Julia no aguantó.
En cuanto llegó al restaurante con Mateo y Sarita, corrió al baño. Se encerró y se soltó llorando. Lloraba por Joaquín. Porque lo quería. Y porque él no la quería a ella. O eso creía.
Se tapó la boca para que no se escucharan sus sollozos.
Escuchó que la puerta del sanitario se abrió. Era Sarita.
—¿Julia? ¿Estás bien? —preguntó tocando la puerta.
Julia se controló, se limpió las lágrimas y abrió.
—Sí, estoy bien —dijo con la voz quebrada.
Salieron. Mateo las esperaba con cara de preocupación, pero no preguntó nada. Charlaron, comieron un poco y regresaron al trabajo.
Joaquín ya no estaba. Se había ido con su computadora portátil a su departamento. No quería hablar con nadie.
Ahí estuvo, dando vueltas en su sala como león enjaulado. Vio su cuarto donde estaba su caminadora y se puso a hacer ejercicio hasta quedar sin aire. Se puso los audífonos a todo volumen. Quería dejar de pensar en el "te amo" que le había dicho y en la bofetada que había recibido.
Mateo llevó a Julia a ver a su mamá para despedirse. Le dijo que iba a salir dos meses a España a ver a unos inversionistas.
Su madre la abrazó y le dio la bendición. Lloraron. Manuel la abrazó fuerte.
—Júrame que me la vas a cuidar —le decía la madre de Julia a Mateo entre lágrimas.
—Se lo juro, señora —dijo Mateo con la mano en el corazón.
Julia lloraba porque nunca había salido así de fuera. Nunca se había separado tanto de su familia.
—Ánimo —le dijo Mateo—. Va a ser una gran experiencia para ti.
Se fueron en su auto, con Julia llorando en la ventana.
Llegó a casa. Chelo la estaba esperando en la entrada.
—Niña Julia —le dijo bajito—, el niño Joaquín quiere hablar contigo. Está en su departamento.
Mateo se ofreció a acompañarla porque iba a ir a su departamento que quedaba arriba.
Fueron juntos. La dejó en las escaleras.
—Si se te ofrece algo, voy a estar acá arriba en mi departamento —dijo Mateo—. Pero debes hablar con Joaquín.
Mateo subió a su departamento y escuchó que tocaban la puerta. Creyó que era Julia que regresaba, pero no.
Era Griselda. Había ido a verlo porque lo extrañaba. Quería que la ayudara a hacer su servicio social y quería trabajar en las oficinas.
A Mateo le pareció buena idea.
—Sí, Griselda —le dijo—. Después de que regrese de España, trabajas conmigo. Pero mañana ve con Sergio a la oficina de recursos humanos y te buscaremos algo por mientras, acorde a lo que estudias.
La invitó a comer. Ella le ayudó a hacer de comer unas sincronizadas, pero mejor las hizo Griselda porque Mateo no sabía hacer ni una sincronizada y se les quemaron. Se reían a carcajadas. Griselda por fin se sentía en familia.
En el departamento de Joaquín.
Tocó Julia. Joaquín corrió a abrir la puerta, como si llevara horas esperando detrás de ella.
Julia lo vio. Estaba muy bien arreglado, bañado, con esa loción que la volvía loca. El cabello peinado. La camisa blanca.
—Adelante, Julia —dijo Joaquín con la voz suave.
Ella pasó y se sorprendió. Vio una mesa con dos platos, velas encendidas, luces tenues. Olía a tomate y a albahaca.
—Toma asiento, ya va a estar la comida —dijo Joaquín—. Hice spaghetti a la boloñesa. Es lo único que sé hacer —se rió nervioso. Ella lo veía seria, con los brazos cruzados.
—¿Qué quieres? ¿A qué me llamaste? —dijo Julia fría.
—A disculparme de cómo me he comportado contigo —contestó Joaquín sirviendo los platos y sirviendo vino en las copas—. A fumar la pipa de la paz.
—Julia lo miró fijo—. ¿Por qué?
—Te lo suplico, no vamos a pelear y tengo hambre y me imagino que tú igual —dijo Joaquín.
Era cierto. No habían comido bien en todo el día. Así que comieron. No decían nada, pero Joaquín no dejaba de mirarla.
—¿Qué me ves? —dijo Julia molesta—. ¿Me vas a decir marrano? ¿O que te doy urticaria? ¿O que soy ballena, o mueble, o esta sí, albóndiga con patas?
Joaquín bajó la cabeza. Le dolió escuchar de su propia boca todas las porquerías que él le había dicho.
—Sí, sí lo sé —dijo levantando la voz, pero no de enojo, de culpa—. ¡Fui un imbécil y lo entiendo! ¡Lo siento!
—¿Y dónde está la cámara? —dijo Julia—. ¡Porque no te creo! ¡Tú me dijiste que jamás iba a ver una palabra buena de tu parte y ahora me haces de comer!
Aventó el tenedor sobre el plato y se cruzó de brazos.
—Perdóname, fui un imbécil —repitió Joaquín poniéndose de pie.
Julia también se puso de pie.
—Yo me voy.
—Por favor, Julia, no te vayas así —dijo él acercándose—. Te vas por dos meses y no quiero que te vayas así, enojadas.
Se paró frente a ella. La miró a los ojos. Ella tenía los ojos llenos de lágrimas de coraje y de amor.
Él la besó. Suave primero. Luego apasionadamente. La abrazó como si no quisiera dejarla ir a España.
Le quitó su bolso con delicadeza y le desabrochó su suéter. Ella no lo detuvo.
Abrió la puerta de su habitación y le dijo con la voz ronca, llena de amor:
—Quédate esta noche conmigo.
Julia ya no contestó. Lo siguió besando. Cerraron la puerta de la habitación mientras las velas de la sala se consumían lentamente y se apagaban solas.
Mateo, mientras tanto, llevó en su auto a Griselda a su casa, sin saber que a dos pisos abajo, el contrato de 50 mil pesos se acababa de romper para siempre.
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Editado: 01.08.2026