Felicidad Fingida

CAPÍTULO 40 LA CONTESTACIÓN DE JULIA

Julia estaba en la casa con su suegra y con Chelo. Doña Blanca nunca se metía a la cocina, pero por Julia lo hizo. Se pusieron a cocinar chicharrón en chile verde con verdolagas, nopales, espagueti con albóndigas y un agua de frutas. Pero no de esa agua que nada más le echas las frutas, noooo, sino una buena agua de frutas, licuada con la fruta y con su fruta picada. Muy deliciosa.

De pronto sonó su celular. Era Joaquín. Muy cortante, solo le dijo que quería verla en el departamento, que necesitaba hablar con ella.

A Julia se le cambió el rostro. Le dijo a Doña Blanca que se tenía que ir. Se quitó el mandil y fue por su bolso. Salió desconcertada. Doña Blanca le gritó que Andrés la llevaría.

Así lo hizo. Llegó al departamento con miedo, subiendo las escaleras. Tocó. Abrió Joaquín y pasó. Él estaba en el sillón, muy frío, en el sofá tomando su coñac y moviendo el vaso en la mano. La veía.

— Pero siéntate, Julia, por favor. Quiero hablar contigo muy seriamente.

Se sentó en el otro sofá.

— ¿Qué pasa? ¿Qué hice? — dijo Julia.

— Nada, Julia. Y eso me desconcierta — dejó la copa en la mesa de centro —. Dime algo. ¿Por qué te enamoraste de mí si fui un desgraciado contigo?

— Por los detalles. Al final, de lo desgraciado que eras...

— De verdad te detestaba. No eras nada de mis gustos. Pero al tratarte, tu forma de ser me enseñó lo que era el amor. Antes de conocerte me daba igual todo y decía que no existía, pero te conocí y tú me hiciste sentir el amor. De verdad te amo, pero tengo muchos errores del pasado que siempre llegarán a escupirme en la cara y no los puedo cambiar, Julia. Habrá veces que me amarás y otras que me odiarás, pero no puedo cambiar mi pasado ni lo que fui. Lo que sí puedes cambiar es lo que soy ahora. Y ahora soy un hombre muy enamorado de ti, pero con miedo de ser humano. Yo estoy acostumbrado a lujos, a una vida bien y no a la pobreza. Yo no nací para ser pobre, Julia. Pero quiero que me digas algo — la tomó de las manos —. ¿Qué harías si te dijera que no tengo nada que ofrecerte? Que este departamento, los coches y las motos no son míos, son de mi padre y le fallé y me corrió sin ni un peso en la bolsa. Me quitó las tarjetas, todo, Julia.

Julia sonrió y se alejó de él un poco, se puso de pie y se sentó junto a él. Le tocó la mejilla.

— Eres un tonto. Yo no me enamoré de ti por tu riqueza, sino porque dentro de esa armadura soberbia hay un gran hombre que tiene miedo y que yo quiero proteger y cuidar. A mi edad ya no estamos para dudar, ya tengo 40 años, a mí ya no me asusta nada. Si estamos juntos, empezamos desde cero. Si tienes miedo a ser pobre, yo te enseñaré que no es tan malo cuando hay amor. Hasta los frijoles valen oro.

Joaquín la abrazó y se soltó llorando. Ella le acariciaba la cabeza.

— Mientras estemos juntos no importa nada — le dijo Julia.

Se besaron y él se separó de ella. Se acercó al librero y le dio sus libros con diurex, los que él había roto, y que ahora había vuelto a empastar.

Se acercó a ella y se arrodilló.

— Perdóname, Julia, por romperlos.

Ella lo besó y lo abrazó.

— No te preocupes, amor.

Se pusieron de pie y la jaló a la recámara. Abrió la puerta y vio la recámara con velas y un corazón de flores en la cama.

— Burlonamente — dijo Joaquín —, antes de que mi padre me quite el departamento, hay que aprovechar la cama.

Se besaron y cerraron la puerta. Se amaron toda la noche.




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