Mateo fue por Julia.
Ella no quería ir, pero Mateo le dijo que tenía que hacerlo, que era trabajo y que no podía dejarlo tirado con los inversionistas.
Su madre la animó. Se fue así, sin cosas, sin equipaje. El avión ya estaba por salir. Su madre le dio la bendición a Julia y también a Mateo, que la cuidara mucho. Lloraron las dos.
Se fueron en la vagoneta. Mateo ya no pasó a la casa, ya se habían despedido.
Joaquín se encerró en su recámara. Fueron sus padres a verlo. Tocaron, pero no quiso abrir.
—Déjenme en paz.
—Hijo, mi pedacito de algodón —le dijo su madre Blanca. Tenía años que no se lo decía—. Ve, búscala. Su vuelo sale a las 7 a.m. Aclara las cosas, hijo. Lucha por ella, no la dejes con ese dolor.
—Hijo, sal de ahí, que me partes el alma. Ve, búscala —dijo Gonzalo.
Abrió la puerta y se soltó llorando. Su padre y su madre lo abrazaron.
—Ve, búscala, tienes tiempo. Está abajo Adrián, él los llevó. Ya ves que tienen que estar antes —dijo Gonzalo.
Joaquín sonrió entre lágrimas y los besó.
—Sí, voy. Aunque no quiera verme, no voy a dejar de luchar por ella.
Bajó corriendo la escalera, desarreglado y sin dormir. Adrián lo llevó en la vagoneta. Se fueron rápido.
Julia no hablaba. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Mateo la abrazó.
Entregaron los boletos y revisaron el equipaje. Julia no llevaba equipaje. Los revisaron y entraron. Subieron al elevador y después al avión. El miedo que nunca había sentido por subir a un avión no lo sintió, se apoderó más de ella el dolor por Joaquín y se recargó en Mateo.
—Tranquila, Julia. Se te va a pasar. Si no quieres, no hables, y si quieres dormir, también hazlo —le dijo Mateo.
Julia no dijo nada. Estaba desecha.
Joaquín trataba de llegar, pero el tráfico no lo dejaba. Ya no estaba lejos del aeropuerto. Se bajó y se echó a correr. El chofer le gritó en qué andén iban a estar. Corrió como loco, empujando a la gente y pidiendo perdón y permiso para pasar, pero ya no pudo llegar.
Vio a través del ventanal el avión partiendo y gritó:
—¡¡JULIA!!!
Cayó de rodillas, llorando. Los de seguridad lo ayudaron a levantarse y se retiró.
En el avión, Mateo abrazó a Julia y ella estuvo llorando.
Joaquín regresó a su casa. Ahí lo vieron sus padres y, con lágrimas en los ojos, les dijo que Julia se fue y que no la iba a ver. Su padre lo abrazó y se soltó llorando. Su mamá también lo abrazó.
En la noche llegaron a España.
Bajó muy alegre Mateo y dijo:
—Te va a encantar España. Al igual que México, son mágicas, son tierras hermanas. Te va a encantar.
Julia, muy desanimada, dijo:
—Está bien.
—Debemos trabajar, Julia. Yo sé que amas a mi hermano, pero también es culpa de Ana. Era tu amiga, o eso se hizo llamar. Son dos meses en la hermosa España, en Madrid. Es la madre patria que abraza a sus hijos mexicanos. Además... ¿acaso no tienes hambre? —continuó Mateo.
Julia sonrió un poco.
—Sí.
—Vamos a comer algo sin igual. Bienvenida a España.
Se la llevó a comer paella valenciana, la real, la que lleva pollo, conejo y judía verde ancha. La probó. Por un segundo, Mateo la vio reír. Nunca la había comido.
De pronto, Julia dejó la cuchara. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Está mala? —preguntó Mateo, asustado.
Ella negó con la cabeza, tapándose la boca.
—No... es que... me acordé de cómo hace las enchiladas mi mamá. Y de él.
Mateo ya no dijo nada. Solo la abrazó por encima de la mesa, en medio del restaurante lleno de gente en Madrid, mientras ella lloraba por un amor que se había quedado a 9 mil kilómetros.
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Editado: 01.08.2026