Feria De Lo Divino: El LÍmite De La Realidad

CAPÍTULO 4: LA CASA DEL ESPEJO

Clara se adentró en la Casa del Espejo. A primera vista, parecía una simple atracción, pero el ambiente en su interior era denso, casi tangible, como si los cristales guardaran susurros y secretos que debían permanecer ocultos. Las paredes de espejos ofrecían una visión distorsionada. La luz se descomponía en mil colores, y las sombras se retorcían en las esquinas.

Al cruzar el umbral, un escalofrío recorrió su cuerpo. La risa del juglar aún resonaba en su mente, un eco que parecía advertirle. Se acercó a un espejo y, al mirarse, no solo vio su reflejo, sino una versión retorcida de sí misma. Su rostro se transformó en una caricatura grotesca, con ojos desmesuradamente grandes y una sonrisa torcida que parecía burlarse de ella.

Clara retrocedió, pero los espejos la seguían. Cada uno reflejaba no solo su figura, sino sus miedos más profundos, sus inseguridades ocultas. En uno de ellos, se vio rodeada de figuras familiares, cuyos rostros eran opacos y vacíos, como si el tiempo hubiera despojado sus emociones. Esa imagen la llenó de angustia.

—Mira, Clara —susurró un espejo, su voz resonando como el tintineo de campanas—. Observa cómo temes ser vista. ¿Qué se oculta detrás de esa fachada de curiosidad?

Clara dio un paso atrás. El aire se tornaba más pesado. Los espejos comenzaron a reír, una risa siniestra que resonaba en el silencio. Cada carcajada distorsionaba su figura hasta volverla casi irreconocible. En uno, sus manos se transformaron en garras; en otro, su piel se volvió gris y descascarada, como la de un espectro.

—Eres un reflejo de tus miedos, de tus dudas —continuó otro espejo—. No puedes escapar de ellos. Son parte de ti.

Clara se sintió atrapada en un torbellino de desesperación. Intentó huir, pero el pasillo se extendía interminable. Cada espejo le gritaba su verdad oculta. No eres suficiente, susurraban, no puedes ser quien anhelas ser. Las imágenes se distorsionaban, revelando nuevas facetas de su ansiedad. Se vio fracasando, decepcionando a su madre, quedándose sola en la penumbra.

—¿Qué harías si supieras que nadie te observa? —inquirió uno de los espejos. Su superficie resplandecía como la calma de un estanque, pero lo que mostraba era todo menos pacífico.

La pregunta la atravesó como un rayo. Clara se sintió inmóvil. ¿Qué haría si no hubiera nadie que juzgara sus elecciones? La imagen de la joven desconocida volvió a su mente, recordándole que, en la búsqueda de la libertad, a veces se pierde el camino de regreso.

Con un grito ahogado, se cubrió los ojos y giró sobre sus talones, decidida a escapar. Pero la casa parecía no tener fin. Los espejos se multiplicaban, cada uno capturando fragmentos de su ser. Se sintió acorralada.

Finalmente, un espejo diferente llamó su atención. En él, Clara no solo vio su reflejo, sino una luz tenue y dorada que brotaba de su interior. Como si en medio de su confusión existiera una chispa de esperanza. Recordó sus sueños, su deseo de explorar el mundo más allá de San Lúcido, de encontrar su propia voz en medio del ruido.

—Eres más que tus temores —susurró al espejo, su voz temblorosa pero decidida—. Soy más que esto.

Los espejos comenzaron a vibrar. El eco de sus risas se desvaneció, como si su afirmación hubiera cobrado fuerza. Clara sintió que las sombras se retiraban, al menos por un instante, y la luz dorada se expandía.

Se miró una última vez en el espejo y una sonrisa auténtica brotó de su corazón, un destello de alegría que iluminó su rostro. Sabía que, aunque sus temores podían nublar su percepción, jamás tendrían el poder de definirla por completo. Con una firmeza renovada, se dio la vuelta y se lanzó hacia la luz, lista para enfrentar lo que el destino le tenía preparado.




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