Feria De Lo Divino: El LÍmite De La Realidad

CAPÍTULO 2: EL CARACOL MÁGICO

Clara se adentró en el bullicio vibrante de la feria, impulsada por una fuerza que parecía surgir de lo más recóndito de su ser. Cada paso la acercaba al caracol gigante, una criatura que, a pesar de su lentitud, irradiaba una energía cautivadora. Su caparazón, adornado con joyas resplandecientes, reflejaba las luces de la feria como fragmentos de estrellas caídas, mientras se movía con un ritmo hipnótico, como si el tiempo se detuviera a su alrededor.

La multitud se aglomeraba, susurrando leyendas sobre su magia. Se decía que tocar su caparazón podía ofrecer vislumbres del futuro; un futuro que podía ser tanto un regalo como una maldición. Clara, con su insaciable curiosidad, no pudo resistir la tentación.

Con cada paso, las risas y los gritos de la feria se desvanecían en un eco lejano, dejando solo el sonido de su respiración. El caracol parecía observarla, sus pequeños ojos centelleantes asomándose entre las joyas, como si conocieran secretos que ella aún no podía imaginar.

—¿Te atreves a descubrir lo que te espera? —susurró una voz entre la multitud, un eco de la risa del juglar.

Clara tragó saliva y, con mano temblorosa, extendió los dedos hacia el caracol. Su piel brillaba con un resplandor etéreo, y al tocarlo, una corriente helada recorrió su brazo. En ese instante, todo se desvaneció. La feria, los murmullos, las luces; todo se convirtió en sombras danzantes que susurraban secretos oscuros.

Vislumbres de su futuro se desplegaron ante sus ojos como un caleidoscopio de imágenes distorsionadas. Se vio a sí misma en un hogar desconocido, rodeada de figuras que apenas podía reconocer. El rostro de su madre, marcado por una profunda tristeza, se superpuso al de una joven desconocida que la miraba con amor y desesperación.

Clara sintió un tirón en su corazón; los recuerdos de su infancia, felices y perturbadores, comenzaron a entrelazarse. Las risas de su madre se convirtieron en gritos, en una noche oscura que nunca había vivido, pero que, de alguna manera, sabía que le pertenecía. En un instante fugaz, la joven desconocida la miró intensamente, su rostro lleno de advertencias y promesas, antes de desvanecerse en una bruma oscura.

Cuando finalmente liberó su mano del caparazón, el mundo regresó de golpe. Clara se halló de nuevo en la feria, la risa y el bullicio volviendo como un torrente desbordante. Pero el caracol ahora parecía más grande, más imponente, como si hubiera absorbido su miedo y sus anhelos. La multitud la observaba con miradas curiosas, unas llenas de compasión, otras con asombro inquietante.

—¿Qué viste? —preguntó un niño, con una mirada que mezclaba inocencia y malicia.

Clara, aún aturdida, no supo qué responder. Las sombras que la rodeaban parecían ahora más densas, como si estuvieran al acecho. Una sensación de urgencia comenzó a apoderarse de ella. Las visiones no eran simples ilusiones; había algo en ellas peligroso y real.

Se dio la vuelta para alejarse, pero su camino se desdibujó. Los espejos en las carpas reflejaban imágenes distorsionadas de ella misma: versiones de Clara que reían, que lloraban, que miraban con desesperación. Debo descubrir la verdad, se repitió, aunque una parte de ella temía lo que podría encontrar.

Mientras se alejaba, la voz del juglar resonó en su mente: Cada deseo tiene un eco. Clara sabía que su búsqueda apenas comenzaba, y que cada decisión podría abrir puertas que preferiría mantener cerradas. Pero la feria de San Lúcido no se lo permitiría.




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