Fieles Amigos

Cabeza de cuete

La primera mascota nunca se olvida

Y no porque haya sido la primera,sino porque fue quien te enseña como amar, a cuidar y en algún punto a despedirte.

A mi porque cada tarde al volver de la escuela había alguien esperándote, sin preguntas solo con amor. Antes de saludar a cualquier otra persona, iba directo a su jaula y ahí estaba él,esperando como si hubiera contado los minutos para mi regreso.

Desde que tengo memoria siempre estuviste presente.

Llegaste cuando aún eras un bebé. Todavía no tenías todas tus plumas y la abuela decidió que aprendería a cuidar de las aves contigo. Sin darme cuenta, tú te convertiste en mi primer gran compañero.

Con su ayuda empecé a alimentarte, a limpiar tu jaula y a entender que cuidar de alguien también era una forma de demostrar amor. Poco a poco fuimos creando un vínculo fuerte.

Fuiste mi primer bebé.

Recuerdo llegar de la primaria y correr directamente a buscarte. Abrir tu jaula y te subía a mi hombro para caminar contigo por toda la casa. Eras libre de volar, pero casi nunca querias hacerlo. Parecía que preferías quedarte cerca de nosotros; de hecho,la única vez que intentaste alzar el vuelo en serio fue un día que estabas en los brazos de mi mamá en la entrada de una iglesia, me viste caminar hacia la salida e intentaste alcanzarme. Solo a mí me dejabas sacarte,y si tardaba un poco en bajar de mi cuarto, empezabas a llamarme con desesperación. Eras, sin duda,mi primer gran amor.

Nuestros días estaban llenos de pequeños rituales. Me encantaba ver el brillo de tus plumas verdes, esos ojitos naranjas que se dilataban de emoción cada vez que me mirabas,los toques rojos en tu frente y tus hermosos cachetes amarillos. Te gustaba bailar con nosotros cuando nos veías en el patio, contagiando nos de alegría. Y como olvidar la canción que la abuela siempre te cantaba, una melodía que juraría que fue inventada solo para ti: “Pelón, pelonete, cabeza de cuete, te subes al cielo y espantas la muerte…”

Lamentablemente… la muerte no se espantó. Tu partida fue un golpe tan repentino que congeló el tiempo. Te acababa de ver completamente bien, habíamos estado jugando hace apenas unos instantes, pero al salir de almorzar te encontré inmóvil en el piso de tu jaula. Te tomé en mis brazos y el mundo se me vino abajo; no podía dejar de llorar. Sentía una rabia enorme, una profunda injusticia, porque ante mis ojos seguías siendo un bebé, mi bebé, y no era justo que te fueras de esa manera.

A la fecha, recordar ese momento me quiebra y me hace llorar, porque sigo sintiendo el vacío que tu partida dejó. Pero ese dolor también se ha logrado transformar en agradecimiento. Aunque no se pueda cambiar el pasado, para mi tú siempre estás presente en cada recuerdo. Fuiste quien me enseñó a cuidar, a amar y a despedirme.

Te amo, mi lindo bebé, y siempre vivirás en mí.




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