Feria De Lo Divino: El LÍmite De La Realidad

CAPÍTULO 5: LA RISA DE LOS MUERTOS

Clara se adentró en los oscuros corredores de la feria, su corazón aún latiendo con fuerza tras la experiencia en la Casa del Espejo. La atmósfera había cambiado. Un silencio inquietante envolvía el ambiente, interrumpido solo por el eco lejano de risas que resonaban como recuerdos de un pasado olvidado. La curiosidad, ese impulso incontrolable, la llevó hacia el rincón de donde emanaban aquellas risas, un lugar que parecía devorar la luz misma.

Al llegar, Clara se detuvo en seco. En la penumbra, un grupo de figuras espectrales se reunía alrededor de una mesa, jugando a las cartas. Sus rostros eran vagos, apenas sombras de lo que alguna vez fueron, pero sus risas sonaban nítidas, cristalinas, impregnadas de una alegría macabra que flotaba en el aire como campanas de un funeral lejano.

Las cartas se deslizaban entre sus manos etéreas, girando y danzando en un juego que parecía ser tanto diversión como tortura. A medida que Clara se acercaba, pudo captar los murmullos que intercambiaban, llenos de bromas oscuras sobre el destino y la fortuna.

—¿Te gustaría unirte a nuestra partida, amiga? —preguntó uno de ellos, una figura ataviada con un sombrero de copa que se movía como un péndulo en la brisa de lo etéreo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Clara, pero la atracción del misterio superaba su miedo. Se acercó un poco más, y las almas se volvieron hacia ella, sus ojos vacíos reflejando una mezcla de curiosidad y diversión.

—¿Quién te crees para interrumpir nuestro juego? —inquirió otra figura, con un guiño burlón.

—Soy Clara —respondió, esforzándose por controlar el temblor en su voz—. He venido a explorar la feria.

Los espectros estallaron en una risa que reverberó en el aire, entrelazando alegría y desesperación en una melodía inquietante.

—Explorar, dice —susurró una mujer con un vestido raído que danzaba como humo—. ¿Crees que esta feria tiene límites? Aquí no hay salida para los que están atrapados. Solo risas y cartas.

—¿Están... atrapados? —preguntó Clara, sintiendo cómo el horror se instalaba en su pecho.

—Oh, sí, querida. Este es nuestro calabozo y nuestro placer —respondió el hombre del sombrero de copa, lanzando un as de corazones sobre la mesa—. Hemos olvidado el sabor de la libertad, pero las cartas siempre nos entretienen. Cada mano es un eco de lo que solíamos ser.

Clara observó cómo el juego proseguía, las almas riendo con una locura sutil. La imagen de aquellos seres, condenados a reír mientras el tiempo se desvanecía, le provocó una mezcla de miedo y tristeza.

—¿Por qué ríen? —se atrevió a preguntar.

—Porque es lo único que nos queda —respondió la mujer, su sonrisa distante—. En esta feria, la risa es nuestro refugio. Nos burlamos de lo que no podemos cambiar. La vida nos trajo aquí, y ahora el tiempo nos ignora.

De repente, uno de los espíritus se levantó, sus ojos oscuros fijos en Clara.

—¿Quieres jugar? Un simple juego de cartas. Si ganas, podrás llevarte algo de nosotros, un fragmento de nuestra esencia. Pero si pierdes, deberás quedarte con nosotros, un eco más en este ciclo interminable.

La propuesta hizo que el corazón de Clara se detuviera. La curiosidad era abrumadora, pero la posibilidad de quedar atrapada la llenaba de pavor. Sin embargo, algo en su interior le decía que debía enfrentar este reto.

—De acuerdo —respondió con determinación—. Participaré.

Las almas estallaron en una risa renovada, una mezcla de júbilo y expectativa. Clara se acomodó en la mesa, sintiendo el peso de sus miradas. Los ecos de su decisión resonaron, y el juego estaba a punto de comenzar, marcando el inicio de una partida que no solo definiría su destino, sino también el de aquellos que habían olvidado cómo escapar de su propio laberinto de risas y sombras.




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