Joaquín se la pasó toda la semana en su departamento como niño regañado.
No salía. No contestaba. Solo pensaba en el beso que le había dado a Julia en la fiesta y en cómo ella lo había mirado después, confundida, dolida.
Julia, por su parte, se arreglaba todas las mañanas como si nada pasara, pero no dejaba de pensar en ese beso. Y cada que cerraba los ojos, se le venía también la imagen de Mateo. Su beso suave. Su respeto.
El orgullo de Joaquín no podía con él. No tenía cara para pedirle una disculpa a Julia. Así que casi no cruzaban palabra en la casa.
Le tocó a Julia llevarle unos archivos a la oficina de Joaquín.
Su secretaria le avisó: “Ya puede pasar, señora de Lerman-Velasco”.
Entró Julia. Joaquín la vio y se puso de pie de inmediato, nervioso.
—Julia, deja ahí los documentos, después los reviso —le dijo indiferente, tratando de sonar frío.
A Julia le hirvió la sangre. Molesta, le aventó los documentos sobre el escritorio.
Se volteó y se dirigió a la salida. Él corrió y le ganó la puerta. Ella la abrió y él la cerró de un golpe con la mano.
—¿Qué quieres? —gritó Julia con los ojos llenos de lágrimas—. ¡En el contrato me dijiste que ante los demás íbamos a fingir amor pero que no nos íbamos a enamorar! ¡Yo lo he cumplido! ¡Y tú solo me has tratado como basura y no lo soy!
Joaquín la miró. Por primera vez sin su máscara de millonario.
—De verdad, discúlpame —le dijo con la voz baja—. Yo sé lo del contrato, yo lo redacté, conozco mis cláusulas. Y tú has ido a todos los eventos y yo no pude ir a tu fiesta... perdón.
Se acercó a ella, tan cerca que casi podían besarse.
—Julia... ¿qué dirías si te dijera que siento algo por ti?
Ella lo empujó bruscamente, con fuerza.
—¿Te preguntaría si es asco o lástima? —le gritó—. ¡Como lo dijiste cuando rompiste mis libros!
—Te lo compensaré —dijo Joaquín desesperado.
— ¡No hace falta! —contestó Julia con rabia—. ¡Mateo ya lo hizo! Y solo te aviso que en dos días me voy con Mateo a España a ver a los inversionistas.
Joaquín la tomó de los brazos y la besó con mucha pasión. La abrazó como si se le fuera la vida en ello.
Ella lo rechazó. Le dio una bofetada que retumbó en toda la oficina.
—¡No lo vuelvas a hacer! —le gritó.
Joaquín se acomodó el saco, adolorido, orgulloso.
—Ya te puedes retirar —le dijo frío, para no llorar.
Julia lo miró con odio y dolor.
Iba a abrir la puerta cuando él dijo algo que la dejó helada.
—Julia... te amo.
Ella se quedó congelada con la mano en la manija.
Se volteó lentamente, con los ojos llorosos.
—¿Y cómo creerte si mientes tan bién? Tú lo dijiste, es solo actuación —le dijo.
Y se salió.
Molesta, tocó a la oficina de Don Gonzalo. Ya habían anunciado su llegada.
—Adelante, Julia —dijo Don Gonzalo.
—¿Qué pasa? —preguntó ella tratando de sonreír.
—Me comentó Mateo que va a salir de viaje y me pidió como aprendiz de asistente que lo acompañe por dos meses —dijo Julia con la voz temblorosa.
Don Gonzalo firmaba unas hojas. Cerró la carpeta y la puso a un lado.
—Sí, así es. Van a ver a unos inversionistas —dijo tranquilo.
Se puso de pie, se abrochó el botón del saco y se sentó en la orilla del escritorio frente a ella.
—Sería bueno, Julia, que fueras y te distrajeras de los problemas con mi hijo Joaquín —dijo mirándola con cariño—. Mateo es el más calificado para llevar las riendas del corporativo, pero necesito que Joaquín se quede aquí y empiece a hacerse responsable.
Se acercó un poco más.
—Dime, Julia... ¿de cuánto fue el contrato de matrimonio fingido? Que yo diría... Felicidad Fingida, porque solo fingen y no hay nada de felicidad.
Julia se impactó. Sentada en la silla frente al escritorio, se puso roja. No podía decirlo. ¿Cómo lo supo?
Su expresión lo delató.
Don Gonzalo se puso de pie y prosiguió, caminando.
—Te preguntarás cómo lo sé. Recién que llegamos mi esposa y yo de España, no me pareció la actitud que tomó Joaquín. Lo había notado como un niño malcriado, pero Sergio me lo contó todo.
Hizo una pausa.
—Lo permití. Uno, porque no eres de su tipo. Dos, porque no eres de nuestra clase. Pero lo permití porque eres un gran ser humano, Julia, y puedes hacer cambiar a mi hijo. Que no sea banal, que se enamore del corazón, no de un físico. Y sé que tú puedes hacerlo cambiar, pero es un orgulloso y ególatra que no sé si pueda darse cuenta de lo que valen las personas.
La miró con ternura de padre.
—Les ayudará estar a distancia. Quiero que él se dé cuenta que te extraña y que te necesita. Así que pasado mañana en la mañana se van. Mi esposa está deshecha porque no tiene mucho que regresó Mateo y se tenga que volver a ir. Alista tus cosas. Te prometo que le haré llegar sus pagos a tu madre. No le digamos nada a nadie del contrato... ¿o se lo has dicho a alguien?
—No, solo a Mateo —contestó Julia en un susurro.
—Mateo es muy discreto —dijo Gonzalo—. Hija, arregla tus cosas para salir.
Salía Julia y Don Gonzalo la detuvo.
—Julia... tienes que hablar con tu esposo. Al menos queden en buenos términos. ¿Ya te despediste de tu madre? Sería bueno que le avises.
—Así lo haré —dijo Julia y salió con el corazón latiendo a mil.
Se fue a comer con Mateo y Sarita.
Cinco minutos después, entró de golpe Joaquín a la oficina de su padre. Atrás venía su secretaria:
—Disculpe, señor, pero su hijo...
— No se preocupe, puede retirarse —dijo Don Gonzalo.
La secretaria se fue y Joaquín caminó furioso hacia el escritorio.
—¿Por qué me la quieres quitar? ¡Es mía! —gritó.
—¿A qué te refieres? —contestó Gonzalo tranquilo.
—¡Sabes a lo que me refiero! ¡Julia es mía! ¡Me la quieres quitar llevándola lejos de mí!
—Eso no es cierto. Se van a trabajar, no de vacaciones. ¡Baja la voz, Joaquín! Trata de controlar tu temperamento.
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Editado: 01.08.2026