“El amor es una palabra que usamos para dignificar el espacio que un ser ocupa en nuestra alma". — Anónimo
No viniste a llenar un vacío, sino a enseñarme que tu propia voz, tus alas traviesas y tu singular uñita al cielo eran el inicio de un amor irrepetible.
Llegaste a nuestras vidas el 23 de junio del 2025. Fuiste comprado. Cuando vi el mensaje en el celular donde preguntaban si te compraban o no, me quedé en un completo shock: eras exactamente de la misma especie que mi primer bebé. En ese instante me invadió el miedo; sabía que si te traían no te iba a querer dejar solo, pero al mismo tiempo me aterraba la idea de que buscaría que fueras como él.
Sin embargo, en cuanto llegaste y te vi, te amé de inmediato. Y no te amé por ser de la misma especie que mi bebé, sino por ser tú, simplemente tú. Desde el minuto uno nos demostraste quién eras: un pequeño —bueno, no tan pequeño— ave llorón y sumamente comelón. Tenías una de tus uñitas hacia arriba desde el nacimiento, según les habían dicho a quienes te vendieron, y eso siempre me puso de los nervios; sentía que te podías lastimar en cualquier momento.
Te empecé a dar avena con una jeringa. Eras tan listo que ya sabías perfectamente cuándo la estaba preparando, así que te ponías muy inquieto y me metías presión porque tenías muchísima hambre; te comías alrededor de sesenta mililitros en cada toma, ¡y a veces hasta más! Cuando llegó tu nueva jaula me puse muy feliz porque al fin ibas a tener más espacio, y me tranquilizaba un poco pensar que estarías más seguro por lo de tu uña. Te coloqué varios juguetes, porque aparte de comelón resultaste ser muy juguetón.
Al ponerte en tu nueva casa, me prohibieron seguirte dando de comer con jeringa, ya que necesitabas empezar a alimentarte por ti mismo. En esa semana de transición no comiste casi nada, así que, preocupada, me dejaron darte alimento de nuevo y aproveché para enseñarte con paciencia a comer solito. También empezamos a enseñarte a hablar.
Un día, cuando bajé de mi cuarto, lo primero que me dijo mi mamá con angustia fue:
“Tu cotorro está sangrando, se arrancó la uña.”
Ese día no te solté para nada. Te hicimos la curación correspondiente y me pasé las horas checando que no te quitarás la costra y que no sangrara más tu dedo; te cargué de arriba a abajo todo el día. De poco a poco fuiste recuperándote.
Realmente pasas solo la mitad de tu tiempo en la jaula, ya que siempre te saco para que intentes aletear un poco en libertad. Aunque todavía te falla la práctica; tienes toda la teoría en tu cabeza, pero te falta fuerza al aletear y por eso te sigues cayendo de pico, lo cual nos da mucha ternura. Ya sabes hablar, dices tantas cosas y te inventas tus propias canciones a diario.
Quiero que lo sepas siempre: te amo no porque seas como mi primer bebé; te amo por ser tú, porque eres completamente distinto a él, eres único y eso te hace realmente especial.