Ay, licenciado —contestó su secretaria con esa voz que ya sabía todo—. Su esposa salió a comer con el licenciado Mateo. Ya no regresaron.

Joaquín se quedó helado.

—¿Salieron a comer? ¿Juntos?

—Sí, señor. Dijo el licenciado Mateo que la llevaba a despejarse. Que había estado muy triste.

—Gracias.

Colgó. En ese segundo no pensó en Ana. Por primera vez en meses, Ana no existía. Solo pensó en Julia. En su cara sonrojarse, en ese fin de semana bailando country. Riendo y bailando. Y sintió una molestia sorda, corrosiva, que le apretaba el pecho.

Le mandó mensaje a Mateo.

_¿Dónde estás?_

No contestaba.

Le marcó. Buzón.

Volvió a marcar. Nada.

Con coraje, cortó la llamada y volvió a presionar el interfón.

—¡Odilia, cancela todo lo de hoy! ¡Todo! ¡No sé a qué hora regreso! ¡Tómate la tarde libre!

—Pero licenciado, tiene la junta con...

—¡Que la canceles, te digo!

Se puso el saco a manotazos y salió corriendo.

Ya en su automóvil deportivo, con el motor rugiendo, llamó a casa.

—Bueno, ¿Chelo? ¿Ya llegó mi esposa?

—No, joven Joaquín —contestó Chelo preocupada—. El niño Mateo le avisó a la señora Blanca que llevaba a la señorita Julia a la esgrima y después a comer. Dijo que la había notado muy triste y llorando. ¿Pasó algo, joven?

—Gracias, Chelo.

Colgó.

Apretó el acelerador. El club. Tenía que ser el club.

Llegó derrapando, aventó la puerta del auto y le aventó las llaves al valet sin siquiera mirarlo.

Corrió hacia adentro, pero le cerraron el paso Diana con su madre y Pamela. Las tres con sonrisa de cazadoras.

—¡Joaquín! ¡Qué sorpresa verte por aquí entre semana! —dijo Diana colgándose de su brazo.

Él se soltó brusco.

—Perdón. ¿Han visto a Mateo?

—Ay, qué grosero —dijo Pamela ofendida—. Ni siquiera saludas.

—Mateo no ha venido —dijo la madre de Diana—. Pero quédate con nosotras...

Las dejó hablando solas y corrió hacia el salón de esgrima.

Y ahí los vio.

Julia con el traje blanco de esgrimista, el cabello recogido, la careta en la mano, riendo a carcajadas. Brillante. Viva. Feliz. Como nunca la había visto en su casa. Como nunca había sido para él.

Mateo frente a ella, también riendo, sin casco, despeinado.

Julia se lanzó, ágil, y le dio un golpe limpio en el torso a Mateo. _Touché. Le ganó.

—¡Gané! ¡Te gané! —gritó Julia saltando, feliz, con las mejillas rosadas.

El semblante de Joaquín cambió. Todo el calor se le convirtió en hielo.

Entró al salón aplaudiendo lento, con sarcasmo, cada aplauso retumbando en las paredes.

—Bravo. Bravo —dijo con voz filosa—. Ya tenemos una campeona. La señora Julia Méndez. Ay, perdón. García no, pero de Lerman tampoco. Y de Velasco, mucho menos. Pero sigan, por favor, sigan con su show.

Mateo se quitó la careta, sorprendido, y sonrió con suficiencia.

—¿Qué te pasa, Joaquín? ¿Estás celoso? ¿De mí? ¿No que no quieres a Julia?

—Joaquín sonrió, pero era una sonrisa que no llegó a los ojos.

—¿Celoso yo? ¿De esta? —dijo señalando a Julia con desprecio—. Por favor, Mateo. No me hagas reír. Es solo que se supone que estaban trabajando. Y ella se supone que es una señora casada y está con el cuñado en vez de estar con el marido.

Se cruzó de brazos y caminó hacia ellos, acorralándola.

Julia alzó la barbilla. Por primera vez no bajó la mirada.

—Yo te puedo explicar, no es lo que estás pensando —dijo Julia, pero su voz ya no temblaba.

—Ah, ¿no? ¿Y según tú qué estoy pensando yo, señora? —escupió Joaquín.

—Tú y yo tenemos un contrato —le contestó Julia, firme, mirándolo a los ojos—. Tú me dijiste que jamás me enamorara de ti y me dijiste que no te importaba mi vida, lo que me pasara. Así que no estoy haciendo nada malo. Estoy cumpliendo tu contrato al pie de la letra, Joaquín.

Los dos se quedaron mirándola. Mateo sonrió orgulloso. Pero Joaquín no. Nunca, en todo el tiempo que llevaban casados, Julia le había contestado de esa manera. Nunca le había sostenido la mirada así.

Algo se quebró dentro de él.

Sin decir una palabra, se quitó el saco, se arrancó la corbata y tomó un uniforme de esgrima del perchero.

—Bueno, ya que eres una gran esgrimista —dijo poniéndose el traje con movimientos bruscos—, a ver si con un florete me ganas a mí también. Mejor tú, Mateo. A ver si te acuerdas de cómo se hace.

Mateo lo miró serio.

—Joaquín, no tienes que demostrar nada.—Contestó, Mateo. —

Mateo suspiró y aceptó. Los dos se pusieron los corchetes de seguridad en las puntas. Hicieron la reverencia, el saludo con la espada.

—En guardia —dijo el maestro de sala que había llegado atraído por el ruido.

Iniciaron. Joaquín atacó con furia contenida, pero Mateo, más técnico, le dio el primer punto limpio en el dorso.

—No me pareció —dijo Joaquín jadeando—. Mejor con espada.

Les cambiaron el arma. Les pusieron los corchetes de nuevo. Pero Joaquín al iniciar se fue con más furia sobre Mateo. Sin técnica. Con rabia. Se empujaron, las cuchillas chocaron violentamente. Parada. Ataque.

—¡Touché para Joaquín! —gritó el maestro.

Mateo ganaba 2-1, pero a Joaquín no le importó. Agarró el sable. El arma más agresiva.

Le pusieron el corcho en la punta, pero Mateo levantó la mano.

—Detente, Joaquín. No tienes que demostrar nada. Esto es ridículo.

—¿Acaso me tienes miedo? —le gritó Joaquín con los ojos rojos.




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