Feria De Lo Divino: El LÍmite De La Realidad

CAPÍTULO 9: EL LABERINTO DEL OLVIDO

Al atravesar el umbral de la penumbra, Clara se halló en un laberinto sin fin. Las paredes estaban impregnadas de un polvo grisáceo que parecía devorar la luz, y cada paso retumbaba en un silencio abrumador. A su alrededor, puertas de diversas formas y estilos se alineaban, cada una con un diseño singular, como si fueran fragmentos de su propia existencia.

Clara se detuvo ante la primera puerta. Era pequeña y desgastada, adornada con un sutil relieve que parecía narrar una historia. Comprendió que cada puerta representaba una elección, y cada elección podía desvelar verdades inquietantes sobre su vida.

Con una mezcla de curiosidad y temor, extendió la mano hacia la primera puerta. La madera era fría al tacto. Al abrirla, un torbellino de luz la envolvió. Clara se vio transportada a un jardín donde el aroma de flores frescas impregnaba el aire. Allí, en medio de un paisaje vibrante, estaba su madre, riendo mientras regaba las plantas. El eco de su risa resonó en sus oídos, y Clara sintió una oleada de nostalgia.

Pero la escena comenzó a desvanecerse. La risa de su madre se convirtió en un eco distante. Clara comprendió que, aunque ese momento era hermoso, también era un recordatorio de lo que había perdido. La puerta se cerró de golpe, dejándola nuevamente en el laberinto.

Respiró profundamente y se dirigió hacia otra puerta. Era alta y oscura, decorada con intrincados patrones que parecían danzar. Al abrirla, el aire se tornó frío y denso. Se encontró en una habitación vacía, donde ecos de gritos resonaban como un canto de sirena. Vio a su padre, sentado solo, con una expresión de desolación. Recordó la tristeza que había envuelto su hogar tras la muerte de su madre. La impotencia y la soledad en sus ojos le atravesaron el alma.

Clara sintió un dolor que la envolvía como un abrazo helado, recordándole lo frágil que era la existencia. Su familia había sido un mosaico de risas y luz, pero también de sombras y lágrimas. Cerró la puerta de golpe, sintiendo cómo las lágrimas brotaban de sus ojos.

Continuó su camino. Algunas puertas abrían recuerdos dulces, otras momentos amargos, pero cada una estaba tejida con la misma esencia de amor y pérdida. Una la transportó al día que ganó un concurso de arte, rodeada de aplausos y sonrisas. Otra la llevó a los momentos de acoso y rechazo en la escuela, la soledad pesando como una losa sobre su pecho.

Después de lo que pareció una eternidad, Clara se detuvo frente a una puerta más grande que las demás, de un rojo vibrante que parecía latir con energía propia. Al abrirla, un torrente de recuerdos la inundó. Vio a sus amigos, su vida anterior llena de promesas, y sintió el profundo vacío que había dejado la distancia. Pero también se dio cuenta de que había evolucionado. Los momentos de felicidad ahora se entrelazaban con el sufrimiento, y eso formaba parte de su narrativa.

—¿Por qué me haces recordar esto? —preguntó al laberinto—. ¿Qué deseas que aprenda?

Las paredes vibraron con el eco de su pregunta. La respuesta llegó en forma de susurros que danzaban con el viento.

—No se trata de lo que has olvidado, sino de lo que decides recordar. Cada puerta revela lo que has intentado enterrar, pero cada recuerdo también es una enseñanza. Aceptar tu historia es el primer paso hacia la liberación.

Clara sintió que empezaba a entender. Cada puerta era un recordatorio de su travesía, cada elección la acercaba más a la verdad de su ser. No podía seguir evadiendo sus recuerdos; debía enfrentarlos y abrazarlos, tanto el dolor como la alegría.

Con una firmeza renovada, cerró los ojos y tomó una profunda bocanada de aire, permitiendo que los ecos de su existencia se instalaran en su alma. Al abrir los ojos, se sintió lista para avanzar. En lugar de escapar de lo que había descubierto, optaría por adentrarse en lo desconocido.

Con una sonrisa que combinaba melancolía y esperanza, Clara se encaminó hacia una nueva puerta. Sabía que cada paso la acercaba a su verdad, y que, al final, hallaría la luz que tanto anhelaba en el laberinto del olvido.




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