Felicidad Fingida

CAPÍTULO 38 JULIA EN ESPAÑA

Los días en España pasaron volando. Le llegó un mensaje de Joaquín y esta vez sí quiso contestarle que lo amaba con toda su alma.

Julia estaba en su cama, mirando la prueba de embarazo.

En ese momento subía Mateo por las escaleras. La señora que limpiaba lo vio y le dijo muy alegre:

— ¡Felicidades, chaval! ¡Enhorabuena, que vas a ser padre!

Mateo se quedó helado.

— ¿Gracias...?

Subió corriendo, abrió la puerta de golpe y gritó:

— ¡¡Julia!! ¡¡Julia!!

Ella salió en bata, asustada.

— ¿Qué pasa? ¿Qué sucede?

— ¿Es verdad? ¿Voy a ser tío? — la abrazó y le besó la frente.

— Creo que sí — susurró Julia, con la prueba en la mano —. Salió positiva.

Mateo gritó de felicidad y la volvió a abrazar.

— Mañana mismo vas al médico para que te lo confirmen. Te juro que voy a ser el tío más consentidor del mundo, lo voy a malcriar. Lo tiene que saber Joaquín, él es el papá.

Le tomó las manos y se las besó.

— Te amo, Julia, con toda mi alma, pero sé que tú amas a mi hermano y él te ama a ti. De verdad, este angelito le va a cambiar la vida.

— Yo amo a tu hermano y quiero a este bebé con toda mi alma — contestó Julia —. Ya tengo 40 años, ya no estoy para ver qué hago. Yo sí lo quiero. Aunque Joaquín no lo quiera, yo sí quiero a mi bebé. Yo le voy a dar todo, que no le falte nada.

Se abrazaron. Julia le pidió que no le dijera a nadie, que ella tenía que hablar primero con Joaquín.

Al día siguiente fueron al doctor. Le confirmaron el embarazo y le dijeron que tenía que cuidarse mucho por su edad.

Mateo tuvo que acelerar lo de los inversores y por fin firmaron.

Esa noche hizo una videollamada a Gonzalo y a Blanca. Les pidió que estuvieran solos, que no estuviera Joaquín y que no se lo dijeran a Julia.

— No griten, que los puede oír el servicio — les dijo en voz baja —. No quería decirlo Julia, pero van a ser abuelos. Y yo voy a ser tío. Joaquín y Julia van a ser papás.

Doña Blanca se soltó a llorar de felicidad. Don Gonzalo también estaba feliz.

— Pero no lo debe saber ella todavía, se lo va a decir Julia — dijo Mateo.

— Va a estar bien, hijo. Tráetela con mucho cuidado, por su edad la tenemos que cuidar el doble. Regresen con bien — contestó Doña Blanca llorando.

Se despidieron y colgaron.

Ya habían pasado dos meses en España. Julia empacó toda la ropa que le compró Mateo. Se despidieron de los empleados y de la señora de la limpieza, que le dio la bendición y le dijo que iba a extrañar mucho a la señora Julia.

Se fueron. Julia lloró. Le había encantado conocer Barcelona, la playa de Marbella y el evento del libro donde ella le regaló su libro a Mateo y él a ella una rosa. Conocer todos los rincones de Madrid, la Gran Vía llena de luces y de ambiente, y los domingos en El Rastro, el mercadillo vintage donde Mateo le compraba sus papas fritas.

Decirle adiós a España le partió el alma. Dejó un pedacito de su corazón de México en España.

Mateo la abrazó.

— Vas a volver, con Joaquín. Él te tiene que traer.

— Eso sí me gustaría — dijo Julia.

Tomaron el vuelo. Julia se puso muy tensa, se quería bajar. Mateo y las azafatas trataron de calmarla hasta que por fin despegaron. Se quedó dormida.

Llegaron en la noche y se fueron directo a la mansión. Todos los recibieron, pero Blanca y Gonzalo la abrazaron llorando y le dijeron que su habitación ya estaba lista para que descansara.

Joaquín estaba detrás de todos, con un ramo de flores y chocolates.

Julia caminó hacia él.

— Bienvenida a casa — le dijo Joaquín.

En ese instante, Julia le soltó una bofetada que le giró la cara. Todos se quedaron helados.

Tomó las flores y los chocolates, luego abrió los brazos, lo abrazó y lo besó, y tiró las flores y los chocolates al suelo.

— Perdóname — dijo Joaquín.

— Es la primera y la última que te la paso, porque jamás te lo volvería a perdonar — contestó Julia.

— No se va a repetir, mi gordita hermosa.

Se dieron muchos besos y más besos. Estaba muy cansada y la llevaron a descansar a su habitación. Quería estar sola. Joaquín respetó, estaba feliz de tenerla de nuevo y de que lo hubiera perdonado. Quería hacer las cosas bien por ella. Se fue a su habitación.




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