Fenix de Vered: Historias de Merss

48-49

A la mañana siguiente, Eldric despertó con el cuello adolorido. Dormir en un sillón no era lo más cómodo, pero al menos Merss había descansado bien. Se frotó los ojos y miró hacia la cama, donde ella aún dormía profundamente, con su cabello extendido como un abanico dorado sobre las sábanas.

Por un momento, se permitió observarla. No había rastros de tensión en su rostro, ni miedo, ni dolor. Solo una calma que pocas veces había visto en ella.

Suspiró y se puso de pie, estirando los músculos adoloridos.

Justo en ese instante, la puerta se abrió de golpe y Dorion entró con una gran sonrisa.

—¡Buenos días, pareja de recién casados! ¿Cómo fue la noche de bodas?

Eldric le lanzó una almohada en la cara antes de que pudiera decir algo más.

—¡Cállate, viejo entrometido!

Dorion rió con ganas, apartando la almohada y cruzándose de brazos.

—Oh, vamos, ¿ni siquiera un beso en la frente? Qué decepción.

Merss parpadeó somnolienta al escuchar el alboroto y se incorporó lentamente, frotándose los ojos.

—¿Qué ocurre?

Dorion la miró y sonrió aún más.

—Nada, querida Merss, solo que tu protector es un hombre aburrido.

Eldric gruñó.

—Merss, ignóralo.

Merss ladeó la cabeza, confundida como siempre con esas bromas que no comprendía del todo.

—No entiendo… ¿por qué Eldric sería aburrido?

Dorion se carcajeó y palmeó la espalda del otro rey.

—De verdad, me agrada esta chica.

Eldric suspiró, pasándose una mano por el cabello.

—¿Viniste solo a molestar o hay algo importante?

Dorion se encogió de hombros.

—Un poco de ambas. Desayuno en una hora, y después quiero hablar contigo sobre ciertos asuntos políticos.

Eldric asintió, ya más serio.

—Estaré allí.

Dorion salió con su sonrisa burlona, y Eldric se volvió hacia Merss.

—Vístete, nos esperan abajo.

Ella asintió, sin entender del todo lo que pasaba, pero al menos sintiéndose segura.

Merss se levantó lentamente, aún un poco adormilada, y miró alrededor de la habitación. Sobre un biombo de madera tallada con delicados patrones florales, descansaba un conjunto de ropa cuidadosamente preparado.

Se acercó con curiosidad y deslizó los dedos por la tela. Era un vestido largo y fluido de un intenso color rojo, con detalles dorados bordados a mano en intrincados patrones que recorrían el dobladillo y el escote. La tela era suave, ligera, y al moverla, parecía danzar con el aire. Junto al vestido, había un chal semitransparente del mismo tono, con pequeñas cuentas doradas en los bordes, y un cinturón delgado, adornado con filigranas doradas y pequeñas piedras incrustadas.

Merss nunca había usado algo tan elaborado. En la iglesia, sus ropas eran simples, blancas, sin adornos, diseñadas para ocultar en lugar de resaltar. Esto era distinto. Se veía hermoso, casi demasiado para ella.

Se cambió lentamente, sintiendo la frescura de la tela contra su piel. Cuando ajustó el cinturón alrededor de su cintura, el vestido cayó con gracia, resaltando su figura con elegancia sin ser revelador. Tomó el chal y lo colocó sobre sus hombros, dejando que la tela acariciara su piel con suavidad.

Cuando terminó, se giró hacia Eldric, quien la observaba en silencio con los brazos cruzados.

—Te queda bien —dijo finalmente, con un tono que no dejaba ver demasiado.

Merss bajó la mirada, sin saber si era un cumplido o una simple observación.

—¿Es demasiado? —preguntó, insegura.

Eldric negó con la cabeza y se acercó, tomando uno de los extremos del chal y acomodándolo un poco mejor sobre su hombro.

—No —respondió—. Es perfecto.

Merss parpadeó, sorprendida por su respuesta, pero antes de poder decir algo más, él ya se dirigía hacia la puerta.

—Vamos, el desayuno nos espera.

Ella lo siguió en silencio, con una leve calidez en el pecho.

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49

El eco de los gritos del Papa Adriano retumbaba en las paredes de mármol de la catedral. Su voz, normalmente serena y solemne, ahora era un rugido de furia que sacudía a todos los presentes. Los cardenales y obispos, con sus túnicas impecables, permanecían de pie, cabizbajos, sin atreverse a decir una sola palabra.

—¡¿Cómo demonios permitieron esto?! —bramó Adriano, golpeando con violencia su cetro contra el suelo—. ¡¿Cómo pudieron dejar que me la arrebataran?! ¡¿Qué clase de incompetentes son?!

Uno de los cardenales, con el rostro perlado de sudor, se atrevió a dar un paso al frente.

—Su Santidad, enviamos a nuestros mejores hombres... pero...

—¡Pero nada! —Adriano se giró de golpe, sus ojos dorados brillando con una ira descontrolada—. ¡Merss es nuestra! ¡Era nuestra santa, nuestra joya, nuestro milagro viviente! Y ustedes la dejaron escapar como si fuera una simple plebeya.

El silencio era sofocante. Nadie osaba moverse.

El Papa respiró hondo, tratando de calmarse, pero sus manos temblaban de rabia. Caminó con paso pesado hasta su trono y se dejó caer sobre él, llevándose una mano al rostro.

—Esa niña... —murmuró con los dientes apretados—. No puede estar lejos... no puede...

Levantó la vista de golpe.

—Manden más espías. Rastreen cada rumor, cada barco que haya zarpado. Encuéntrenla. Y cuando lo hagan...

Se inclinó hacia adelante, con una sonrisa retorcida deformando su rostro.

—Tráiganmela. Quiero que sufra por esta traición.

Los cardenales asintieron con rapidez y salieron en distintas direcciones. El Papa los observó irse y dejó escapar una risa baja, temblorosa.

—¿De verdad crees que puedes escapar de mí, Merss? —susurró para sí mismo, con los ojos ardiendo de obsesión—. No. Pronto volverás... y cuando lo hagas, nunca más verás la luz del sol.

Adriano apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en la carne. No podía moverse más de lo que ya había hecho. Había enviado espías, asesinos sigilosos, fieles servidores de la iglesia… y ninguno había regresado. Si no habían vuelto con Merss, solo significaba una cosa: estaban muertos.




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