Feria De Lo Divino: El LÍmite De La Realidad

CAPÍTULO 7: LA NOCHE ETERNA

La feria cambió cuando el sol desapareció.

No fue un apagón repentino, sino algo más sutil. La luz se debilitó como si alguien la estuviera drenando desde el cielo, y las bombillas colgadas entre los puestos comenzaron a titilar, inseguras. Una a una.

Clara lo notó de inmediato.

Se detuvo.

El murmullo de la multitud seguía allí, pero sonaba distante, como si viniera desde muy lejos o desde otro lugar. El aire, antes tibio, ahora pesaba sobre su piel. Respirar requería un esfuerzo que no podía explicar.

Avanzó un paso.

La feria seguía en su sitio... y, sin embargo, no era la misma.

Las sombras se alargaban más de lo posible, desobedeciendo la dirección de la poca luz que quedaba. Algunas parecían moverse por su cuenta, deslizándose entre las estructuras de madera y las lonas de colores apagados.

Clara entrecerró los ojos.

Podía regresar, pensó.

Bastaba con girar, buscar la salida, volver a donde la música aún sonaba normal, donde la gente reía sin esa tensión invisible que ahora flotaba en el ambiente.

No lo hizo.

Algo la mantenía ahí.

Un tirón sutil, casi imperceptible, pero constante.

Como si la feria la hubiera elegido.

Siguió caminando.

A cada paso, el sonido cambiaba. Las risas se distorsionaban, alargándose más de lo natural, hasta volverse irreconocibles. Un carrusel cercano giraba con lentitud, emitiendo una melodía desafinada, como si estuviera siendo tocada por manos torpes o cansadas.

Clara pasó junto a él sin detenerse.

No quería mirar demasiado.

No quería descubrir qué lo había vuelto... así.

Un crujido la hizo girar la cabeza.

La rueda de la fortuna se alzaba frente a ella, recortada contra un cielo que ya no era del todo negro ni del todo real. Sus cabinas se balanceaban con un movimiento irregular, como si algo dentro de ellas se agitara.

Clara tragó saliva.

El impulso de huir regresó, más fuerte esta vez.

Pero entonces...

—Clara...

La voz fue apenas un susurro.

Tan tenue que por un instante creyó haberlo imaginado.

Se quedó inmóvil.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza en el pecho.

—Clara...

Esta vez no hubo duda.

Venía de algún punto más adelante, entre los puestos y las sombras que parecían abrirse a su paso.

No reconoció la voz.

Y, sin embargo, algo en ella le resultaba inquietantemente familiar.

Clara dio otro paso.

Luego otro.

El aire se volvió más frío.

La feria, detrás de ella, pareció apagarse aún más, como si cada decisión la empujara hacia un lugar donde la luz ya no tenía derecho a existir.

Dudó.

Podía detenerse.

Podía ignorar la voz.

Podía fingir que nada de esto estaba ocurriendo.

Pero no lo hizo.

Porque, en el fondo, sabía una cosa con absoluta certeza:

Si daba la vuelta ahora... nunca entendería qué la había llamado.

Y eso le aterraba más que cualquier sombra.

Clara avanzó hacia la oscuridad.




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