“El tiempo podrá pintar de blanco sus hocicos y ralentizar sus pasos, pero cuando cae la noche, sus almas se buscan en el mismo abrazo de siempre, demostrando que la lealtad es un lazo que no sabe de inviernos.”
Ambos llegaron a nuestras vidas en el año 2013.
Primero llegó uno de ustedes. Un amigo de la familia estaba esperando que yo fuera por ti para empezar a buscarle hogar a tus hermanos; lamentablemente, por alguna razón no pude ir. Fue mi mamá quien tomó la iniciativa y fue por ti; cuando yo regresé de la secundaria, la sorpresa ya estaba en casa esperándome. Apenas dos meses después llegó el otro, esta vez como un regalo de parte de un primo.
Desde el primer minuto en que se vieron, se convirtieron en un dúo completamente inseparable. Los dos tenían apenas dos meses de nacidos, eran un par de cachorros sumamente juguetones y llenos de energía. Uno de mis recuerdos favoritos de esa época era jugar a lanzarles la pelota y verlos correr con desesperación para ganar el premio.
Con el paso de los años fueron creciendo y, de poco a poco, el tiempo empezó a pintar sus cuerpos. Vimos cómo cambiaron sus colores: pasaron de ser unos cachorros totalmente negritos a tener sus hocicos salpicados de blanco, un tierno reflejo de los años compartidos.
Hoy en día caminan mucho más lento y les está costando cada vez más trabajo comer; sin embargo, hay algo que no ha cambiado en absoluto: ustedes siguen queriendo vivir.
Eso es lo único que realmente importa, porque nosotras nos encargaremos de que, hasta el último de sus días, tengan todo el amor, la paciencia y los cuidados que podamos brindarles. Soy plenamente consciente de que el lazo que los une es tan fuerte que difícilmente soportarían estar separados. No importa cuánto se enojen o gruñan entre sí durante el día, cuando cae la noche, siempre vuelven a buscarse para dormir acurrucados, uno al lado del otro.
Para mí, ustedes son una de las mayores representaciones del amor y de la lealtad en su estado más puro. Se aman sin condiciones, sin limitantes y nos demuestran que la verdadera fidelidad existe