Felicidad Fingida

CAPÍTULO 33 EL DOLOR PROFUNDO

Despertaron juntos, abrazados.

Joaquín le dio un beso en la frente a Julia para despertarla. Ella se talló los ojitos, aún somnolienta. Joaquín la miró con una gran sonrisa.

—Buenos días, dormilona. ¿Cómo amaneció mi hermosa dama?

Se besaron. Ella sonrió, por fin en paz.

—Buenos días —contestó ella.

—Te traje el desayuno —dijo él.

Se paró de la cama y fue por la charola. Le había preparado pan tostado con mermelada, fruta picada y un vaso de jugo de naranja. Tomó el tenedor, pinchó un pedazo de piña y se lo dio en la boca a Julia.

Se volvieron a besar. Un beso cálido y suave, de esos que hacen olvidar todo lo malo.

—¿A qué hora sale tu vuelo? —preguntó Joaquín.

—Mañana a las 7 am —dijo Julia.

—Entonces tenemos todo el día para nosotros y no vamos a dejar esta cama —contestó Joaquín.

Se reían y comían los dos del mismo plato. Todo era perfecto. Una felicidad fingida que parecía real.

Cuando ella revisó sus mensajes, vio uno de Mateo que le deseaba linda noche y que, al no oír gritos de discusión, suponía que estaban bien. Pero de pronto vio 20 llamadas perdidas y mensajes de Ana.

Joaquín fue al baño y ella siguió bajando.

Había uno en especial que decía: _Ábrelo, Julia, te va a interesar, aunque se rompa nuestra amistad._

Aunque Julia sabía que Ana y Joaquín habían andado en el pasado, algo en su pecho le dijo que lo abriera.

Cuando lo abrió, no aguantó las lágrimas.

Era un video. Joaquín con Ana, en un hotel. Riéndose. Besándose.

Aventó el celular contra la cama y se soltó llorando. Aventó la charola. El jugo se derramó por todo el suelo. Se vistió rápidamente, con las manos temblando.

Oyó el ruido Joaquín de la charola cayendo y salió del sanitario.

—¿Estás bien? —preguntó.

Julia, con lágrimas en los ojos y la voz rota, le gritó:

—¡Solo jugaste conmigo! ¡Mira esa canallada!

Joaquín caminó hacia la cama y tomó el celular. Al ver el video, se quedó helado. No lo podía creer.

—¿En qué momento lo grabó Ana? —murmuró.

—Puedo explicarlo —le dijo Joaquín.

Ella no quiso oírlo y le dio una bofetada que le volteó el rostro.

—¡Esto no te lo perdono! ¡Solo jugaste conmigo! ¡Hiciste burla de mí por ser pobre! ¿Quién te dijo que por ser pobre debo ser la burla de alguien? —gritó Julia.

—¡No, no es así! —gritó Joaquín.

—¡Ya cállate! ¡Yo no voy a regresar con un hombre sin escrúpulos, banal y miserable! ¡Yo no me lo merezco! ¡No te quiero ver!

Salió llorando. Solo quería irse de ahí. Bajó las escaleras corriendo hacia la calle. Corrió sin dirección y atrás de ella iba Joaquín gritando:

—¡Julia, perdóname!

En ese momento iban en la camioneta Doña Blanca con el chófer. Iba a invitar a Joaquín y a Mateo a comer, porque pensaba que Julia ya estaba bien con su hijo antes de irse a España.

El chófer dio el frenón de golpe porque Julia iba atravesando la calle corriendo, llorando, sin fijarse.

—¡Que vayan por ella, puede haber un accidente! —gritó Doña Blanca.

Joaquín los alcanzó y se subió a la camioneta.

—¡Síguela, por favor!

—¿Qué sucede, hijo? ¿Por qué estás así? ¿Qué pasó? ¡Contéstame, por favor! ¡Yo pensé que estaban bien, los iba a invitar a comer! —preguntó Blanca, angustiada.

—Madre, ahora no —dijo Joaquín, llorando—. No la quiero perder, es un malentendido.

Ya no la encontraron. Julia había tomado un taxi.

Pero no fue a su casa con su mamá para refugiarse. Fue a buscar a Ana. Gritaba su nombre en media vecindad.

—¡ANA! ¡ANA, SAL!

Todos salían a ver. Salió su madre. Salió la madre de Julia.

—¿Qué pasa, Julia? —gritó la mamá de Julia al verla así.

Pero Julia seguía gritando el nombre de Ana. Ana no salía.

—¿De qué se trata esto? ¿Qué son esos modos de gritar? —dijo la madre de Ana.

Se acercó la mamá de Julia y defendió a su hija:

—Usted no le grita a mi hija. ¿Qué tienes, Julia? —la abrazó.

Julia, temblando, le enseñó el video a la mamá de Ana.

—¡Esto, mírelo! ¡No que muy mi amiga y se acuesta con mi esposo!

La mamá de Ana se quedó pálida. Solo pudo decir:

—Debe de haber una explicación, hija.

—¡Sí, que me dé la cara! ¡No toda la vida se va a esconder! ¡ANA! —gritó Julia.

La jaló su mamá.

—Ya, hija, cálmate. Vamos a subir y te calmas. Te preparo un tecito.

Ya más tranquila en su cuarto, le contó todo a su madre, pero ya no tenía tiempo. En unas horas se iba a España y no quería verlo ni hablar con él. Su madre le ofreció que se quedara en su casa, pero Julia no quiso, porque sabía que ahí era el primer lugar donde la iba a buscar él.

Y así fue. Cuando escuchó los gritos de Joaquín gritando su nombre desde la calle.

—Mamá, no lo quiero ver, córrelo —le suplicó Julia.

Salió la mamá de Julia y bajaba las escaleras, pero Joaquín ya subía con un ramo de rosas rojas en las manos.

—Quiero verla —dijo Joaquín.

La mamá de Julia, sin pensarlo, le soltó una bofetada. Fuerte.

—Me lo merezco, pero quiero verla —dijo él, aguantando las lágrimas.

—¡No lo quiere ver, ni yo tampoco! ¿Cómo fue capaz de andar con las dos amigas que se criaron juntas en esta vecindad? ¡Eso es no tener nombre! ¡Pero esa muchacha me va a oír! Y a usted le pido que se retire. ¡La ha hecho llorar mucho! ¿Acaso cree que no me daba cuenta cómo venía a verme con los ojos hinchados de llorar? ¡Y se lo pasé muchas veces! ¡Pero ella merece ser feliz y si usted no la va a hacer feliz, entonces déjela que haga su vida con un buen hombre!

A Joaquín le salían las lágrimas. Tenía un nudo en la garganta.

—Aunque usted no me lo vaya a creer, señora, yo amo a su hija. No quiero dejarla así antes de irse. Fue un error, pero aún no estaba con ella —dijo.

—¿Cómo sea? Usted se supone que la quería, por eso se casaron. ¿O solo era una felicidad fingida? ¿Una felicidad a medias? —le reclamó la señora.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.