Fieles Amigos

Comida de coyote

“Cicatrices que no visten pelo, dramas que se olvidan de pata en pata; naciste para ser comida de sombras, pero elegiste la vida para ser el guardián de mis días.”

Naciste en la cuarta camada de una perra que llegó al terreno del abuelo; una perrita que, por más que intentamos, nunca se quiso mover de ese lugar. En esa ocasión nacieron tú y otros diez cachorros, de los cuales solo dos eran hembras. Cuando fui a conocerlos por primera vez, tu mamá fue tan buena conmigo que me dejó tocarlos, alzarlos y hasta llenarlos de besos, algo que curiosamente jamás le permitió al abuelo.

Sin embargo, al mes de ese tierno encuentro, el abuelo nos dio una noticia que nos heló la sangre:

“Creo que un coyote se los quiso llevar. Encontré popó de coyote en el terreno y uno de los perritos está marcado, como si lo hubieran mordido.”

Ante el peligro, tomamos la firme decisión de traerlos a la casa para buscarles un hogar seguro, especialmente porque ya veíamos a tu madre muy decaída. De poco a poco empezamos a acomodar a tus hermanos en distintas casas, pero tú en particular me tenías sumamente preocupada. No querías comer nada y estabas literalmente en los huesos. Cuando ya solo quedaban tú y otros dos hermanos —una niña y un niño—, mi angustia aumentó porque te veía bajar más y más de peso.

Un día, en un acto de pura desesperación, te metí a la sala y te di un pedazo de milanesa de pollo. Para mi gran alegría, comiste, aunque fuera muy poquito. Cuando por fin logré acomodar a tus dos últimos hermanos, hablé con el abuelo con el corazón encogido:

“Ese perro se va a morir, no come nada. Mejor que muera aquí, donde conoce.”

Él lo aceptó. A partir de ahí, armamos una pequeña e inocente mentira: empezamos a fingir que te buscábamos casa durante dos meses. Sí, dos meses en los que, mágicamente, empezaste a comer mucho más; devorabas la carne, el alimento y, de poco a poco, fuiste agarrando más energía y más vida.

Ya recuperado, un buen día te fracturaste una patita intentando bajar de un cuarto; se te atoró en los huecos de un escalón. Ese día te la pasaste acostado, y cada que alguien se acercaba a preguntarte qué te había pasado, lloriqueabas un momento. Lo divertido era que a los pocos minutos se te olvidaba por completo qué pata te dolía, ¡porque empezabas a levantar la contraria! Eso nos daba muchísima risa. Para colmo, a los meses de haberte recuperado de ese susto, te fracturaste la otra pata y el drama fue exactamente el mismo.

En esos tiempos, en la casa no podíamos ni pronunciar la palabra "coyote", porque de inmediato te ponías a gruñir o a gimotear. Hasta el día de hoy llevas bien grabada la marca de donde creemos que te alcanzó a agarrar aquel animal: es el único lugar de tu cuerpo donde no te sale pelo.

Hoy eres un gran perro, sumamente protector y educado. Tienes tu carácter, claro; no buscas afecto cuando no lo pides, pero cuando te da la "mamitis", no hay quien te pare a la hora de exigir mimos y cariño. Para mí, sin importar los años que pasen, siempre serás ese pequeño cachorrito que me tenía con el alma en un hilo, rezando por saber si vivirías un día más.




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