Fieles Amigos

Bucanero de los 7 mares

"Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida". — Anatole France

Nuestra promesa fue velar por tu luz, desafiando cualquier tormenta neurológica con el timón del amor.

Fue una mañana de febrero,de lo más normal. El clima estaba tan frío que te obligaba a llevar una chamarra o suéter extra.sin embargo, mi rutina tenía un cambio, un solo cambio: yo cargaba hacia la preparatoria una bolsa con cobijas; un poco de leche y un biberón que había elegido días antes.JUsto antes de entrar a la escuela, te entregaron a mí. Eras un pequeño bebé criollo, tan frágil que solamente tenías un mes de nacido; aún necesitabas de tu mamá,pero ella ya no estaba. Te acomodé dentro de la bolsa, envuelto en las cobijas para que no perdieras calor.

Durante las primeras dos clases te la pasaste durmiendo, y yo solo podía mirarte de reojo y rápido para asegurarme de que estuvieras bien. Mis compañeras me habían ayudado a meterte al salón; en cuanto te vieron, te amaron. Eras del tamaño exacto del bolsillo del chaleco de la escuela, entrabas perfectamente ahí.

El verdadero reto llegó en la tercera clase;precisamente con la docente más estricta que teníamos. De pronto, te dio hambre y empezaste a llorar. Todas entramos en pánico. Las chicas empezaron a hacer más ruido del normal para camuflar tus quejidos, pero el esfuerzo no sirvió de nada porque decidiste sacar la cabeza de la bolsa abierta.La profesora te miró fijamente. Esperábamos un regaño monumental,ya que lógicamente en la escuela no se permitían animales, pero lo que pasó nos sorprendió a todas: te miró con ternura, te dio cariño, te habló bonito y me dio permiso de darte de comer durante la clase.

En esos momentos yo salía con un chico que estuvo con nosotros en varios pasajes, y aunque después se fue por motivos no muy agradables, siempre le voy a agradecer que gracias a él pudiste quedarte en la casa. En el hogar ya tenías tres hermanos mayores perrunos y mi familia no quería más mascotas, pero él los convenció diciendo que eras un regalo de su parte y que nos apoyaría en lo que ocuparas. Solo así aceptaron que te quedaras. Mi papá, en cuanto te vio, te cambió el nombre; te ibas a llamar Gammo pero él eligió otro y yo lo acepté.

Desde ese primer instante dejaste una marca en todos. Por las noches te ponía en una caja de zapatos que te quedaba enorme, llena de cobijas. A media noche me despertaba a darte tu biberón y a revisar que durmieras bien. En las mañanas te quedabas un rato con mis abuelos, esperando a que mi mamá regresara del trabajo para que te cuidara.

A ella, realmente, no se la hiciste fácil. Desde pequeño sabías lo que querías y cuándo lo querías, y llorabas sin parar para que ella te subiera a la cama. Recuerdo mucho que un día, mientras yo estaba en clase, me llegó un mensaje de mi mamá, visiblemente enojada:

“Tu pinche perro no me deja dormir, está llorando pero no quiere comer. Me tiene harta, lo voy a regalar.”

Me dio un poco de risa, pero también me preocupé. Sin embargo, enseguida me llegó una foto tuya estrenando un pequeño suéter, acompañada de otro mensaje:

“Le quité el suéter a uno de mis monos, tenía frío y ya se lo puse.”

Creo que fue exactamente en ese momento donde ella se enamoró completamente de ti.

El tiempo pasó y tú creciste feliz. Seguías a mi abuelo a todos lados y, cuando salíamos a caminar con él que era mi novio, llorabas por seguirlo; caminabas detrás de él sin necesidad de correa. Eras caprichoso: muchas veces, si no te dejábamos estar en el piso, te orinabas encima de nosotros. Te sacábamos al parque metido en tu bolsa, siempre cargando una jeringa y leche por si te daba hambre.

Cuando esa relación terminó, te deprimiste junto conmigo. Es entendible; estábamos en plena pandemia y estabas acostumbrado a verlo diario en la casa. Con el tiempo lo superaste, empezaste a crecer un poco más y también a enfermarte. El veterinario nos dijo que era gripe por los cambios de clima, así que te empezamos a comprar ropa hecha a la medida. Fue toda una experiencia: desde muy chico fuiste vanidoso, te encantaba posar para las fotos y, hasta la fecha, lo sigues haciendo.

Todo transcurría con normalidad hasta mediados del año siguiente, cuando llegó una nueva perra a la casa. Ella iba a ser más grande y fuerte que tú, pero como apenas tenía dos meses, la cuidabas en todo momento. Si lloraba o se iba a un lugar donde no podíamos verla, ibas tras ella. Un día, cuando ella ya estaba más grande, nos ganó la travesura: encontró un plumón y lo destrozó. Tú, que la seguías en todas sus andanzas, también lo mordiste.

Esa misma noche tuviste tu primera convulsión. Yo estaba terminando unos trabajos de mis clases en línea cuando escuché cómo te costaba respirar y cómo se acumulaba la saliva en tu hocico. Desperté a mi mamá y juntas te revisamos. Cuando el episodio terminó, sospechamos del plumón, pero no tenías manchas de tinta por ningún lado. Buscamos en internet para tener una idea vaga antes de llevarte al veterinario al día siguiente; vimos que podía ser intoxicación o epilepsia, y mentiría si dijera que no rezamos porque fuera lo primero. De manera no irresponsable te dejamos así unos días, pero los episodios continuaron. Supimos entonces que era urgente llevarte. Tardamos, debimos hacerlo desde el primer día, y nos arrepentimos cada día de haber esperado…

El veterinario descartó de inmediato la intoxicación. Nos explicó que podía ser una epilepsia provocada por un fallo renal o por un problema neurológico. Te realizó exámenes rápidos para descartar los riñones y tomó una muestra de sangre para estar cien por ciento seguros, pero nos dejó claro que su sospecha principal era lo neurológico. Nos dio un medicamento provisional.




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