Felicidad Fingida

CAPÍTULO 35 ENFRENTANDO A ANA

Joaquín estuvo tomando y llorando en su oficina. No pensó enamorarse de una mujer como ella.

—¿Por qué no le das tiempo y luego vas a España por ella? Está con tu hermano —dijo Sergio.

Joaquín, tomando una copa de coñac, contestó:

—No sé si pueda soportar esta agonía sin ella. Cuando la conocí me daba urticaria verla, pero después no sé qué sucedió y ahora no puedo vivir sin ella.

—¿Qué hay de Ana?

Le molestó a Joaquín oír ese nombre, cuando unas semanas atrás era lo mejor que podía oír. Apretó el vaso y lo aventó al suelo.

—A esa no me la menciones. Voy a hablar con ella. Me arruinó, no me ha dado la cara y necesito que tú la llames y la cites en algún lugar para hablar con ella.

—Sí, ¿y para cuándo quieres la cita?

—Para hoy.

—Estás muy exaltado y así no puedes razonar bien, piénsalo. ¿Y qué hay con el contrato?

—No me interesa, al diablo ese contrato de matrimonio por un año.

—Ni tan al diablo. No conseguiste la presidencia de la compañía por ese contrato.

—Sí, lo sé, pero sin ella no me interesa nada.

Tocaron la puerta.

—Adelante —dijo Joaquín.

Se asomó Odilia.

—Afuera está la señorita Diana, quiere hablar con usted, es muy importante.

—No quiero verla.

Entró Diana empujando a Odilia. Joaquín la miró con desprecio.

—Por favor, déjenos solos. Ah, y Odilia, manda a alguien a que limpie esto.

—Sí, en un momento lo mando, joven.

—Sergio, haz lo que te pedí para hoy, por favor.

—Sí, con permiso —dijo Sergio.

—Adelante —dijo Joaquín.

Se sentó y se cruzó de piernas en el pequeño sofá de dos lugares y él se recargó en el escritorio.

—¿A qué has venido?

—A casarme contigo.

—¿Qué? ¿Estás loca? ¿Cómo crees que me casaría contigo? Ya estoy casado.

—Sí, con la gorda esa, pero no la quieres.

—¿Tú qué vas a saber si la quiero o no?

—No es de tu tipo ni de nuestra clase social. Esa come garnachas o no sé qué coman los de clase baja, pero nosotros, amor, tenemos el mismo nivel social.

—Ni en un millón de años me casaría contigo. Nos la hemos pasado súper bien y en ese caso me casaría con tu hermana Pamela, que está mejor que tú, pero con ninguna de las dos lo haría. Son frías y frívolas.

—¡Ya cállate! Porque si a esas vamos, Joaquín, tú no te quedas atrás. Eres arrogante, engreído y banal, pero en el fondo eres un niño miedoso que a la primera de cambio huyes. ¿Y cómo lo sé? Por el gran préstamo que te dio mi familia. ¿O quieres que sepa tu padre lo del gran desfalco que hiciste a la compañía? Por eso se te ocurrió hacer un contrato para que tu padre te dé la presidencia y tú mismo cubrir ese desfalco. Le debes mucho a mi madre y quiero saldar esa deuda. Te casas conmigo o le digo a tu padre.

—No serías capaz de eso.

—Ponme a prueba.

Se pusieron los dos de pie, ella se colocó su bolso y como siempre iba muy perfecta, con su cabello lacio y perfecto.

—No te atreverías, sabes que no te quiero.

—Ni a la gorda esa, pero te casaste y ahora quiero que te divorcies, acabes con ese contrato con esa gorda pobretona y te cases conmigo. Yo siempre te he amado y te perdonaré todos tus errores, que son demasiados. Te doy tiempo para pensarlo, ¿qué te parece una semana para que arregles tu divorcio y ese contrato absurdo? Me retiro, chao.

Iba Diana a darle un beso, pero él la rechazó. Se fue Diana. Joaquín golpeó el escritorio. Tocaron y era el de limpieza, que empezó a quitar los vidrios del vaso y a limpiar la alfombra.

Joaquín tomó su saco del perchero y cuando iba de salida se encontró con su padre.

—¿Dónde vas, hijo?

—No tengo cabeza para pensar.

—Debes tenerla, ya va a empezar la junta —dijo don Gonzalo.

—Discúlpame con los accionistas.

—Un día te vas a hacer cargo del corporativo, es momento de que te pongas al nivel de lo que vas a tener.

—Está bien —dijo Joaquín y le pidió a Odilia que le diera los informes de los balances de este mes.

Se los entregó y fueron a la junta. Con los accionistas se les entregó como cada mes los balances del corporativo, importación y exportación. Don Gonzalo tuvo que pedirle a Sergio y al licenciado Jiménez las gráficas para explicar lo de los nuevos inversionistas, que de hecho Mateo con una asistente habían ido a cerrar negociaciones para crecer más en el mercado extranjero.

Los accionistas estaban de acuerdo y dijo la mamá de Diana y Pamela:

—¿Cuándo vamos a ver resultados de esas negociaciones?

—Muy pronto. De hecho, mi hijo Mateo y mi nuera fueron para allá, están en España mostrando el proyecto —dijo Gonzalo.

—¿Y es confiable mandar a la juguera con tu hijo? No dudo de la capacidad de tu hijo, ha sido muy exitoso, se le dan los negocios, pero como comprenderás somos accionistas y hablo por todos aquí presentes, ¿cómo puedes confiar en una que vende jugos en el tianguis de su rumbo jodido? —dijo Wanda.

Dijeron todos: sí, sí, eso, sí, ¿cómo confiar?

—No es propio de una dama expresarse de otra así. Ella es humilde, pero tiene ganas de superarse y es la esposa de mi hijo. Wanda, te pediría respeto —dijo Gonzalo.

—Yo hablo del futuro de mis hijas, Diana y Pamela, que es lo que nos dejó su padre antes de morir y no se lo voy a dejar a la que vende jugos en las banquetas.

—No lo hagas, Wanda, si no te parece, retira tus acciones, pero a mi esposa la respetas —dijo Joaquín.

—Qué desafiante eres cuando no has hecho nada por la compañía. Este es un corporativo y es la primera vez que das la cara, así que no me digas qué puedo decir y qué no —dijo Wanda.

—Tiene razón Wanda, nosotros como accionistas queremos resultados. La confianza se gana y aquí está en tu padre Gonzalo y en Mateo, que en dos años en los que se fue hizo crecer el mercado en el extranjero, mientras tú, Joaquín, solo has sido el niño de mamá —dijo un accionista.

Joaquín al oír eso lo tomó de la camisa. Todos los accionistas se pararon y los sostenían Sergio y el licenciado Jiménez.




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