Fenix de Vered: Historias de Merss

109

Eldric permanecía con los demás reyes organizando la defensa.
Si el rey Tritón había hablado de un barco, eso significaba que tenían, como mínimo, un par de días antes de que llegara.

Había que evacuar a la gente de los puertos y de toda la costa.

Sus ojos recorrían el mapa extendido sobre la mesa.
Vilat estaba completamente expuesto al mar, pero eso también significaba que, con una buena defensa, ninguna embarcación debería siquiera acercarse a la orilla.

Pero…
¿Realmente atacarían de frente?

Eldric frunció el ceño.
Todos los reyes estaban reunidos en Vilat.
Sus propios reinos habían quedado sin gobernantes.

¿Qué pasaría si la Iglesia no atacaba Vilat…
¿Sino alguno de los otros puertos?

Exhaló pesadamente, el presentimiento clavándosele en el pecho.
La Iglesia no era predecible. Nunca lo había sido.

Si el Papa había enviado a los soldados negros, entonces esto no era un simple ataque.
Era un movimiento calculado.

—¿Qué pasa, Eld? —preguntó Latem, de pie a su lado, con los brazos cruzados.

—No me gusta esto —murmuró Eldric, trazando una línea sobre el mapa con el dedo—. Si el barco viene directo a Vilat, podemos repelerlo con facilidad. Pero… ¿Y si es una distracción?

Los demás reyes intercambiaron miradas.

—¿Distraernos de qué? —preguntó Ilvana, frunciendo el ceño.

Eldric señaló el mapa.

—Piensen. Todos los reyes estamos aquí. Nuestras capitales están vulnerables. La Iglesia lo sabe.
¿Qué les impediría atacar otro puerto, tomar un reino desprotegido y usarlo como base?

Asterian apoyó ambas manos sobre la mesa, serio.

—Si eso es cierto… podríamos estar rodeados antes de darnos cuenta.

Luthen se llevó una mano a la barbilla.

—No podemos dividir nuestras fuerzas sin pruebas —dijo—, pero tampoco podemos ignorar esa posibilidad.

Kael sonrió con diversión, aunque sus ojos brillaban con astucia.

—Parece que alguien va a tener que espiar un poco.

Dorion golpeó la mesa con el puño.

—Necesitamos confirmar si hay más barcos. No podemos permitirnos una sorpresa.

—¿Enviamos exploradores? —preguntó Meilis.

Eldric negó.

—No. Perder hombres en una trampa sería un error. Pero hay alguien que puede moverse sin ser detectado.

Todas las miradas se posaron en él.

—Azurit —dijo finalmente.

El silencio fue inmediato.

—Si el Reino Profundo ya está involucrado —admitió Luthen—, es nuestra mejor opción.

—¿Y cómo lo contactamos? —preguntó Ilvana, escéptica.

Eldric miró a Latem.

—Merss.

Latem se tensó al instante.

—No.

—Necesitamos su ayuda.

—Está aterrorizada, Eldric —respondió con firmeza—. Apenas puede respirar sin temblar. No voy a empujarla a esto.

El salón quedó en silencio.

Entonces habló la reina Elena, que había escuchado sin interrumpir.

—Si Merss sabe que esto puede salvar a otros… lo hará por su propia voluntad.

Eldric suspiró, masajeándose la sien.

—Entonces esperemos que ella elija ayudar.

La decisión estaba tomada.
Ahora solo quedaba ver si Merss tenía la fuerza para enfrentarse a sus miedos.

Latem no regresó a la habitación.
En su lugar, la reina Elena entró con el té prometido y se sentó junto a Merss.

—No tienes que hacer esto sola —dijo con voz suave—. Déjanos ayudarte.

Merss miró el vapor que se elevaba de la taza entre sus manos. Su mente seguía atrapada entre fuego, gritos y recuerdos que no querían soltarse.

—Ve con los reyes —continuó Elena—. Habla con Azurit. Te protegerán.

Merss tragó saliva.

—No quiero ver más cosas horribles… —susurró.

Elena le acarició el cabello con ternura.

—Lo sé, pequeña. Pero si Vered te muestra estas visiones… es porque puedes cambiarlas.

—¿Y si no puedo?

La reina tomó sus manos con suavidad.

—No tienes que cargar el mundo sola. Tienes a Eldric, a Latem, a Dorion… incluso a Meilis ahora.
Confía en nosotros. Y confía en ti.

Los ojos de Merss ardieron, pero se negó a llorar.

—Azurit quiere ayudarte —añadió Elena—. Déjalo. Déjanos también. No eres una santa que deba sufrir en silencio.

Merss respiró hondo.
Se aferró a la calidez de esas manos… y asintió.

—Iré.

Elena sonrió y besó su frente.

—Esa es mi niña.

Merss se puso de pie con más determinación.
No quería ver más fuego.
Pero tampoco quería quedarse quieta mientras otros luchaban por ella.

Eldric y Latem estaban de pie junto a la puerta cerrada.

—Esa es mi niña… —Escucharon decir a la reina Elena desde dentro.

Latem soltó un suspiro de alivio y apoyó la frente contra la pared.

—Menos mal… —murmuró.

Eldric cruzó los brazos, resoplando.

—Hmph. Decidió muy rápido.

Pero su voz carecía de dureza.

Latem lo miró de reojo, divertido.

—¿Desde cuándo eres tan impaciente, oh gran rey de Tegica?

Eldric le lanzó una mirada fulminante.

—No digas estupideces.

Latem sonrió con descaro.

—Tal vez querías ser tú quien la convenciera.

Eldric chasqueó la lengua y apartó la mirada.

—Cierra la boca.

El leve rubor en sus orejas lo delataba.




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