Fenix de Vered: Historias de Merss

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Y así lo hicieron.

El rey Kael había rediseñado cada rincón del palacio. Conocía Vilat como un tablero de ajedrez: pasillos, balcones, salidas ocultas, puntos ciegos. Hizo que Merss caminara solo por rutas específicas, siempre vigilada.

En las sombras estaban Loss, atento y silencioso.
Latem, como un muro imposible de mover.
Y Rhenard, el general más confiable de Dorion, con ojos que no perdían detalle.

Fuera del reino, las cosas también se movían.

En Dueria, los mercenarios fueron en su mayoría capturados o eliminados.
Meilis y su lanza no dejaron margen de error.
Asterian atravesó filas enteras con su espada veloz.
Ilvana derribó objetivos imposibles con su arco y su ojo de halcón.

Algunos huyeron.

Pero todos sabían la verdad.

Eso solo había sido una distracción.
El verdadero objetivo siempre había sido Merss.

Durante varios días, todo funcionó.
No hubo ataques.
No hubo traidores.
Ni una sola señal.

Hasta que Merss salió de la ruta protegida.

Escuchó una voz pidiendo ayuda.

Y no pudo ignorarla.

Su corazón latía con fuerza mientras se alejaba del camino marcado por Kael. Los pasillos oscuros del palacio parecían alargarse, deformarse, pero la voz débil seguía resonando.

—Por favor… ayúdenme…

—No puede ser una trampa… —se dijo—. Suena demasiado real…

Dobló una esquina.

En el suelo había una mujer encogida, vestida como sirvienta. Temblaba, su rostro empapado en lágrimas.

—S-santa Merss… —balbuceó al verla—. P-por favor… me atacaron… no sé qué pasó…

Merss corrió hacia ella sin dudarlo.

—Tranquila. Estás a salvo ahora…

Se arrodilló y tomó su mano con suavidad.

La piel estaba fría.
Demasiado fría.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—Algo no está bien…

La mujer alzó el rostro… y sonrió.

El filo de un cuchillo rozó el cuello de Merss.

—Eres demasiado buena, Santa.

La voz ya no temblaba. Era fría. Vacía.

Merss se quedó inmóvil.

—Perdóname, Vered…

El impacto la lanzó al suelo.

El cuerpo de la mujer se retorció, su piel deshaciéndose como cera derretida, revelando una armadura oscura debajo.

Un soldado negro.

Uno de los asesinos más letales de la Iglesia.

El peso del enemigo la inmovilizó. El cuchillo presionó con precisión milimétrica su garganta.

—Caíste como una niña ingenua —susurró—. Tal como dijeron.

Merss intentó moverse.

El filo se hundió apenas, dejando una línea de sangre.

—No intentes nada.

Su respiración se volvió errática.

—¿Por qué…? —susurró—. ¿Por qué no me dejan en paz…?

El Soldado Negro la observó sin emoción.

—No puedes existir.

Alzó el brazo.

Listo para comenzar el juego de la tortura.

Entonces—

Una explosión de chispas azules iluminó el pasillo.

El Soldado Negro salió despedido contra la pared, su cuerpo convulsionando por la descarga.

—¡POR TODOS LOS DEMONIOS, MERSS!
¡¿CUÁNTAS VECES TENGO QUE DECIRTE QUE NO CAMINES SOLA?!

Eldric estaba allí, los ojos encendidos de furia, la magia crepitando en sus manos.

Latem apareció un segundo después, espada desenvainada.

Merss pudo respirar.

—¡Maldito reino…! —escupió el Soldado Negro, intentando levantarse.

La bota de Latem cayó sobre su pecho, clavándolo al suelo.

—No tan rápido.

Eldric levantó la mano.

—Habla… o te hago explotar desde dentro.

Merss observaba, temblorosa, con las manos cubriéndole la boca.
Nunca los había visto así.
Tan feroces.
Tan decididos a protegerla.

El Soldado Negro rio.

Una risa leal. Fanática.

—Buenas noches, Santa Merss… —susurró—. La pasarás bien en Dueria.

Sonrió. —Y el cuchillo… estaba envenenado.

Eldric no necesitó más.

Merss se tambaleó y cayó de rodillas.

—¡Merss!

Eldric la sostuvo antes de que tocara el suelo.

Su piel estaba pálida. Sudor frío en la frente.

—No… me siento bien…

Latem tocó su frente.

—Está ardiendo.

Eldric miró la herida. Pequeña. Superficial.

Pero la piel alrededor ya se ennegrecía.

—Maldita sea…

El Soldado Negro sonreía.

Eldric chasqueó los dedos.
Una descarga recorrió el cuerpo del asesino hasta dejarlo inerte.

—No hay tiempo.

Latem cargó a Merss.

—Con mi madre. Ahora.

Eldric abrió paso, la mandíbula tensa.

Tenían que salvarla.

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Kael estaba furioso.

El plan había sido perfecto.
Cada variable calculada.

Excepto una.

Golpeó la mesa con fuerza, los puños temblándole.

—¡Todo estaba calculado!

Los mapas seguían extendidos, impecables.
Y aun así… todo se había roto.

—Una sola orden —gruñó—. Solo tenía que seguir el camino.

Asterian lo miró con severidad.

—No calculaste su humanidad.

—Eso no es humanidad —escupió Kael—. Es estupidez.

Ilvana suspiró.

—Nunca ha pensado en su propia seguridad.

—Y eso la convierte en un peligro —replicó Kael—. Para ella y para todos.

Meilis lo fulminó con la mirada.

—Mide tus palabras, niño.

Kael sostuvo su mirada.

—No soy un niño. Y tú sabes que una líder que no sigue órdenes es un riesgo.

Luthen se levantó con la gracia serena que lo caracterizaba. Su largo cabello blanco cayó como un río de luz mientras avanzaba hacia el centro de la sala.

—Basta.

No alzó la voz. No lo necesitó.

Aun así, todos los reyes —incluso Kael— guardaron silencio.

El elfo los observó uno por uno, sus ojos brillando con una sabiduría antigua, pesada como los siglos.

—Hemos olvidado algo fundamental —dijo con calma—. Merss no es una estratega. No es una guerrera. Tampoco una líder militar. Es una santa. Y su esencia es la compasión.




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