Merss esperó a que cayera la noche.
Había dicho que saldría por la mañana para hablar con Azurit…
Pero decidió ir sola.
Y ahora.
Salió por la ventana y cayó suavemente desde el segundo piso, usando la manipulación de hilos temporales para ralentizar su descenso. Cada vez controlaba mejor sus poderes. Había practicado en silencio, rompiendo pequeños objetos y regenerándolos una y otra vez, hasta dominar el pulso exacto.
Se deslizó entre plantas y arbustos. Había más soldados vigilando que de costumbre, pero Merss estaba acostumbrada a escabullirse. Durante años lo había hecho en la Iglesia para robar comida.
No estaba orgullosa…
Pero ahora le salvaba la vida.
Tardó casi una hora en llegar a la playa.
El miedo la acompañó todo el camino.
¿Y si el barco ya había llegado?
¿Y si los soldados negros la atrapaban?
Sacudió la cabeza.
—Soy fuerte… —se dijo en voz baja.
Se sentó en la orilla, dejando que el murmullo del mar la envolviera.
Azurit ya la estaba esperando.
Por alguna razón, siempre había sabido que ella vendría.
Emergió del agua caminando.
—¡¿Tienes piernas?! —exclamó Merss, poniéndose de pie con sorpresa.
Azurit rio y se sentó a su lado.
—Graciosa, Santa… ¿Eso es lo primero que dices?
Merss volvió a sentarse. No respondió.
Solo miró la luna reflejada en el mar.
—Es solo un barco —dijo Azurit, atrapando un mechón de su cabello—. Pero ya llegó a un puerto.
—¿Solo uno? —preguntó ella, con el ceño fruncido.
—Son muchos humanos… y algunos se ven astutos.
Bajaron hace un día en una playa de Setia. Acuario los vio usar magia para teletransportarse hacia Letón.
Azurit apoyó la cabeza en el hombro de Merss.
—Quizás ya estén en Vilat.
Merss suspiró.
Los soldados negros eran expertos. Azurit podía tener razón.
—Gracias por la información —murmuró, apoyando su cabeza contra la de él.
Azurit se puso de pie y caminó hacia la orilla.
—No puedo protegerte en tierra santa —dijo—. Pero apenas toquen el mar… Acuario y yo los destruiremos.
Merss lo observó regresar al agua.
Se levantó, se sacudió la ropa y comenzó el camino de vuelta al palacio, despacio, pero con decisión.
Si por su culpa atacaban Vilat…
Entonces ella misma arreglaría todo.
Tenía una familia que proteger.
La familia del rey Dorion.
Cuando regresó al palacio, el aire nocturno aún la envolvía. Su mente iba a mil, pero su determinación era firme.
Si los soldados negros ya estaban allí, tendría que enfrentarlos.
No permitiría que dañaran a la gente que la había acogido.
Subió por la misma ventana por la que había salido…
Y entonces sintió una presencia detrás de ella.
—¿Pensaste que podrías engañarnos tan fácilmente?
Merss se giró bruscamente, el aire atorándosele en la garganta.
Eldric y Latem estaban allí.
Latem, de brazos cruzados, la miraba con fastidio puro.
Eldric sonreía de una forma que no auguraba nada bueno.
—Así que la dulce Santa también sabe escaparse a escondidas —dijo Eldric con burla.
Merss abrió la boca…
Y tropezó.
Cayó de bruces con un jadeo.
—¡Maldición! —gruñó Eldric, acercándose para ayudarla.
Latem suspiró y le tendió la mano.
—¿Estás bien?
—S-sí… —murmuró ella, avergonzada, evitando mirarlos.
Eldric le dio un golpecito en la frente.
—No me digas “sí” tan tranquila cuando claramente hiciste algo peligroso.
—¿Cómo lo supieron…? —preguntó Merss.
Latem rodó los ojos.
—No puedes quedarte quieta cuando te preocupas. Y la reina Elena te convenció demasiado fácil de esperar hasta la mañana.
Eldric cruzó los brazos.
—Así que decidimos vigilarte. Y mira qué sorpresa: la Santa intentando resolverlo todo sola. Otra vez.
Merss bajó la cabeza.
—No quería involucrarlos…
—¡Pues ya es tarde! —replicó Latem—. Desde que decidimos protegerte, esto también es nuestro problema.
Eldric apoyó una mano en su cabeza y le revolvió el cabello.
—No puedes cargar con todo tú sola, Merss.
—Pero… si ya están en Vilat…
Latem la tomó de los hombros.
—Precisamente por eso. No estás sola. ¿De verdad crees que te dejaremos enfrentarlos sin nosotros?
—¿Y si alguien sale herido por mi culpa…?
Eldric volvió a tocarle la frente, más suave.
—¿Quién te metió en la cabeza que todo es tu culpa?
Merss no respondió.
La tembló a un medio abrazo.
—Lo haremos juntos.
—De acuerdo… —susurró ella.
—Bien —dijo Eldric, sonriendo—. Porque ya tenemos un plan.
Merss respiró hondo y les contó todo lo que Azurit le había dicho.
Eldric chasqueó la lengua.
—Eso confirma nuestras sospechas.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella.
—Suponer que ya hay espías en el palacio —respondió Eldric—. No atacarán de frente. Actuarán en las sombras.
—Reforzaremos la seguridad —añadió Latem—. Solo gente de absoluta confianza podrá acercarse a ti.
—¿Y si no sabemos en quién confiar?
Eldric sonrió con astucia.
—No confiaremos. Solo en los que ya conocemos. Y en Kael… porque ese mocoso es peligrosamente listo.
—También fingiremos ignorancia —dijo Latem—. Si creen que nos tomaron por sorpresa, cometerán errores.
Merss dudó.
—No quiero que nadie sufra por mi culpa…
—Estamos en guerra —respondió Eldric con firmeza—. Y si no actuamos, tú serás la que pague el precio.
Latem apretó suavemente su hombro.
—Confía en nosotros.
Merss los miró…
Y asintió.
—Bien —dijo Eldric—. Entonces prepárate.
Su sonrisa se afiló.
—Porque a partir de ahora… la caza comienza.