Felicidad Fingida

CAPÍTULO 37 UN ENREDO

En México, Joaquín era presionado casi a diario por Diana, pero le daba igual. Sabía que ella lo quería y no lo iba a meter a la cárcel.

Lo que no sabía es que en el juego iba a entrar Wanda, la mamá de Diana y Pamela. Y ella sí podía meterlo a la cárcel.

Wanda se había casado a los 19 años con un millonario. Al año se embarazó de Pamela y al siguiente de Diana. Nunca le gustó que le dijeran mamá, siempre Wanda, a secas. Siempre iba arreglada, impecable.

Cuando su esposo murió por enfermedad, las tres se quedaron como accionistas. Lo que nadie sabía es que Wanda anduvo a escondidas con Joaquín, con Mateo y hasta con Don Gonzalo. Por eso Gonzalo y Blanca casi se divorcian, aunque Blanca nunca supo quién era la otra.

Mateo se fue. Pamela quería casarse con Mateo, pero él nunca le hizo caso. Al final, las dos hermanas terminaron enredadas con Joaquín. Él anduvo con las tres, pero moldeó mejor a Diana y se alejó un poco de las otras dos. Por eso Joaquín estaba confiado. Con Diana podía manejarlo.

Con Wanda, no.

Wanda casi nunca iba a la empresa, solo a la junta de accionistas una vez al mes. Por eso todos se sorprendieron cuando llegó, con un vestido espectacular, bolsa de marca y marcando estilo a cada paso que daba.

Tocó Odilia en la puerta, nerviosa.

— Señor Joaquín, disculpe, no la pude detener...

Wanda ya había entrado.

— No te preocupes, Odilia. Te puedes retirar — dijo Joaquín.

Odilia cerró la puerta. Wanda se acercó y lo besó en la boca, apasionadamente.

Joaquín se alejó.

— ¿Qué quieres?

— Como siempre, un placer verte — sonrió ella, muy calculadora, sentándose y cruzando las piernas.

— No me has contestado — insistió Joaquín.

— Ya sabes lo que quiero. Lo nuestro solo fue un juego, cariño. Pamela también lo entendió. Pero Diana no. Diana te quiere, aunque has sido un patán con ella.

— Sí, pero a ella le gustó el juego. No es mi problema — contestó Joaquín.

— Claro que es tu problema. Te dimos muchísimo dinero y Diana ha tenido consideraciones contigo. Yo no. Dejas a esa verdulera y te casas con mi hija. Y damos por terminado lo del dinero.

— ¿Y si no lo hago? — se paró y se recargó en su escritorio.

Wanda se levantó muy despacio, sin quitarle la mirada de encima.

— Pues te hundo en la cárcel, Joaquín. Por desfalco a los accionistas y por llevar a la empresa a la quiebra. ¿Qué va a pensar tu papá de ti? Lo perderías todo.

Joaquín se quedó callado, no sabía qué decir.

— Yo misma te sugerí lo del contrato del matrimonio — continuó ella —. Porque pensé que te ibas a casar con mi Dianita. Pero no. Te vas y te casas con una muerta de hambre para que tu papá te herede la empresa. Qué estúpido eres. Tu papá a lo mejor te perdona, pero los accionistas no.

Se acercó y le acarició el cuello de la camisa.

— Mi buen Joaquín... piénsalo. Nosotras no podemos quedarnos en la nada, en la calle. Y seamos honestos, tú no sabrías sobrevivir. Esa vieja nació en la miseria, ella sí sabe salir adelante. Va a estar bien en unos días. Pero tú no. ¿O dime? ¿Te vas a ir a vivir con ella a su vecindad en Iztapalapa a cargar cajas de naranjas y a exprimir jugos toda tu vida? Tú no. Tú eres como mi hija, débil. ¿Te imaginas? Perderlo todo, andar pidiendo prestado para comer... Y si no te perdonan, día tras día en una jaula, viendo el sol unas cuantas horas. Esa carita bonita tuya se marchitaría.

Alzó la voz:

— ¿Cuánto crees que vas a durar? Es tu decisión, Joaquín. ¿La cárcel o la boda? Ha sido tu mujer por años. El amor, como tú mismo dijiste, no existe. Es una estupidez. Digamos que es una felicidad fingida que no te cuesta nada vivir. Piénsalo. Sé que harás lo correcto.

Se fue. Azotó la puerta. Joaquín dio un golpe en el escritorio y aventó todos los papeles al suelo.

Solo podía pensar en Julia. Le mandó un mensaje: _te amo pase lo que pase._

Ella lo dejó en visto. Y de pronto...

_Yo también te amo, Joaquín. Con toda mi alma._

Joaquín sonrió por primera vez en días.




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